Espero (probablemente mal) que alguien recuerde la expresión, si no exactamente el mito. Digamos que Rossini estuvo ya en vida expuesto, e irónicamente resignado, a que le enmendaran la plana, por entonces los cantantes, y en particular las damas. Justo en esta ópera tan popular pasamos de la mezzo original a sopranos de coloratura que insertaban agilidades terroríficas o que, en la escena de la lección, cantaban cualquier otra pieza (muy en particular el famoso ‘Carnaval de Venecia’). Después volvimos al rigor filológico que permitió incluso redescubrir Il viaggio a Reims.
Hoy la última palabra la tienen los directores de escena que en este caso han suprimido a su placer los recitativos que consideraban innecesarios (imagino que el director -que no era el previsto o la prevista, pero sí el responsable musical de la casa- no tuvo intervención, pero tampoco inconveniente) hasta suprimir la fundamental arietta de Bartolo en el segundo acto, ya que una lección de música convertida en clase de yoga no daba para unos ejercicios (que el pobre doctor debía realizar en medio del aria) que permitieran comparación con otros anteriores.
Tal vez podrían haber cortado -como sí ha sido praxis- el rondó final del tenor, que es una clara concesión y un detenerse de la acción (aquí se ha intentado obviar haciendo que Rosina y Fígaro se indignen por el tratamiento que recibe Bartolo, para arreglar todo al final en un segundo, lo que teatralmente es aún peor) y sólo se justifica si está espléndidamente cantado.
¿Qué más? Ah, sí, ‘il meglio mi scordavo’ (recitativo que sí se mantuvo): el espectáculo empieza con unas frases del clave (para que el público calle, y de paso, como siempre que el maestro está a cargo del acompañamiento, con una música que alguna vez tiene que ver de lejos con el compositor) y aparecen delante del telón los miembros del coro en calzoncillos (largos), conducidos por un Fiorello vestido ‘normalmente’ y entonan ‘piano pianissimo’ hasta que entra por la platea el Conde en algo parecido a un pijama.
En ese momento comienza la obertura (yo la habría suprimido), que es un vendaval de tiempos veloces y dinámicas fuertes -que se mantienen bastante a lo largo de toda la ópera- tras concluir la cual se abre el telón y vamos a la serenata del tenor.
De aquí en adelante tendremos en todos los momentos que no sean conjuntos a todos -o casi- los intérpretes merodeando durante arias, dúos o tríos, con o sin razón. Se lleva la palma Fiorello que canta poco pero actúa mucho (demasiado), seguido de Berta que canta poco hasta su aria, pero fuma mucho y maltrata a medio mundo, empezando por Bartolo, que se convierte en el objeto de la ‘calumnia’ que le explica Basilio (en un verdadero sinsentido).
La tal Berta, Hellen Kwon, es cantante conocida y apreciada en la casa (yo la recuerdo de mis tiempos de frecuentador del teatro de Lieja como una buena líricoligera), pero el tiempo ha pasado, la actriz es espléndida, pero la cantante, en su aria ‘Il vecchietto cerca moglie’ agrega unas agilidades incongruentes y para colmo gritadas o desafinadas que desatan la ovación tal vez más importante de la noche.
El público se divierte mucho, y tendrá razón, o esta será la forma de entender a Rossini en tierras germánicas (la ciudad hanseática, tan interesante y vanguardista, no pareció ser siempre así a juzgar por lo que cuenta Mann en sus Buddenbrook, pero tampoco lo que muestran algunos célebres vídeos, extraordinarios por su valor musical y dramatúrgico, de esta misma casa en tiempos del pleistoceno -o sea los años 60 y 70 del pasado siglo: prueben ustedes a ver, si los encuentran, títulos tan opuestos como, por ejemplo, Wozzeck o Zar und Zimmermann).
Pasando a la banda sonora del espectáculo, la orquesta es muy buena y sigue con gusto a Wellber, que nunca me pareció tener mucha afinidad con este repertorio. El coro masculino cumple en sus breves intervenciones, el guitarrista merece una mención especial en el reparto (y con razón, porque tiene que estar bastante tiempo también ahí sentado antes y después de acompañar la canción -‘Se il mio nome’- de Lindoro/Almaviva).
No es ya novedad que Mattia Olivieri sea el punto de referencia en cuanto a estilo, técnica, y por sus mimbres de actor y cantante (incluida una belleza vocal infrecuente), y su Fígaro resulta como siempre excelente -lo ha cantado tanto que domina todos los resortes-, pero luce algo menos que en otras ocasiones, algunas también un tanto delirantes. Mis felicitaciones por no cometer errores en los recortes de recitativos que sabemos todos que conoce al dedillo. Pero en Rossini con un solo cantante/actor ejemplar no se salva todo.
No es que los demás sean malos: es un reparto en general correcto con algunos que cumplen más que otros. El Basilio de Ilia Kazakov presenta muy buena voz (en particular en el grave) y encomiable voluntad de acción. Johannes Martin Kränzle, a quien yo estaba acostumbrado a oír y ver en repertorio alemán -inclusive Wagner- será muy ‘ligero’ para la parte de Bartolo, pero tiene un italiano bastante bueno, se mueve con gran sentido del humor y canta correctamente (si el ‘sillabato’ no es precisamente maravilloso no es su culpa: hay cantantes especializados que tardan años en dominarlo).
Lilly Joerstad es la Rosina que pide la directora de escena (cuando no está con un vaso de bebida alcohólica en la mano, tiene ataques frenéticos sexuales y se echa sobre Almaviva -que responde con gran interés- a la menor oportunidad, y en particular en la escena de la lección). Que las agilidades sean no particularmente precisas es también ‘normal’; la voz de mezzo es buena, y el grave muy ‘verdadero’ aunque no especialmente bonito.
Las cosas se complican con el Almaviva de Jonah Hoskins, un tenor joven, de excelente aspecto y buen material que debería estudiar más o reeducar su emisión, no sólo muchas veces abierta o engolada -lo que le da un color opaco y poco natural- y si el agudo es bueno (y lo exhibe complacido) el canto de coloratura es más que aproximativo.
El Fiorello de William Desbiens es muy sonoro (a veces demasiado) y su comportamiento escénico es notable (que sea muchas veces innecesario y en algunos momentos irritante no es culpa suya: lo aprovecha para hacerse notar y tiene su punto de razón). De Hellen Kwon ya he hablado. El oficial de Manos Kia (miembro del coro) tiene demasiado poco que hacer como para hacerse una idea.
En fin, teatro muy lleno (no agotado, pero con nueve funciones de la nueva producción no sé qué teatro lo estaría) y triunfo ya descrito. Tengo mis dudas de que ésta sea una versión que permita saber de veras qué es lo que ha hecho de este título una obra maestra repetida hasta el no va más durante dos siglos y varios años más. Juro que no asistí al estreno y que tengo algo menos de cien años. Tal vez sean demasiado.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios