Anuncia en redes el muy mediático Leonardo García Alarcón que ha descubierto una ópera de 1707 de Antonia Bembo, la alumna de Cavalli, de soltera Padoani, que tuvo que huir de su marido, Lorenzo Bembo, que formaba parte de una importante familia veneciana y cuyo comportamiento había llegado a ser violento. Antonia Bembo se refugió en la corte francesa donde la amparó Luis XIV, ávido de músicos italianos como toda príncipe europeo de la época.
Y esta obra de 1707, una de esas obras destinadas los pequeños teatros del XVII y del XVIII 1, García Alarcón se propone representarla en... en una de las salas más grandes de la cristiandad, la Ópera Bastilla, de unas 2800 butacas ... Mal empezamos.
Don Leonardo, responsable de la dirección y de la instrumentación, se dijo sin duda que para una sala tan grande hacía falta una orquesta muy grande, y acto seguido inundó de instrumentistas el foso orquestal. Sólo que los cantantes barrocos no son cantantes wagnerianos, y por lo tanto para llegar a todas partes en la gran sala, para sobreponerse a la gran orquesta, los cantantes han de olvidar toda veleidad de matices. Y aun así sus voces quedan más o menos sumergidas.
La puesta en escena no ayuda. Hubiera hecho falta unos decorados que recojan el sonido mimando a los cantantes. No es el caso.
Tampoco ayuda la puesta en escena en lo que concierne el sentido de la obra. Desde la obertura misma aquello se llena de bailarines y figurantes, y uno se pregunta qué es lo que están haciendo allí. Un grupo de tres jóvenes que estaban a mi lado, al terminar la primera parte me dicen que no han entendido nada (a pesar de los sobretítulos). Y que desde luego se han aburrido como ostras. No han sido las únicas. Me pregunto incluso si los intérpretes no se aburren tanto como el público. ¿O tal vez se aburran más ? No lo sé.
Estamos ante una gran Ceremonia de la Confusión.
Todo brilla mucho. Y brilla uniformemente. Trajes muy coloridos, Grandes vídeos que acaparan todo el campo de visión. Algún gag que se pretende gracioso. Pero poca o ninguna emoción. Los personajes son tratados como personajes de cómic, sin profundidad, con una dirección de actores entre floja y banal, con lo cual es imposible toda identificación del espectador. No hay intimidad ninguna, y en una obra que se basa no en los grandes efectos sino en el diálogo cantado, en los melismas que acompañan a las palabras, el crimen escénico de superficialidad es un crimen de lesa majestad.
Musicalmente son varios los desajustes en entradas, tal vez debidos simplemente a la falta de ensayos, pues no es sino la segunda representación prevista y la primera efectiva (el estreno fue cancelado por huelga del personal). Pero en cualquier caso todo suena un poco igual, con un continuo y una orquesta que parecen caballo desbocado en patio de adoquines.
¿Los cantantes?
Pobres.
A la muy estimada Sandrine Piau le cuesta hacerse un hueco en el sonido orquestal. Julie Fuchs se las apaña mejor, pero sus coloraturas y su composición de personaje pierden proporcionalmente al esfuerzo para ser oída. Théo Imart, buen contratenor de la nueva generación al que hemos aplaudido en otras ocasiones, aquí no puede evitar algún sonido fuera de tiesto. Andreas Wolf como Hércules tiene voz importante, pero sus graves no tienen cuerpo suficiente para tanta orquesta. Deepa Jones tiene la suerte de tener un papel centrado casi exclusivamente en la emoción, e intenta darla, pero perdida entre tanto despropósito la emoción no llega al espectador.
Nada diremos de Alasdair Kent al que también hemos aplaudido en otras ocasiones y que anunció que estaba enfermo. Ana Vieira Leite pasó casi desapercibida entre tanta cosa grande. En cuanto a Marcel Beekman, al que aplaudimos en su día como protagonista de Platée de Rameau, parecía seguir interpretando la rana, con voz voluntariamente nasal que se pretendía cómica, y con evidente falta de matices. Quien mejor se las apañó puede que fuera Alex Rosen, el bajo que triunfó este verano en La Calisto de Cavalli en el festival de Aix-en-Provence.
¿Y la obra misma?
Se trataba de un estreno en tiempos modernos. El libreto es el escrito por Francesco Buti para Cavalli en su ópera del mismo título encargada por Mazarino para festejar las bodas de Luis XIV de Francia con la infanta Maria-Teresa de España. La de Cavalli es una obra maestra de 1662 que ya habíamos tenido la suerte de escuchar. La de Bembo parece tres veces más larga siendo sin embargo de las mismas dimensiones. Mezcla Bembo las enseñanzas de Cavalli con la influencia de Lully y la moda francesa. Pero comparando con obras contemporáneas de Haendel, Alessandro Scarlatti, Vivaldi, Charpentier 2 o Mouret 3, este Ercole Amante de Antonia Bembo resulta no sólo bastante pasado de moda sino sobre todo bastante más farragoso, bastante menos sutil, bastante menos variado en sus procedimientos y en sus resultados.
Tal vez no sea todo culpa de la compositora. Tal vez con otra interpretación musical, otra interpretación escénica, en otra sala más adecuada, la obra pudiera seducir, y hay algún que otro momento aislado bastante hermoso. Tal vez no se reduzca el interés de la obra al mero hecho de haber sido compuesta por una mujer y de haber sido redescubierta por un director musical que está en el candelero. ¿Merece pues este Ercole amante de Bembo una segunda oportunidad?
1. Aunque al parecer esta ópera jamás llegó a ser representada.
2. 'Ottone in villa', de Vivaldi, es de 1713; 'Cain o il primo omiccidio', el oratorio de Alessandro Scarlatti, es de 1707; también es de 1707 'Il trionfo del tempo e del disinganno' de Haendel. Pero es que obras veinte o treinta años anteriores, del propio Cavalli, de Lully, de Charpentier, de Provenzale, parecen más modernas que la ópera de Bembo que hoy nos ocupa.
3. Pensamos en la divertidísima 'Les amours de Ragonde', de 1714, del abate Mouret.
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