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Ravel, Piano concertos, Nelson Goerner, Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo, Kazuki Yamada

Juan Carlos Tellechea
Ravel, Piano concertos, Nelson Goerner, Kazuki Yamada, Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo
CD Ravel, Piano concertos, Nelson Goerner, Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo, Kazuki Yamada (label Alpha Classics/Outhere Music France). Maurice Ravel, Nelson Goerner, Orchestre Philharmonique de Monte-Carlos, Kazuki Yamada, conductor: Piano Concerto in G Major, M. 83. Valses nobles et sentimentales, M. 61. Piano Concerto in D Major for the Left Hand, M. 82. Pavane pour une infante défunte, M. 19. Total Time 62:24. Recorded from 29 March to 1 April 2025 at Monaco, Auditorium Rainier III, Yakov Kreizberg hall. Sound Engineer Benedikt Schröder. Alpha 1161 P Alpha Classics/Outhere Music France & OPMC 2025. C Alpha Classics/Outhere Music France 2025.
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El pianista Nelson Goerner, acompañado por la Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo, bajo la égida de su director titular, Kazuki Yamada, ofrece en este álbum una interpretación deslumbrante de los conciertos de Maurice Ravel (sello Alpha Classics/Outhere Music France).

Goerner había soñado siempre con grabar estas obras maestras del repertorio concertístico. En Yamada ha encontrado ahora al compañero ideal, que aborda los dos conciertos para piano de Ravel con la sensibilidad y la poesía por las que es ampliamente conocido.

Bello panorama estilístico del vals

Ambas piezas, compuestas simultáneamente y estrenadas en 1932, forman ahora una especie de díptico esencial. Son, sin embargo, muy diferentes: el Concierto para la mano izquierda, estrenado en Viena, fue un encargo del pianista Paul Wittgenstein, quien había perdido el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial (1914-1918); el Concierto en sol mayor, estrenado en París, es conocido por su dinamismo y sus famosos pasajes pianísticos.

Ravel había compuesto la Pavane pour une infante défunte, una célebre miniatura de exquisita nostalgia, unos 33 años antes. El programa se completa con las Valses nobles et sentimentales; la legendaria pianista Marguerite Long, quien estrenó el Concierto en sol mayor, veía en estas ocho piezas encadenadas un bello «panorama estilístico del vals».

Exuberancia

La génesis del Concierto en sol mayor se remonta a 1911 con la idea de un Concierto Vasco, y luego a 1929 con el encargo del referido pianista austriaco de un concierto para su mano izquierda. Ravel retomó entonces los bocetos de su otro concierto y se embarcó en la composición de ambas partituras. El primero le causaría considerables problemas, especialmente su segundo movimiento.

Es necesario releer las reflexiones y explicaciones de Marguerite Long, para comprender sus dificultades (Al piano con Maurice Ravel, Julliard, 1971). La interpretación de Nelson Goerner parece seguir fielmente sus valiosos consejos. El Allegramente, con su energía de inspiración vasca, es interpretado con claridad y alegría por Yamada y el primer accelerando resulta irresistible.

Marcada por una serena calma, la sección de desarrollo es ligeramente contenida, como discretos pasajes de arpa sobre una orquesta casi apagada, lo que confiere un efecto impresionante a la explosión fff. El enfoque de Goerner, desde la entrada del piano y a lo largo de los pasajes subsiguientes hasta la cadencia, se mantiene sobrio, sin rubato innecesario. La coda es vertiginosa, culminando en una atmósfera de gran exuberancia.

Final digno de La Valse

La larga frase solista que abre el Adagio assai mantiene un cantabile preciso de gran estabilidad melódica, sin esforzarse por una expresividad forzada, como pretendía el compositor, y desprovista de aceleraciones innecesarias más allá de un aumento de intensidad. Esto continúa hasta el trino final y la entrada de la orquesta en ese extraordinario pasaje de flauta que emerge de una distancia mágica, retomado por el oboe y el clarinete.

En la sección de desarrollo, el piano despliega delicados matices, al igual que la Orquesta Filarmónica de Montecarlo, en particular las maderas, porque el equilibrio dinámico, aunque extremadamente estudiado, respira la mayor naturalidad. La coda es vibrante con un trino de piano exquisitamente dulce.

Tomado muy rápido, el Presto presenta hermosas aceleraciones aquí y allá; el ascenso desde el registro grave del piano sobre un acompañamiento bien articulado, Con sus características de instrumentos de viento y cuerda deliberadamente casi estridentes, como si giraran en todas direcciones, conduce a un final incandescente, digno de La Valse.

