Maxim Emelyanychev, artista destacado de esta temporada en la Filarmónica de Essen, no solo es un director de orquesta prodigioso, sino también un pianista de primer orden y clavista (además de cornetista, entre otros nueve instrumentos en total). Esta tarde el público convocado a la gran sala auditorio Alfried Krupp pudo disfrutar de su virtuosismo y profundo conocimiento de las sutilezas en la práctica interpretativa histórica con las sonatas para piano de Wolfgang Amadé Mozart.
En el centro del escenario han sido instalados tres grandes instrumentos de teclado. Los espectadores ocupaban sus asientos delante y a ambos lados. Los asiduos a estos recitales dan de fe de la curiosidad, la imaginación y el estilo que caracterizan la dirección e interpretación de al clave, al fortepiano y al moderno piano de concierto. Pero verlo y escucharlo en solitario es una oportunidad única.
Del amplio universo de Mozart, Emelyanychev presentó obras maestras muy diversas; siempre reflexivo, cantabile, conmovedor en algunos momentos y enérgico en otros; fue capaz de explorar la riqueza emocional de Mozart con una dinámica y transparencia como pocos. La velada fue un dechado de magia musical y teatral.
Cuando cantaba en el coro infantil de su ciudad, Nizhni Novgorod, a Emelyanychev, quien el próximo 28 de agosto cumplirá 38 años, sus compañeros le apodaron “Mozart”. A los 12 años de edad comenzó a dirigir orquestas profesionales; fue clavista del “enfant terrible” Teodor ; desde 2016 dirige el conjunto de música antigua “Il pomo d'oro” y desde 2019 la Orquesta de Cámara de Escocia. Es principal director invitado de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia; y en 2022 debutó al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín.
En fin, ha tenido una carrera de niño prodigio sin contratiempos ni caídas; y quizá se deba ello a que Emelyanychev confía en su instinto natural. A diferencia de su antiguo modelo a (no) emular - Currentzis, que no cesa de provocar y polarizar de forma notoria con su permanente extremismo musical- Emelyanychev, quien trabaja en Francia, se mantiene siempre sereno.
Los tempos son rápidos, pero no forzados; los acentos son nítidos, mas no penetrantes. Las melodías se interpelan y se responden entre sí, a veces con ingeniosas variaciones de tempo, como si fueran personajes en un diálogo operístico, que nunca resulta artificial ni (desagradablemente) teatral.
Con la partitura en formato digital en una tableta, comenzó la velada con la Fantasía en do menor KV 475 de Mozart en el fortepiano (réplica de un Anton Walter, en torno a 1795, construído por Paul McNulty en 1995); Mozart tenía uno similar en su casa. El mecanismo es ligero y sensible, lo que proporciona al intérprete una estrecha conexión con las cuerdas.
El oído tarda un poco en acostumbrarse al sonido del instrumento, especialmente a la calidad separada, casi staccato, de las notas, provocada por la (aparente) falta de pedales. Los pasajes más suaves y los más fuertes se diferencian, y algunas partes de la obra requieren escalas dramáticas, pero la música íntima y el estilo de interpretación sugieren más bien a un teclista experimentado que prueba un instrumento en casa antes de una actuación pública.
Algunos de los secretos del fortepiano se revelan durante la Sonata n.º 14 en do menor, KV 457. Maxim Emelyanychev mostró a la platea las dos palancas de rodilla que accionan los apagadores y otro dispositivo de amortiguación, que utiliza un relleno de tela. Estos se emplean con cierto efecto en los tres movimientos de la sonata.
En el segundo movimiento, un Adagio, el pianista toca sin apagadores durante la melodía sencilla y sus adornos, y luego utiliza las palancas para producir un efecto de legato más suave. El tercer movimiento, un Allegro assai, contrasta pasajes alternos fuertes y suaves, y culmina en una sección de cruce de manos que requiere una digitación complicada y cierto estiramiento; Emelyanychev cree que se trata de una típica broma de Mozart dirigida a la joven a quien dedicó la sonata.
Hay un breve intervalo, durante el cual el afinador se ocupa con mimo del clave y del fortepiano, antes de retroceder en el tiempo. El clave es un Henri Hemsch (París, 1751), cuenta con dos teclados que pueden desplazarse hacia adelante y hacia atrás para producir notas más apagadas. Los instrumentos de este fabricante, con unos graves ricos y sonoros y unos agudos elegantes y dulces, tienen un sonido extremadamente bello y emocionante, como indican las notas del programa de mano.
La calidad del sonido y la familiaridad de la Sonata n.º 16 en do mayor KV 545, una de las obras más populares de Mozart para intérpretes aficionados, conviertieron de inmediato esta fascinante exploración de los teclados en un recital deslumbrante.
El primer movimiento, Allegro, con sus numerosas escalas, se interpretó a un ritmo muy por encima del alcance de la mayoría de los aficionados, y en el elegante Andante, Maxim reveló la función de “laúd” del clavicémbalo e interpretó parte del movimiento como si se tratara de cuerdas pulsadas. Tanto aquí como en el Rondo: Allegretto, el concertista disfrutaba añadiendo sus propios adornos.
En la charla previa al recital puso como ejemplo el Allegro de esta “Sonata facile” para demostrar que cada una de las piezas del programa tiene un carácter particular y se adapta específicamente para uno u otro de los instrumentos. Esta KV 545 suena maravillosamente al clave. Y agregó:
Lástima que el cuaderno de Mozart descubierto en la Biblioteca Nacional de París no nos hubiera llegado a tiempo para incluir algunos de esos ejercicios y composiciones aquí.
Para el melancólico Rondo en la menor KV 511, vuelve al fortepiano. Quizá los oídos del público estuvieran más acostumbrados al sonido, o tal vez los cuidados del afinador hayan subsanado cualquier problema, pero ahora parecían más evidentes las posibilidades del instrumento, más que sus limitaciones, especialmente el rango dinámico entre las notas fuertes y las suaves.
Por último, Maxim interpretó la Sonata n.º 18 en re mayor KV 576 de Mozart en el piano de cola Steinway & Sons D de comienzos del siglo XXI. Compuesta en 1789, esta fue la última sonata de Mozart, bien conocida como para destacar la animada apertura del pianista —la fanfarria ascendente de notas que le valió el sobrenombre de “Sonata de la Trompeta”—, así como las emocionantes escalas y las pequeñas improvisaciones y adornos ejecutados con naturalidad.
El Adagio es majestuoso y sencillo, mientras que el Allegretto equilibra un ingenioso staccato con florituras llamativas. Una ovación de agradecimiento del público puesto de pie acogió el final del concierto y continuó tras el bis, una pieza relativamente moderna que aprovechó todo el abanico de posibilidades del piano de cola; como dispone de tres instrumentos, ¡habrá tres bises!
Los interpretó todos sin partitura delante y los eligió en función de los instrumentos: tras la grandiosa obra para piano “Träumerei”, de Kinderszenen op 15, de Robert , una versión lenta e íntima, posiblemente de Franz , en el fortepiano, para poner de manifiesto la interpretación sin sordina y las sutiles diferencias de articulación del piano de martillos en comparación con el piano de cola moderno, y, por último, el Preludio nº 1 del Clave bien temperado de Bach en el clave.
Fue este un colofón magníficamente elegido para un concierto inolvidable. En la mayoría de los niños prodigio, lo prodigioso desaparece en algún momento y solo queda el ser humano. Algunos se convierten en grandes artistas. Emelyanychev es uno de ellos.
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