El Festival de Música de Schleswig-Holstein 2026 (desde el 4 de julio al 30 de agosto) fue inaugurado en la gran Sala de Conciertos y Congresos de Lübeck, entre ovaciones del público, con una presentación de la Orquesta NDR-Elbphilharmonie dirigida por Karina Canellakis con la solista Anastasia Kobekina (violonchelo).
La primera parte del recital fue consagrada al Concierto para violonchelo en si menor, op 104 de Antonín ; la segunda a la Sinfonía nº 1 en re mayor Titán de Gustav . Los espectadores acogieron con aclamaciones la perfecta interpretación del primero, a cargo de , antes de que triunfara con maestría en la segunda pieza al frente del colectivo musical de la de Hamburgo, que se encontraba en plena forma.
Ambas obras tienen poco en común más allá de los orígenes bohemios de sus compositores, pero formaron una combinación muy acertada en este concierto. Resulta un tanto sorprendente constatar que el Concierto para violonchelo es la obra más tardía, compuesta a mediados de la década de 1890 y casi una década después de la sinfonía.
Así pues, una obra otoñal de un veterano y reconocido maestro de la música centroeuropea se unió en esta velada al despertar primaveral de un joven de veintitantos años deseoso de demostrar su valía.
El plato fuerte fue el célebre Concierto en si menor op 104 de Dvořák, compuesto durante la última etapa creativa del compositor, en el transcurso de su estancia de tres años en Estados Unidos, en el invierno de 1894/1895.
Una extensa introducción en tutti dio inicio al primer movimiento, Allegro, en el que los clarinetes y las cuerdas marcaron el tono lírico y comedido; una sucesión de crescendos condujo al tema principal. Este floreció con esplendor en un magnífico matiz elegíaco, desarrollado entre las maderas con el sonido pleno del violonchelo Stradivarius Bonamy Dobree-Suggia (1717) de Kobekina.
La solista se mostró renovada, con una intensidad musical que saltaba a la vista. Su articulación etérea destacó en muchos momentos de silencio absoluto, reservando la fuerza para los pasajes clave y aportando una calidad persuasiva, así como reflexiva a lo largo de toda la obra. Hubo una conexión natural entre Kobekina y Canellakis en cuanto al desarrollo de la pieza.
Con entrega y hermosa configuración rítmica, la excelente violonchelista creó timbres transparentes, llenos de sentimiento y magníficamente equilibrados, de una precisión cautivadora. Anastasia Kobekina conjuró así maravillosos matices sonoros en el seductor Adagio, ma non troppo. Karina Canellakis, junto con la Orquesta NDR-Elbphilharmonie acompañaron de forma sensible y expresiva el refinado estilo interpretativo de la violonchelista, orquestando los solos con sutil equilibrio.
Con refinamiento, profunda intensidad y color, Kobekina iluminó con sentimiento el Allegro moderato final con sus elementos folclóricos. Con ardiente expresividad, la brillante intérprete destacó los maravillosos momentos de nostalgia de la obra, revelando de forma significativa el romanticismo ensoñador en contraste con el génesis eruptivo de la sensualidad sonora de Dvořák.
El acompañamiento de la NDR-Elbphilharmonie, bajo la égida de Canellakis, aportó en un delicado entretejido dramatismo y ritmo al implacable trabajo de Kobekina, con momentos destacados como un pasaje de trompa maravillosamente nostálgico y un dúo rapsódico entre el violonchelo y el violín solista.
Tras las estruendosas ovaciones del público, puesto de pie en la sala, el bis de Anastasia Kobekina fue la traviesa Gallarda - Variaciones sobre un antiguo tema para violonchelo y pandereta de origen medieval, compuesto por su padre, Vladimir Kobekin; una ferviente invitación a la danza. Su hija, para quien iba dedicada la pieza, la tocó con expresividad y brío, propios de alguien que admira hondamente al compositor. Muchos y prolongados aplausos aún de una platea alborozada cerraron esta primera mitad del concierto.
En la segunda mitad del recital, la Orquesta NDR-Elbphilharmonie dirigida por Karina Canellakis, interpretó la Sinfonía nº 1, Titán, de Gustav Mahler, cuya primerísima versión fue estrenada en Hamburgo en 1893 y que fascina por su colorida, así como contrastada combinación de canciones populares, quiebros irónicos, sonidos místicos de la naturaleza y una resplandeciente riqueza sonora.
Esta Primera Sinfonía en re mayor de Mahler ha sido objeto de numerosos debates, especialmente en lo que respecta a la presencia de un movimiento que el compositor eliminó posteriormente, titulado Blumine, que originalmente iba a ser el segundo movimiento. Mahler lo apartó, considerándolo una indiscreción juvenil.
Karina Canellakis lleva varios años causando sensación no solo como directora titular de la Orquesta Filarmónica de la Radio de los Países Bajos, sino dirigiendo también los conciertos del Premio Nobel en Estocolmo y la legendaria First Night of the Proms en Londres.
Su interpretación de Mahler llevaba el sello tanto de una mente inquieta, capaz de revelar nuevas perspectivas sobre la música, como de una intérprete con plena confianza para ponerlas en práctica.
Es raro percibir en un director o una directora de orquesta una exposición tan bien delineada de los recursos estructurales y temáticos del compositor, sin tener la sensación de que todo se está explicando con letras mayúsculas. Canellakis lo consigue sobremanera batuta en mano, con penetrante e inteligente mirada y gestualidad muy expresiva.
Las conexiones motivicas entre los temas se resaltaron con sutiles matices de articulación, color, textura y estructura. En particular, el vaivén del recorrido final, de la oscuridad a la luz, fue moldeado con auténtica maestría.
La Orquesta NDR-Elbphilharmonie también lo dio todo, en una interpretación tan impresionante tanto en el plano local de las partes solistas como en la potencia pura de los tuttis. Desde las siete (¿no ocho?) trompas situadas atrás, a la izquierda del escenario para crear atmósfera y el tema de Frère Jacques, interpretado por el primer contrabajista con un hermoso tono pálido, hasta los cucos del clarinete que dan vida al mundo al principio y los penetrantes flautines en la apertura apocalíptica del final, esta fue una interpretación que provocó y emocionó los sentidos.
Fue asimismo una ejecución (casi) fiel a los exigentes requerimientos instrumentales de Mahler, muchos de las cuales no siempre se respetan en tal medida. Así, las maderas apuntaron obedientemente sus campanas al viento en el scherzo, y las siete trompas interpretaron sus staccatos entrecortados con los instrumentos en posición horizontal. Ninguna de estas dos exigencias resulta fácil para los músicos, como diría cualquier clarinetista con el cuello entumecido o cualquier trompista con el brazo estirado.
En el clímax de la sinfonía, las trompas se pusieron de pie, tal y como se les indicaba en la partitura, y a su coral ardiente y triunfal se unieron los demás metales situados junto a ellas en el centro del escenario, esperando este momento de gloria. Un detalle, tal vez, pero uno que resumía a la perfección la mezcla de meticulosidad e inspiración de la velada.
El concierto inaugural del Musikfestival 2026 concluyó en una eclosión de ovaciones y exclamaciones de aprobación del público puesto de pie en la Sala de Conciertos y Congresos de Lübeck, augurando ya un maravilloso desarrollo del evento.
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