Desde 2023, la Opera Real de Versalles ha ido programando todo El anillo del nibelungo en versión de concierto, así que en 2026 tocaba terminarlo. ¿Wagner en un teatro del siglo XVIII? ¿Y por qué no? Este teatro (sin duda uno de los más hermosos del mundo) tiene la ventaja de ser relativamente pequeño en comparación con los teatros actuales, lo cual, unido a su excelente acústica, permite privilegiar las voces.
Sébastien Rouland, que capitaneando la Orquesta del Estado de Sarre ha sido el encargado de dirigir esta Tetralogía entera, sabe que una orquesta desmesurada no tiene sentido en este teatro, y ofrece pues un Wagner de orquesta reducida (cuatro contrabajos sólo, por ejemplo). Esta orquesta relativamente pequeña no es óbice para apreciar la riquísima orquestación.
Rouland no tiende a la separación entre pupitres, busca más bien un sonido rico y homogéneo en que se oyen acentos de arpa, triángulo, tuba, como un tapiz sonoro opulento. Un tapiz sonoro con un eminente sentido teatral, pues tal es sin duda la cualidad mayor de la dirección de Rouland. La orquesta describe los ambientes (magnífica su versión del preludio al segundo acto), los estados de ánimo, los vericuetos de la mente de cada personaje (y muy particularmente los de Brunilda), sabe dar suspense manejando los silencios, y sabe dar impulso a la acción, evitando adormecerse en los pasajes que en caso contrario pueden hacerse larguitos (verbigracia la escena de encuentro entre Sigfrido y los hermanos gibichungos). Y qué hermosas resultan algunas escenas (la escena inicial con las tres nornas o aquélla con las tres hijas del Rin) cuando están bien dirigidas y bien cantadas.
Voces
Porque esa es otra, el listón vocal queda muy alto. A comenzar por las nornas e hijas del Rin aludidas, con una vibrante tercera norna (la soprano Jessica Muirhead), una buena mezzo (Carmen Seibel que hará también de Wellgunde), una contralto (Clara-Sophie Bertram que canta también Flosshilde) de voz plena y graves rotundos, y una encantadora pero enérgica Woglinde en la voz de Margot Genet.
Buen nivel también como Alberich el de Werner Van Mechelen, de graves sonoros, y, como Waltraute, el de Judith Braun, una soprano con graves de pecho y de voz menos rotunda que su hermana en la ficción, pero con una implicación ejemplar. Bonita implicación también la de Susanne Serfling como Gutrune (hermoso su soliloquio abriendo la escena final). Benedict Nelson (bonito timbre, agudos bien lanzados) se impone poco a poco como Gunther, creando un auténtico personaje de hombre desbordado por los acontecimientos.
En cuanto a la Brunilda de Ail Asszonyi, impresiona el caudal de voz, caudal que no le impide dar sentido a sus intervenciones, salvo tal vez en su monólogo final, un punto plano. Pero su talón de aquiles son los agudos del rol.
Como Siegfried, Tilmann Unger cumple con creces. Agudos lanzados con valentía, volumen, teatralidad, sentido heroico... aunque no consiga dar auténtica emoción a su intervención final, cantada a plena voz y sin particular emoción.
Tal vez sea Markus Jaursch (Hagen) el más completo del trío protagonista: agudos plenos, graves sonoros, línea de canto, inteligibilidad, sentido teatral, volumen, comodidad en todo el registro, caracterización vocal muy convincente. Tal vez no hubiese siempre un color homogéneo, pero la naturalidad de la emisión lo compensaba ampliamente. Un Hagen de muchísima altura, tan inquietante como profundamente humano, y de gran musicalidad.
Los coros, pequeños pero eficaces.
El público, encantado por las diversas prestaciones, emocionado por la música de Wagner y contento de haber podido seguir tan claramente la obra (los solistas cantan sin partitura y actuando) sin que el ego de ningún director de escena se haya inmiscuido.
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