España - Cataluña

Ejemplar

Jorge Binaghi
Simon Keenlyside y Malcolm Martineau
Simon Keenlyside y Malcolm Martineau © LIFE Victoria
Barcelona, martes, 26 de mayo de 2026.
Recinto Modernista del Antiguo Hospital de Sant Pau. Recital de Simon Keenlyside, barítono, acompañado por Malcom Martineau (piano). Obras de Mahler, Gurney, Warlock, Butterworth, Fauré y Poulenc. Bises: Duparc, Mahler y Brahms.
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La clausura de la temporada del Life Victoria -la primera en que de festival limitado a un período pasó a ciclo de todo el año- no pudo resultar mejor ni más oportuna. No pude asistir a la primera parte (un recital más breve por Ellen Pearson, mezzosoprano y Francesca Lauri, piano, pero llegué para la segunda y principal: el retorno del gran Keenlyside (o Sir Simon) con su compañero de tantas veladas, un Malcolm Martineau al que, con justicia, obligó a agradecer en solitario al final de una actuación (no me gusta la palabra aquí) absolutamente extraordinaria, paradigmática de lo que debería ser siempre un concierto de música de cámara vocal, con algunas canciones nuevas y otras ya ‘conocidas’ que, como siempre, resultaron prácticamente nuevas. En este sentido fue también un homenaje a la figura por la que ha nacido la Fundación.

Como ésta tiene la excelente costumbre de colgar en su canal de youtube los conciertos, animo al lector a verlo y oírlo y no seguir adelante con esta reseña, que nunca podrá darle una idea ni siquiera aproximada del acontecimiento (que no evento). Ya lo habían presentado, también para la Fundación, en un concierto anterior con el mismo programa en el Espacio Turina en Sevilla, que también tuvo algunas crónicas superlativas. Retroactivamente, me arrepiento de no haber ido hasta allí.

No sé si podría en breve explicar cada una de las canciones o de los autores, o si sería mejor centrarse en un par de ellas, del mismo o distintos compositores. Todo me parece poco y al mismo tiempo redundante. Es relativamente fácil hacer una ‘crítica’ señalando problemas o límites (tratando de no ser injusto, pedante, etc.) cuando uno se tropieza con una ejecución que seguramente a los propios intérpretes les parecerá mejorable o en absoluto perfecta, pero que al público presente lo deja entre absorto, embelesado y alelado.

Tiene uno que hacer un esfuerzo para aplaudir porque le cuesta salir del ambiente creado (con obras difíciles y en su mayoría de temas nada banales ni -menos- muy alegres). Cuando llega al final, el delicioso Le Papillon et la Fleur de Fauré, uno lo agradece doblemente porque es un viento de aire fresco tras la ironía un poco surrealista y un mucho sarcástica de los tres Poulenc anteriores (de los cuales sólo Les gars qui vont à la fête -a una velocidad inverosímil que hace parecer lenta por comparación la magistral versión de Régine Crespin- es decididamente alegre) e incluso del anterior Fauré y su famoso Spleen verlainiano.

Esta es una crítica rara porque he empezado por el final y voy a seguir entonces por la segunda parte, que en su principio presentó autores ingleses con una sola pieza (Gurney o Warlock) o con la mayor selección en esta segunda parte, las de George Buttlerworth (los tres fallecidos a sus cuarenta o treinta años, y no siempre de modo natural): algunas breves, otras no, melancólicas, sobre los elementos naturales (cómo les gustan los árboles a escritores y compositores sajones), sobre el paso del tiempo ya sea considerado con fina ironía o no… Sin duda lo más ‘nuevo’ (en Barcelona) del concierto.

Pero la primera fue dedicada toda a Mahler, del que el barítono ha sido siempre un intérprete consumado. Empezó con una nada sofisticada (ni hipersofisticada, perdón, Señora Schwarzkopf) versión de El sermón de Antonio de Padua a los peces, y de su fino humor nos asestó un golpe -qué piano el de Martineau- con Der Tambourg’sell. Nunca le había oído ninguna de las dos en vivo, y el contraste y la ‘profundidad’ me dejaron fuera de combate. La voz se mostró desde el vamos cálida y más oscura, con un agudo resonante y una dicción envidiable en cualquier lengua de las tres en que cantó.

Cantó luego dos de los ‘lieder’ de juventud (si Ablösung in Sommer fue magnífica, ¿qué decir de Phantasie aus Don Juan?). Regresó al Des Knaben Wunderhorn con una Das irdische Leben aterradora en su ritmo implacable y veloz -de nuevo ‘chapeau’ a Martineau- y la maravillosa -el adjetivo es débil y banal- Revelge. Y, claro está, cómo no iba a acabar esa primera parte inolvidable con el más estremecedor de los estremecedores Rückert-Lieder. ‘Um Mitternacht’, que si siempre cumple con su cometido de cerrar la garganta esta vez casi me hace estallar la cabeza.

Como siempre, ‘interpretó’ con gestos (un dedo tendido hacia adelante puede ‘concluir’ con el sentido de una canción del que no te puedes escapar o hacerte el distraído aunque lo intentes con todas tus fuerzas), habló distendidamente en los bises e incluso entre alguna canción, pero para una de la segunda parte llamó a un miembro especial del ‘staff’ (una palabra en inglés siempre da distinción a una reseña, dicen), y la hizo sentar en el escenario.

Fue un gesto de un gran cantante que debe de ser también un gran ser humano (no voy a hacer un ‘spoiler’ y los dejo con la duda: vean el vídeo, aunque sea sólo para ese momento, que también sirvió para recordar la colaboración especial de la Fundación con alguna organización en recuerdo de uno de los hijos de Victoria de los Ángeles).

En los bises hizo una de las más bellas y conocidas -y difíciles- canciones de Duparc, Repose, ô Phidylé, en una versión más recogida que las inigualables de Crespin o el propio Tézier hoy, y más cercana, pero en nada igual a la también inigualable de Victoria, con lo que ya van ustedes viendo que los inigualables pueden ser muchos y de muchas maneras, y también de ésta.

Luego cantó un Mahler ‘primaveral’ -digamos- Hans und Grete (el que comienza con la fórmula infantil ‘Ringel, ringel, Reih’n!’ y termina de la misma forma -cómo dijo el último ‘Reihe’ y cómo lo acompañó Martineau pertenece al misterio de lo que hace de un artista eso: un artista). Agregó luego un último que no acabo de ubicar (algo dijo entre dientes y me pareció entender que era Brahms) y que también fue una magnífica representación de la contribución del lied alemán no sólo a la cultura musical sino a la sensibilidad que el ser humano puede alcanzar, aunque hoy nos parezca cada vez más lejana.

Muchas gracias, señores artistas.

Por cierto, las localidades estaban agotadas y los aplausos fueron muchísimos. Me parecieron pocos porque yo estaba muy ocupado aplaudiendo y lanzando incluso algún ‘bravo’ cuando lograba que mi voz sonara. 

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