A medida que su nombre ganaba fama y ella se consolidaba como una de las pianistas más destacadas de su generación, se iba transformando, a los ojos del público y de la crítica, en la heredera de la tradición pianística española, y, en consecuencia, de la gran , a buen seguro la intérprete española más conocida internacionalmente durante la segunda mitad del siglo XX.
Y esto es cierto, sin duda, y también es un honor. Pero lo que quizás mucha gente no sabe es que Alba Ventura posee además una formación que le viene directamente de la escuela rusa, a través de figuras como Dimitri , Vladimir e Irina , lo cual le permitió consolidar una fortaleza técnica de alto nivel y triunfar en repertorios tan difíciles y atiborrados de competencia como los de, y Rahmáninov, autores todos ellos muy queridos por Ashkenazy, Bashkirov y Zaritskaya, esta última, que alcanzó el segundo premio en el prestigioso Concurso Internacional Chopin de Varsovia de 1960, fue quien mayormente inyectó sangre chopiniana en las venas de la joven Alba.
Si nos centramos en la vertiente más “ibérica” de nuestra pianista, hemos quizás de disminuir un poco el formidable peso que ejerce la presencia de la gran Alicia y recordar (como lo hace la propia Alba en la dedicatoria del disco) la figura, menos conocida pero también determinante, de la gran intérprete, compositora y pedagoga, . El caso es que la presencia de Alicia y Carlota en sus inicios, ha colocado a Alba Ventura como heredera directa del patrimonio musical y cultural que estableció aquella legendaria , creada por en los primeros años del siglo XX, y de la que Ventura, por cierto, ejerce actualmente el cargo de directora artística.
Resulta evidente que a una intérprete con los orígenes musicales y el currículum que acabamos de contar, con su depurada técnica, y en el momento más dulce de su madurez artística, no le quedaba otra que poner toda la carne en el asador y lanzarse a la grabación de Iberia, esa cumbre inexpugnable de la música española. Alba Ventura tenía que hacerlo. Ya lleva tiempo interpretando, total o parcialmente, la gran obra maestra de Albéniz, sólo le faltaba grabarla. Y aquí sí que, a primera vista, el reto es absoluto, descomunal; supone entrar en competición con la “Reina de Iberia”, Alicia de Larrocha, ¿quién si no? Pero, una vez más, no hemos de empeñarnos en verla sólo a ella como referencia de la obra, ni enfocar la grabación actual de la misma como una disputa con esta “grande entre las grandes”. Puede ser también un homenaje, un recuerdo, e incluso si se quiere, un guiño cariñoso, no sólo a Alicia de Larrocha, sino a otros buenos intérpretes españoles (y no españoles) que dejaron también su huella en este preciado legado: Ahí están , , , , Rosa , Aldo o Marc-André .
Cuando un pianista de alto nivel se pone delante de una obra como la mencionada para inmortalizarla según su propia interpretación, es de suponer que aparece en su cabeza y en su ánimo toda una retahíla de palabras comenzadas por la letra I. Inteligencia, imaginación, introspección, interiorización, influencias, ideas, y si la cosa va bien, todo este carrusel se sintetiza en un efecto final que es el que debe transmitirse al público, y este mensaje es que, ante todo, la mayor influencia que debe recibir el intérprete es la que viene de sí mismo. Y justamente esto es lo que sucede en la interpretación de Alba Ventura, porque, desde que amanecen las primeras y tenues luces de la Evocación hasta que se desbordan los compases llenos de alegría y frescura de Eritaña, el oyente se da cuenta de que Alba Ventura es siempre ella misma, en cada nota de la partitura, y que su interpretación es personal e intransferible. Lo que escuchamos es el concepto que actualmente tiene Alba de la obra, un concepto que, desde luego, podría variar si la pianista se decidiera a grabarla de nuevo dentro de quince o veinte años (que quede entre nosotros, ¡ojalá que lo haga!).
Y, a mi modo de ver, en este concepto actual de la Iberia, a diferencia de Larrocha, que solía recrearse con gran ahínco en las raíces del nacionalismo y el folclorismo, Ventura parece acercarse más al trasfondo simbolista de la partitura, a los mágicos influjos debussynianos, pero no sólo a éstos, sino que en algunos momentos también nos parece oír reminiscencias románticas, del juvenil Concierto Fantástico, que de vez en cuando quiere todavía salir a flote, o del de los Años de Peregrinaje, que tanto admiraba el joven Albéniz. Estamos ante una obra de la que emana una infinita riqueza, y los privilegiados ojos musicales de Alba Ventura no quieren perderse ninguno de los efectos ni matices visuales que deja escapar este infinito caleidoscopio albeniziano.
No hemos de olvidar que, aún con toda su complejidad rítmica y melódica, su virtuosismo, endiablado en muchos momentos, y su riqueza estilística, que le permite coquetear con (o, directamente, abrazar a) diferentes tipos de canciones y danzas andaluzas y españolas, así como con corrientes y movimientos europeos, Iberia no deja de ser un conjunto de imágenes, impresiones, evocaciones, pasadas todas por el filtro único de un creador genial. Es por tanto, una obra que, de modo muy personal, nos explica momentos y fragmentos de la vida y la geografía españolas, y para poder transmitir este mensaje, a la vez tan íntimo y tan ilustrativo, que se alarga durante una hora y media de absoluta atención tanto hacia lo técnico como hacia lo pictórico, es necesario haber llegado a un punto de madurez en la vida y en la carrera musical.
Alba Ventura está en este punto de madurez, ha alcanzado el momento oportuno de su carrera profesional para poder intuir, o comprender, o quizás ambas cosas, que llegó la hora de hacer historia sonora con una interpretación de la Iberia, como hemos dicho anteriormente, personal e intransferible, que no es una más de las muchas que podemos escuchar si metemos la nariz en YouTube o en Spotify; es la interpretación de una pianista única, personal e intransferible (no me canso de repetirlo), que, a la vez, emerge de la influencia de la mejor tradición de música española, esa que nació hace ciento veinticinco años en la Academia Marshall, por obra y gracia de Enric Granados, y que ha llegado a Alba Ventura de manos de otras dos grandes representantes de la escuela.
Para finalizar, quisiera dedicar unas líneas a la grabación de los discos, realizada en el Auditori del Teatre l’Atlàntida de Vic, con un sonido ciertamente peculiar, poco habitual en los registros pianísticos. El oyente parece estar más cerca del instrumento que de las butacas destinadas al público. Hay momentos en que, tras el sonido majestuoso de las teclas, casi nos parece oír la grave respiración del piano, de sus cuerdas, de su caja de resonancia. Quiero advertir que, en una primera escucha, todo esto puede parecer un tanto extraño, pero estoy convencido, por experiencia propia, de que, después de varias audiciones, una vez acostumbrado el oído, comienza a vislumbrarse una magia sonora especial que acaba conquistando nuestra escucha y envolviendo con gusto la magnífica interpretación de la obra.
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