El concierto debía ser dirigido por una de las estrellas de la nueva generación, Joana Mallwitz, quien hubo de cancelar su actuación por enfermedad y fue substituída por el veterano Manfred Honeck, lo que también supuso un cambio de programa: en vez de la sinfonía Mathis el pintor de Hindemith y de la Segunda Sinfonía de Weill, se interpretaron respectivamente la nº 93 de Haydn y la nº 7 de Beethoven.
Por supuesto, no sabemos cómo habría sido el concierto bajo la dirección de la popular y emergente maestra alemana, pero lo cierto es que dudamos mucho de que hubiera podido alcanzar el nivel al que llegó bajo la batuta de Manfred Honeck y estamos convencidos de que mejor no habría podido ser.
El nombre de este maestro austríaco no es uno de los que más suena entre las “superestrellas” de la música clásica, no está entre los que el “melómano medio” pronuncia espontáneamente si se le pregunta quiénes son los directores más sobresalientes del momento o cuál es su predilecto. Sin embargo, Manfred Honeck es un director de orquesta al que no vacilaríamos en contar entre mejores del mundo, siendo poquísimos los que pudieran comparársele. De ello volvió a dar testimonio en este concierto.
Su lectura de la Sinfonía nº 93 de Haydn se mantiene en un difícil punto de equilibrio entre las versiones más o menos clásico-románticas, canónicas hasta hace unos 40 años, y las orientadas según criterios históricos, que han ido imponiéndose desde entonces. De aquéllas Honeck conserva unas texturas tímbricas tersas, sin asperezas, así como una estricta precisión rítmica y una organización disciplinada y compacta de las voces, de modo que la orquesta suena con la exactitud de un cronómetro. De la escuela historicista asume los tiempos rápidos, flexibles y contrastados, los acentos muy marcados y una dinámica que tiende más al forte que al piano. El primer movimiento, Adagio-Allegro assai, suena majestuoso y, como corresponde a la tonalidad de Re mayor, pletórico de vida. En el Largo cantabile Manfred Honeck deja entrever lo que en Haydn hay de “pre-rossiniano”, no tanto en la línea melódica, como en el carácter y en la tímbrica, un aspecto sin duda interesante y hasta hoy no lo bastante explorado. Sin embargo, el fraseo y la acentuación, que nos parece demasiado enfática, no acaban de convencernos.
Desde luego es ésta una objeción puramene estética y subjetiva, pues partimos de la idea (para muchos anticuada e inexacta) de un Haydn más galante, ligero y sosegado, en el que, por ejemplo, la contundencia de los timbales sea menos beethoveniana y en el que el cantabile tenga mayor relevancia y una línea más cercana a la propia del belcanto, que es en definitiva lo que quiere decir cantabile en un compositor como éste. Hechas estas salvedades, lo que no puede negarse es que también este segundo tiempo suena magníficamente.
En el Menuetto-Allegro esta indicación es seguida al pie de la letra: todo el movimiento es interpretado como danza pura, incluso con una vehemencia que en algunos pasajes le otorga un aire marcadamente rústico. Habría podido establecerse un punto de contraste dando lugar, aquí también, a un poco más de cantabile, pero también esto es una cuestión de gustos que no discute la validez y la brillantez del concepto final.
El avasallador cuarto movimiento es un derroche de vitalidad, majestad y energía. Manfred Honeck lo enfoca desde el apasionamiento prerromántico de la corriente Sturm und Drang. Aquí sí debemos señalar un tiempo demasiado presuroso que perjudica la dicción melódica, que habría merecido un tratamiento más sensible y sereno.
El Concierto para violín y orquesta nº 1 de Prokofiev es una obra que oscila entre una modernidad aún no del todo asentada y un etéreo ensueño tardorromántico, poniendo de manifiesto de modo explícito, más que otras obras, la tensión entre estos dos polos que determinó casi toda su producción. Radoslaw Szulc es un violinista de altísimos vuelos, pero cuyo nombre tampoco es de los que más se oyen, acaso porque compagina su labor solista con la dirección de orquesta y con la de primer concertino de la formación que lo acompañó en esta velada.
Ya en el primer movimiento, Andantino, se advierte la impecable técnica de Szulc, quien es capaz de superar con soberbia ligereza los pasajes más exigentes sin dejar que el oyente perciba su dificultad, dejando que la melodía fluya de modo coherente y natural. En el Scherzo vivacissimo es de remarcar la riqueza cromática y una tensión interna sin crispaciones, pero que no decae ni un instante. El último tiempo, Moderato-Allegro moderato, Radoslaw Szulc traza una línea melódica diáfana, sin decaimientos, fundamentada en un magnífico legato, lírica y muy expresiva. La orquesta, por su parte, ofrece planos sonoros sutilmente concertados y un muy elegante colorido tímbrico. En conjunto se trata de una versión que evoca imágenes de paisajes y luces cambiantes y que es como un ballet sin bailarines, lleno de peripecias magníficamente narradas.
Como bis Radoslaw Szulc ofreció unas bellísimas y vertiginosas variaciones sobre una canción popular búlgara, que fueron interpretadas con bravura y virtuosismo electrizantes.
La segunda parte de la velada estuvo ocupada íntegramente por la Séptima Sinfonía de Beethoven. De la obra en sí no hay nada que decir, de su autor y sus sinfonías ya se ha dicho todo y a veces incluso más de lo que hacía falta. Pero precisamente porque se trata de una pieza oída hasta la saciedad, en conciertos y en incontables grabaciones, resulta especialmente peligrosa tanto para los intérpretes, por razones obvias, como para el oyente, que corre el riesgo de acabar aburriéndose.
El Poco sostenuto vivace inicial se desplegó con una monumentalidad y una elegancia nada habituales. Desde el primer instante se pudo advertir en las cuerdas un empaste de ensueño, realmente insuperable, y el hecho de que esta orquesta es ideal para tal tipo de repertorio. En el Allegretto es de destacar el bello y amplio fraseo, así como unos reguladores magníficamente dosificados. El Presto sonó exultante. En los aspectos tímbricos se evidenció una labor minuciosa y precisa, que permitió un gran despliegue de color en el que sobresalieron especialmente las maderas. Pero seguramente lo más llamativo fue el raro equilibrio entre compacta solidez e inquieta ligereza. Como no podía ser de otro modo en el Allegro con brio se llegó a un clímax arrebatador.
Ahora bien, lo que más impresiona es la capacidad de director y orquesta para hacer de esta archiconocida sinfonía una pieza llena de frescura e ímpetu, de modo que llega al oyente como si la escuchara por primera vez, impregnada de un vigor que hace imposible una escucha rutinaria. Desde luego, a la inspiración se ha de añadir la fabulosa técnica de los intérpretes y su capacidad de presentar la sinfonía como un todo orgánico y sin fisuras. En resumen, una interpretación absolutamente memorable.
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