Elegancia

En un momento de su carrera, Nelson Goerner recibió el apoyo, entre otros, de su destacada compatriota Martha Argerich. Para algunos, el nombre de Argerich puede estar presente en el trasfondo de este CD, ya que su propia grabación del Concierto para piano en sol mayor de Ravel (con Claudio Abbado y la Filarmónica de Berlín, en 1965) es todo un hito. En comparación, Goerner aporta menos misticismo al movimiento lento, interpretándolo más bien como un vals melancólico de París. En los movimientos extremos, quizá apuesta más por la elegancia que en la versión furiosa de Argerich.

Al menos igual de interesante, por su gran claridad y precisión rítmica, resulta la interpretación de Goerner con la mano izquierda en el concierto escrito por Ravel para Wittgenstein. La Orquesta Filarmónica de Montecarlo, bajo la batuta de Kazuki Yamada, le acompaña con notable brillantez y entusiasmo. Es probable que esta música siga pareciendo físicamente inconcebible para todos aquellos que no dominan el piano, y quizá también para algunos que sí saben tocar las teclas.

Tensión

Marguerite Long también decía del Concierto para la mano izquierda que, más allá de la audacia de haber logrado con una sola mano, la izquierda, reina de los malos presagios, lo que diez dedos suelen conseguir sin ser superfluos, la obra constituye un mensaje de excepcional poder trágico... cuya intensidad dramática solo se ve atenuada momentáneamente por un breve y angelical respiro.

Goerner y Yamada ofrecen una visión igualmente emocionante de esta pieza de un solo movimiento, que requiere una vasta orquesta; desde el lento preludio retumbante y fantasmal, particularmente detallado en esta interpretación, hasta el inexorable crescendo que evoluciona en un arco gigantesco hasta la entrada del piano, tenso y perfectamente elástico desde el registro más grave,

Magistral

Nelson Goerner aborda esta audaz cadencia inicial con mano segura e inquebrantable. La sección andante del piano solista canta tiernamente con sus arpegios bien definidos. Más adelante, el diálogo entre piano y orquesta, con un ritmo jovial y jazzístico de allegro, se vuelve cada vez más vertiginoso, multiplicando sus pasajes ascendentes e implacables, especialmente los de los metales, antes de transformarse repentinamente en una alegre ronda infantil o una pseudo-canción de cuna bajo la égida del contrafagot.

El pasaje "Piu vivo ed accelerando", deliberadamente pausado, suena como un mecanismo aterrador, un guiño a los autómatas que Ravel tanto apreciaba. Goerner concibe sin prisas la cadencia, en la que todo parece calmarse, pero no la atmósfera sombría que todo lo envuelve. La peroración será inmensa, conduciendo al crescendo final, magistralmente elaborado por Yamada y Goerner.

Afecto y matices

El pianista destaca por no buscar el gran efecto, sino el momento de la verdad en las notas. A la brillantez técnica suma su talento para transformar el sonido en lenguaje. Quizá eso explique precisamente por qué la crítica le denomina «poeta del piano» y por qué sus conciertos a menudo dan la impresión de que no está tocando para un público, sino hablando directamente a la música. La interpretación del pianista y los cautivadores sonidos de la Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo impresionan al oyente.

Hoy en día, Goerner se cuenta entre los pianistas consagrados de su generación, aunque nunca haya buscado el camino del puro espectáculo virtuoso. En su lugar, elige sus programas con cuidado, se interesa por la complejidad de las obras y valora el equilibrio entre la transparencia y la calidez. Su discografía refleja diáfanamente esa actitud: grabaciones muy elogiadas de Frédéric Chopin, Robert Schumann, Franz Liszt, Claude Debussy, todas ellas caracterizadas por una mezcla de claridad, introspección y fuerza poética.

Grabación

Nelson Goerner ofrece una interpretación igualmente reflexiva de la Pavana para una infanta difunta (1899) en su versión original, a menudo eclipsada por su orquestación. Evita el escollo de un tempo excesivamente lento, frecuentemente preferido, que termina por convertir la pieza en un lamento fúnebre, algo que no es en absoluto. Los Valses nobles et sentimentales los interpreta con gran afecto y una gran variedad de matices.

El solista muestra que estas obras no pertenecen a vitrinas de cristal, sino que están vivas, llenas de picardía, de tragedia, de nostalgia. Yamada y la orquesta no son meros acompañantes, sino auténticos compañeros de juego, con un oído fino y colores intensos.

La grabación realizada por el ingeniero de sonido Benedikt Schröder ofrece una rica espacialidad sonora para los conciertos en el Auditorio Rainiero III, Yakov Kreizberg hall, en Mónaco, con un amplio rango dinámico tanto para el piano como para la orquesta, y un equilibrio perfecto entre las secciones instrumentales. La Pavana, se presenta además con un balance ideal.

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