En 1976 John Neumeier estrenó en Hamburgo un ballet libremente basado en el Lago de los cisnes. La idea del nuevo libreto había sido del escenógrafo Jürgen Rose, quien la había presentado al coreógrafo John Cranko, pero sin lograr despertar su interés. Fallecido Cranko en 1973, Rose llevó su propuesta a Neumeier, que la aceptó y creó la pieza que nos ocupa, Ilusiones, como el lago de los cisnes. En 2011 llegó al repertorio del Ballet de Baviera, que vuelve a representarla desde mayo de 2025.
Para empezar es necesario exponer brevemente el argumento, una historia que sirve de marco a una parte de El lago de los cisnes. El protagonista es un rey. Aunque en el ballet este personaje no tiene nombre, es evidente que se trata de Luis II de Baviera. Este monarca (loco, homosexual y gran admirador y protector de Wagner) fue un compulsivo constructor de palacios y castillos que debían servir de escenario a sus delirios artístico-megalómanos (Trump y su sala de baile no son el primer caso...). Murió ahogado en el lago de Starnberg cuando se hallaba confinado a causa de sus perturbaciones mentales. La versión oficial es que se suicidó después de asesinar a su psiquiatra, que intentaba salvarlo. Otras versiones hablan de intrigas, asesinato, etc. Sea como fuere, Luis II acabó por convertirse en un mito que en Baviera aún hoy sigue muy vivo.
En el ballet de Neumeier se superponen la historia de Luis II (en una versión libérrima) y la de El lago de los cisnes (igualmente ‘reciclada’). El Rey, aprisionado a causa de su locura en una estancia de uno de sus palacios a medio construir, rememora una fiesta y a su prometida. En el segundo acto se acuerda de una función de El lago de los cisnes, en la que se enamoró de la protagonista. Este acto incluye parte del acto blanco original de la coreografía de Ivanov, pero reelaborado. En el tercero, le viene a la memoria la última fiesta de máscaras a la que asistió y en la que su prometida, la Princesa Natalia, se disfraza de cisne para atraer su atención, asumiendo el papel que Odile desempeña el Lago de los cisnes. Pero el Rey acaba por descubrir su verdadera identidad, enloquece y es encarcelado, con lo que volvemos al presente del monarca confinado.
Una y otra vez a lo largo de toda la acción se le ha aparecido el 'Hombre en la sombra', un personaje fatídico que a veces toma la apariencia de Rotbart y que al final resulta ser un alter ego del protagonista, quien termina ahogado en un lago. Hay más, pero con esto basta para hacerse una idea del enrevesado argumento de esta coreografía. La primera conclusión a la que llegamos es que Jürgen Rose habría hecho mejor dedicándose a otra cosa que a fantasear libretos coreográficos.
Este trabajo de John Neumeier revela, como casi siempre en él, un intento de emular a John Cranko. La falta de originalidad y la más bien torpe imitación de su modelo tienen algo de ingenuidad y dejan claro que Neumeier no pasa, en el mejor de los casos, de ser un epígono de su maestro, en esta obra, además, uno bastante falto de pericia.
El hecho mismo de que Cranko rechazara la disparatada propuesta de Rose y que en cambio Neumeier la aceptara, dice mucho de lo que los diferencia. Su modo de tratar (o maltratar) el segundo acto de El lago de los cisnes es bochornoso. Siegfried aparece acompañado de una numerosa tropa de cazadores vestidos con atuendos estridentemente verdes y tocados con boinas del mismo color, lo que les da un curioso aire de sotas de bastos. Estos personajes de naipe se pasan un buen rato apuntando a los cisnes con sus ballestas, para luego ponerse cada uno de novio con una señorita del cuerpo de baile. La presencia de estos galanes de baraja deja al excelso acto blanco de Lev Ivanov hecho un ecce homo (con perdón). Desde el punto de vista dramatúrgico todo esto parece probar que, al menos hasta 1976, el Sr. Neumeier aún no había entendido de qué va el Lago de los cisnes.
No solamente en su inusitado papel de libretista, sino también en su profesión de escenógrafo y diseñador de vestuario, donde suele ser brillante, Jürgen Rose parece no haber tenido el mejor día cuando abordó este ballet. Si las sotas del segundo acto daban grima, no es menor lo que producen los estertóreos disfraces del tercero. Especialmente feo y fuera de lugar es el traje de la Princesa Natalia, que en cierto modo representa a Odile, pero que lleva un vestido blanco con apliques negros, sin que sepamos qué tiene que ver esta indumentaria con los cisnes.
En estas circunstancias, que los intérpretes simplemente hagan lo que pueden es ya muy meritorio. Jakob Feyerlik es un buen danseur noble aquí desperdiciado en un papel que, para resultar mínimamente soportable, habría necesitado a un bailarín de demi caractère con unas grandes dotes dramáticas, algo que Feyerlik ni posee ni tiene por qué poseer.
Laurretta Summerscales tiene un papel bastante ingrato y que sólo podría alzar vuelo en el paso a dos de Odile, en el tercer acto, en el que se asume parte de la coreografía de Petipa. Aunque en general es una bailarina técnicamente fuerte, en este pasaje no logra convencer. En la coda no alcanza las 32 fouettés de rigor y hace las que puede desplazándose por medio escenario, sin lograr fijar su eje.
Carollina Bustos tampoco es la mejor elección para el papel de Odette. Gimnástica, enérgica, algo brusca, con un port de bras más atlético que etéreo, se limita a bailar los pasos preceptivos sin transmitir nada del misterio y de la magia de su personaje. El resto del reparto pasa sin pena ni gloria.
La orquesta, bajo la dirección de Nathan Brock, toca la música de Chaikovsky, tanto piezas arregladas con este fin como extractos de El lago de los cisnes, un poco como si estuviéramos en el circo: la orquesta suena como una banda, con estruendosos metales y atronadora percusión, sin grandes sutilezas y con ritmo machacón. Música de baile, o de bailongo...
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