El Ensemble Vocal Pro Musica celebraba sus treinta y cinco años de existencia y el concierto conmemorativo en la Casa da Música fue en gran medida una fiesta: mucho público incluidos niños, discurso inicial de un representante del coro, y una obra para ellos emblemática, el Requiem de Mozart, que fue -hace ya veinte años- la primera obra sinfónico-coral que interpretaron.
Desde su fundación el coro ha estado dirigido por , quien hace treinta y cinco años reunió los coros que dirigía para crear este gran coro que sigue lleno de vitalidad a juzgar por lo que allí se vió y escuchó. Es un coro de aficionados, 'amadores' le llaman en portugués y es una palabra preciosa.
Son muchos, en escena conté más de 120 voces, y de calidad: o sea, en este tipo de celebraciones en las que participa todo el coro es frecuente que haya coristas 'de relleno' que quieren participar pero en la sala de conciertos cantan poco o bajito por inseguridad o nervios. No fue el caso en esta ocasión, cuando el director se lo permitía cantaban con ganas, sin timideces, bien ensamblados y en varias ocasiones taparon a la orquesta.
Una gran felicitación al coro, por lo tanto. Lamentablemente no se puede decir lo mismo de la , que el año pasado celebró su 40 aniversario, si bien con un recorrido irregular a lo largo de estos años. Es una orquesta apreciada en la , donde se presenta con cierta frecuencia dada la cercanía y relaciones estrechas entre Porto y Vigo, sin embargo su rendimiento en este Requiem de Mozart fue decepcionante.
Puede ser una tontería, pero ver a los músicos muy poco antes del concierto en la soleada explanada ante la fachada de la Casa da Música con los instrumentos sujetos de cualquier manera, charlando, chateando con el móvil y sacándose fotos, y a continuación que la salida al escenario del coro se retrase tanto porque la Orquesta Clásica de Vigo no consigue afinar, da una impresión mala. Hacía mucho tiempo que no veía a una orquesta con tantas dificultades para afinar una vez en el escenario, y a una concertino dando por finalizada la afinación cuando todavía no se habían oído unos acordes logrados.
Y estos problemas en la orquesta no son atribuíbles al director, José Manuel Pinheiro, quien es director de coro pero con suficiente experiencia para dirigir a la orquesta con eficacia. No se trataba de que ofreciera una interpretación excepcional, novedosa, con nuevos planteamientos sonoros, sino simplemente coordinar a todos y eso Pinheiro lo hizo de sobra: atento a todos, dando numerosas indicaciones, pendiente de cada detalle, nada que objetar a su dirección de 'fiel maestro'.
Yendo ya a detalles concretos del concierto, destacar que los mejores momentos del coro fueron precisamente los más famosos, lo que demuestra que su nivel era muy alto y no hacía añorar a grupos más famosos. La entrada de los bajos en el Kyrie me dejó boquiabierta, y no es una metáfora, y en general todo el número tuvo un alto nivel que algunas tiranteces en el grupo de sopranos no consiguió ensombrecer. Los contrapuntos entre voces y los fugatos sonaron muy bien, al igual que en el Dies Irae y el Confutatis, lo que me permite suponer que también conocen bien el Mesías de Haendel.
Los solistas, todos portugueses, cumplieron sobradamente y su musicalidad y expresividad convirtieron sus intervenciones en un placer asegurado. El bajo, Nuno Araújo, no tiene una voz muy potente pero le sobra musicalidad. El tenor, , se hizo oír muy bien, aunque la posición entre el coro y la orquesta -y no delante del escenario- no favorecía a los solistas. (mezzo) y (soprano) me gustaron más aún, ambas tienen unas voces bonitas que al mismo tiempo se combinaban con el coro, de modo que sin destacar especialmente nos hicieron disfrutar y su Benedictus fue precioso. A destacar también la intervención de Sachse en el 'Ingemisco'. El número final, el Lux aeterna, fue otro gran momento y -como había pasado en el Dies Irae y el final del Domine Jesu- los metales de la Orquesta Clásica de Vigo respondieron bien: la tradición de bandas de música en Galicia hace que el nivel de los vientos siempre sea satisfactorio.
Con tanta animación en el público y en el coro, los bises fueron dos. Primero el famoso Ave verum de Mozart y después la repetición del Lacrimosa, que sonó mejor que la primera vez, porque el coro estaba más suelto, más dispuesto a lucirse a pesar de la orquesta.
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