La clausura de la temporada del Life Victoria -la primera
en que de festival limitado a un período pasó a ciclo de todo el año- no pudo
resultar mejor ni más oportuna. No pude asistir a la primera parte (un recital
más breve por Ellen Pearson, mezzosoprano y Francesca Lauri, piano, pero llegué
para la segunda y principal: el retorno del gran Keenlyside (o Sir Simon) con
su compañero de tantas veladas, un Malcolm Martineau al que, con justicia,
obligó a agradecer en solitario al final de una actuación (no me gusta la
palabra aquí) absolutamente extraordinaria, paradigmática de lo que debería ser
siempre un concierto de música de cámara vocal, con algunas canciones nuevas y
otras ya ‘conocidas’ que, como siempre, resultaron prácticamente nuevas. En
este sentido fue también un homenaje a la figura por la que ha nacido la
Fundación.
Como ésta…
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