En el folclore sardo, la Accabadora es una misteriosa figura femenina, responsable de terminar con el sufrimiento de los moribundos de manera rápida y definitiva. No deja de ser una especie de administradora de eutanasia, con lo que su figura, de origen prerromano, es controvertida dentro de la tradición cristiana, ferozmente opuesta a cualquier acto que acorte la duración de la vida. En 2009, la escritora Michela Murgia publicó su novela L’Accabadora, que tuvo una gran repercusión, centrada en esta figura popular. Es en esta novela en la que Francesco Filidei y Manuelle Mureddu han basado el libreto de la ópera que, con música del primero, se ha estrenado en la edición de este año del Festival d’Aix-en-Provence.
El argumento sigue la historia de Maria, una niña que es adoptada por Tzia Bonaria Urrai, una mujer sin hijos que ejerce ese papel de accabadora en la aldea, entre el secretismo y la fe en las antiguas tradiciones. Cuando, ya adolescente, Maria descubre la verdad, decide huir del pueblo para marcharse a Turín. Su antigua maestra sigue en contacto con ella, y cuando le comunica que Tzia Bonaria está muy enferma, Maria regresa y finalmente acepta a su vez su papel como accabadora, ayudándola a morir.
La propuesta musical de Francesco Filidei combina por un lado un lenguaje plenamente contemporáneo, en el que es fácil reconocer rasgos de su maestro Sciarrino (abundancia de armónicos, sonoridades en el extremo de lo audible), con elementos tomados del folclore sardo, con unas armonías más tradicionales y un aire cuasi tribal, podríamos decir. El resultado es realmente atractivo, equilibrando esos dos mundos sonoros en apariencia contrapuestos, sin resultar en ningún momento facilón.
Sin ser una obra de grandes exigencias vocales, destacan, por supuesto, las dos protagonistas. Noa Frenkel es Tzia Bonaria, con una voz grave y casi telúrica que define a ese personaje tan profundamente anclado en la tradición. Y Rachel Masclet, con un hermoso timbre de soprano, es Maria, la niña que acaba descubriendo la verdad y aceptando su destino.
Todos los demás cantantes interpretan varios personajes o intervienen como ese coro sardo que va narrando la acción en muchos momentos. Destacaría a Hugo Brady como Andria, el joven enamorado de Maria, con una hermosa voz de tenor, a Lodovico Filippo Ravizza como su hermano Nicola, a quien Tzia Bonaria ayudará a morir, y a Victoire Bunel como la maestra, que protagoniza junto a Maria una de las escenas más hermosas de la obra, cuando las dos, en la distancia, van leyendo las cartas que se escriben.
La producción, de Valentina Carrasco, con escenografía de ella misma y Mariangela Mazzeo, es sencilla, efectiva y hermosa. Unos grandes telares en los que se van tejiendo unos tapices dominan el escenario, aludiendo a los hilos de la vida que se entretejen y se cortan cuando esta termina.
Lucie Leguay dirige con precisión y lirismo, a partes iguales, a la Orquesta de la Ópera de Lyon, consiguiendo un resultado sonoro realmente efectivo.
Un muy notable espectáculo que merece tener recorrido.
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