Tras la histórica Sinfonía nº9 de Gustav interpretada en su último concierto de abono, que constituyó todo un acontecimiento para la ciudad al ser abordada por primera vez de forma íntegra, la Orquesta de Córdoba se enfrentaba a otro de los grandes programas de la temporada, probablemente el más completo e interesante en cuanto a mero diseño. Y es que el conjunto sinfónico cordobés se adentraba aquí en un terreno poco complaciente: tres partituras que obligan a afinar el control del sonido y a sostener la intención sin apoyos retóricos.
El concierto comenzó con el Requiem para cuerdas, una de las obras más significativas del catálogo de Tōru , que desde el inicio situó a la cuerda en un punto de equilibrio entre concentración y fragilidad. La lectura se desarrolló entre la evidente voluntad de claridad y homogeneidad en el sonido, así como de unos cuidados ataques, tras un comienzo algo deshilachado en este sentido. La versión fue ganando intensidad hasta alcanzar el clímax central, bien graduado al tiempo que contenido, dando paso con naturalidad a ese punto casi sugerido de suspensión final.
La cantata La muerte de Cleopatra de contó con el protagonismo de Natalia , dueña de un instrumento de gran volumen que se proyectó de forma impresionante por toda la sala y dotado de interesante atractivo tímbrico. La mezzosoprano georgiana se valió de estas cualidades para ofrecer una versión de gran impacto, compensando cierta irregularidad en la expresión dramática y algunas dificultades en el registro agudo, donde la emisión tendía a estrangularse, con una entrega indiscutible.
Vázquez acompañó con tino a la cantante al tiempo que logró perfilar una cuidada caracterización tímbrica, que evocó su notable trabajo en la Margot turiniana del pasado mes de enero, otro de los hitos de la temporada. El cambio expresivo en ‘Ah! Qu’ils sont loin ces jours…’, donde Kutateladze logró plegar su imponente voz sobre el sutil manto orquestal, constituyó uno de los momentos más bellos e intensos de la velada.
A la vuelta del descanso, la Sinfonía nº 9 de acaparó todo el protagonismo. Su composición se inició en 1945 con la idea de una gran obra triunfal para celebrar la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, pero su carácter ligero e irónico decepcionó a unas autoridades que esperaban una partitura grandilocuente, seguramente en la estela de la Novena beethoveniana. La lectura que comentamos se inclinó hacia la fluidez narrativa, evitando que el detalle y la minuciosa precisión analítica fragmentaran el discurso, en una opción plausible que recordaba -con las necesarias diferencias de lenguaje- a la adoptada por en la ya citada versión de la Sinfonía nº 9 de Mahler. Junto a ello, la orquesta dejó entrever una notable complicidad interna, particularmente en el equilibrio entre la excelente prestación de los solistas y el conjunto: intervenciones como las del fagot, el trombón, el clarinete o la trompeta -ejemplos característicos de esta partitura- se integraron con naturalidad, sin sensación de ruptura ni de protagonismos forzados.
Desde el punto de vista sonoro, la versión de Vázquez evitó subrayados excesivos y se apoyó en una articulación limpia, primando la musicalidad y la expresividad inherente a los contrastes sobre el efecto o el exceso de énfasis humorístico. El tramo final se resolvió con energía contenida y sin precipitación, manteniendo esa línea de continuidad que había definido la interpretación desde el inicio.
El público, visiblemente entusiasmado y deseoso de expresar su agradecimiento a los músicos, respondió con una gran ovación en pie que rubricó otro nuevo éxito de la orquesta cordobesa.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios