El tercero de los conciertos del ciclo de Echo Rising Stars 2026 estuvo a cargo de una cantante, Álfheiður Erla Guðmundsdóttir (Reykjavík, 1993), a quien no reconocí hasta muy avanzado el concierto. La había escuchado en el Teatro de Basilea en el musical Into the Woods de , haciendo el papel de Cenicienta y cantando la canción final de la representación. Pero lo que aquí encontré fue algo muy distinto. Si la participación en compañías como la del Teatro de Basilea le permite a los jóvenes cantantes 'hacer repertorio' y coger experiencia, de lo que aquí se trataba era de algo bien distinto: un proyecto personal, donde cada uno de los solistas o grupos seleccionados han de presentar un concierto que cuide todos los detalles, hasta cierto punto un concierto ideal.
Y eso es algo que se le dió muy bien a Álfheiður Erla Guðmundsdóttir, quien además de cantante es una destacada fotógrafa y cineasta, que ha dado ya algunos conciertos interesantes como artista performativa más que simple cantante. De hecho, si en su repertorio figuran varios roles operísticos -con preferencia por la ópera del siglo XXI- y la experiencia en la Staatsoper de Berlín y ahora como miembro de la compañía del Teatro de Basilea le han hecho cantar Monteverdi, Purcell, Bach, Wagner, Verdi, etc., nada de esto se reflejó en su concierto portuense.
La obra de estreno, Náðarstef (2025) de María Huld Markan (Islandia, 1980), un encargo de Harpa Reykjavík, Philharmonie Luxemburg y ECHO, ocupó el centro del concierto. Se trata de una obra para soprano y piano en tres partes, cada una de ellas basada en un poema islandés (Frída Ísberg: Reikiavik, 1992), palestino (Mosab Abu Toha: Campamento de Shati, Palestina, 1992), y polaco (Halina Poswiatowska: Częstochowa, 1935 - Varsovia, 1967). Sigfúsdóttir explica así la obra:
El título Náðarstef se puede traducir al inglés como 'songs of mercy', pero la palabra islandesa abarca una gama de significados que capturan mejor las corrientes subyacentes comunes a los textos: el anhelo de liberación, el dolor y la búsqueda de la trascendencia. La obra se estructura en tres movimientos, cada uno de los cuales refleja la atmósfera particular de su poema, a la vez que resalta las resonancias que los conectan, de modo que el ciclo se convierte tanto en un encuentro de voces individuales como en un eco continuo y único.
La traducción inglesa de Songs of mercy me parece la más afortunada para este ciclo, si tenemos en cuenta la tradición histórica del término 'mercy', sobre todo cuando se aplica a los hospitales de caridad. Si algo es imprescindible en el mundo pospandémico es la empatía y esto es lo que nos ofrece Náðarstef, una música inspirada por tres estoicas miradas subjetivas sobre una realidad geopolítica desoladora.
La obra y su excepcional interpretación convirtieron Náðarstef en un eje sobre el que pivotó el resto del programa, elegido con absoluta precisión y cuidando las transiciones sentimentales, moviéndose siempre en un paseo sonoro por un vasto territorio de sensibilidad y contemplación.
El concierto se abrió con dos pequeñas joyas del catálogo de sus respectivos compositores: 'Pourquoi' de Trois Mélodies de Olivier , y The Crucifixion op. 29/5 de Samuel , que se nos antojaron relacionadas con el paisaje suspendido del Estudio nº 9 para piano de Philip que sonó al final de la segunda parte (a cargo exclusivamente de Kunal ), pues las tres son un cosmos utópico por más que el de Glass prescinda de cualquier referencia textual.
Si algo tienen en común los tiempos de tribulación es que, cuando finalizan, las personas que los han sufrido aspiran a la felicidad, anhelan la tranquilidad, recuperan el placer de lo sencillo, buscan la seguridad del entorno doméstico y de una vida cotidiana que desde fuera puede parecer monótona y vulgar. Si en Into the Woods, Cenicienta / Guðmundsdóttir no se siente satisfecha tras casarse con el príncipe, porque para ella la felicidad reside en la tranquilidad que es el único bálsamo para los traumas de su infancia de abusos.
Guðmundsdóttir ha configurado su programa siguiendo esta perspectiva, alternando sencillas canciones tradicionales, como la ucraniana A Duckling Swims in the Tisza o la palestina Hadi Ya Bahar, con el falso -pero muy consolador- primitivismo del Hexenlied op. 8/8 de Felix Mendelssohn, o Norden, op. 90/1 de Jean Sibelius, los paraísos artificiales que inspiraron El sueño de Rachmaninov o Aparición de Debussy, o la introspección de White Eggs in the Bush (2003) de , Blur de Pramuk, Sá Ég Svani (2020) de o North (1994) de , cuatro exquisitas muestras de las identidades mestizas tan apreciadas por los creadores musicales del siglo XXI.
Como cualquier otro artista de ECHO Rising Stars, Guðmundsdóttir y Lahiry han alcanzado el grado de excelencia como instrumentistas, pero este no es ni su mayor mérito ni su mayor aspiración, pues ambos son esencialmente unos performers que utilizan la voz y el piano como medio de comunicación y expresión. Y esto es lo que los convierte en unos artistas tan singulares como actuales.
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