El presente álbum del conjunto Nevermind, integrado por la flautista Anna Besson, el violinista Louis Creac'h, el violagambista Robin Pharo, así como por el clavecinista, pianista y organista Jean Rondeau, ofrece las Variaciones Goldberg (BWV 988) de Johann Sebastian Bach con un toque diferente (sello Alpha Classics / Outhere Music, France); las interpreta como una sonata a trío y el resultado es magia pura, toda una aventura sonora. La música habla aquí por sí sola. Se dice que la idea partió de , quien ya se había ocupado de este conjunto de variaciones como solista.
La formación no solo funciona muy bien, sino que tiene todo el sentido del mundo. En la época tardía de Bach, estaba muy presente, sobre todo gracias al rey Federico II de Prusia, que tocaba la flauta travesera. También se la utiliza en la sonata a trío de la Ofrenda musical (BWV 1079), dedicada al referido monarca. traslada con tanta maestría las estructuras de la composición para clavecín al formato de música de cámara que, de hecho, le aporta a la pieza una faceta completamente nueva.
El arreglo despliega sus puntos fuertes especialmente en las variaciones más complejas desde el punto de vista armónico y contrapuntístico; es siempre refinado, delicado en cuanto al sonido y, en muchos pasajes, sencillamente encantador. No deja nada que desear.
Entre las innumerables adaptaciones y transcripciones de las de Johann Sebastian Bach, hasta ahora faltaba una para flauta, violín, viola da gamba y clave. Es decir, para una formación que aparece en diversas variantes en la obra de Bach, hasta llegar a la sonata a trío de la referida .
Es precisamente el carácter fundamental de esta obra tardía de Bach, que en ocasiones parece severo e incluso austero, lo que viene una y otra vez a la mente al escuchar esta versión de música de cámara de las Variaciones Goldberg.
Cuando, en los inicios del Barroco, la música de cámara puramente instrumental cobró cada vez más importancia, la sonata a trío, el encuentro de tres voces instrumentales, se consolidó como una de las ideas más bellas. Dos voces superiores, de igual importancia, que interactúan entre sí o incluso se contraponen: a veces tocan en terceras, otras se imitan, otras una acompaña a la otra y otras es al revés. A esto se suma una voz de bajo continuo, y ya tenemos la sonata a trío. En los inicios de este género, en la Italia del siglo XVII, las voces superiores solían interpretarse con cornetas o violines; más tarde, las flautas dulces y las flautas traveseras sustituyeron a las cornetas. Además de la denominación sonata a tres, en italiano Sonata a tre, también es habitual el término Sonata a due, es decir, sonata para dos.
La diferencia radica en la voz de bajo: en la Sonata a due, el bajo se limita a la estructura armónica, mientras que en la Sonata a tre también interviene en la acción e imita las melodías establecidas. En aquella época no existían formaciones estándar en la música de cámara instrumental, por lo que también se encuentran sonatas para más de dos voces superiores y bajo continuo; títulos como Sonata a 4, Sonata a 5, etc., no son infrecuentes. El tamaño del conjunto varía, por tanto, aunque esto no depende únicamente del número de voces superiores. Dado que el bajo continuo puede ser interpretado por varios músicos, a menudo son más de tres los que tocan una sonata a trío —o menos—. Al fin y al cabo, un clavista u organista puede tocar una o dos voces superiores y el bajo.
La interpretación de los cuatro músicos de Nevermind es extremadamente serena y concentrada. Se toman más tiempo del habitual para hacer audible hasta la última fibra del tejido (arioso) de contrapunto y danzas de moda estilizadas. Esta procesión de Goldberg alcanza una duración total de casi 100 minutos. Sin embargo, cuanto más se sigue esta exploración y modulación, tan minuciosa en los detalles, más pierden las partes individuales su brillo sensual, su fuerza y, sí, también su vida.
No tiene precedentes la abundancia de nuevas y notables grabaciones de las Variaciones Goldberg en versiones transformadas, e incluso, en ocasiones, transfiguradas, de la mano de arreglistas y creadores que las han reinterpretado.
Una de ellas fue la del pianista, compositor e improvisador Uri Caine, un prestigioso crossing borders, quien reunió un elenco de talentos musicales bastante amplio para una interpretación sumamente audaz de las Variaciones Goldberg, que incorpora una fusión conmovedora de música afroamericana tradicional, con ritmos afrocubanos y blues.
La transcripción para trío de Dmitry Sitkovetsky fue durante años un clásico en los conciertos. Mas, con el paso del tiempo, su literalidad rigurosa parece haber cansado al público.
La partitura de Józef Koffler, compuesta durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), es toda una revelación por su ingenio neoclásico para orquesta de cámara (Koffler murió asesinado por los nazis en Polonia); y está la reciente partitura de Chad Kelly para Brecon Baroque y Rachel Podger (sello Channel Classics, 12/23) que, en cuanto a su enfoque histórico, y con instrumentos de época, es la que más se acerca a la interpretación reveladora e imaginativa de Nevermind de las Variaciones Goldberg. Y, el año pasado, nos vimos recompensados con la exuberancia de la nueva y flexible versión de Robin O’Neill para sus compañeros de la Philharmonia.
Todo clavista dirá, sin lugar a dudas, que las Variaciones Goldberg son el mayor regalo que ha dejado Johann Sebastian Bach a la cultura musical de la humanidad. Interpretarlas transporta a un universo de sensualidad, inteligencia, imaginación, emoción, alusión y virtuosismo propios del clave. La experiencia de interpretarlas, desde la sarabanda inicial hasta su recapitulación, es un viaje a través del cielo y del corazón.
Por esta razón, y por la brillantez con la que la obra pone de manifiesto la belleza y la versatilidad del clave, los arreglos para trío de cuerda han pasado desapercibidos o han sido ignorados en las últimas décadas. Sin embargo, esta propuesta del maravilloso cuarteto Nevermind despierta los ánimos a los más aletargados. Los músicos de esta formación entienden las formas y los estilos del repertorio barroco y se muestran cómodos, convincentes y comunicativos con cada obra que abordan.
Jean Rondeau, por su cuenta, ha demostrado ser un intérprete ideal de las Variaciones Goldberg en su forma original; como conjunto, Nevermind asume sus papeles y enriquece cada línea con una conciencia de la belleza propia del instrumento que tocan. De todo ese conocimiento emana una espontaneidad orgánica, sin ningún atisbo de pedantería. No están ahí para enseñar a los escuchas, sino para satisfacerles y conmoverles.
Esta nueva grabación, realizada en la sala de música de La Chaux-de-Fonds (en el cantón de Neuchâtel, Suiza) por la ingeniera de sonido Aline Blondiau es exquisita. Al escucharla se percibe cómo arroja nueva luz sobre cada variación y por qué resulta tan cautivadora la interpretación de Nevermind. Aquí el violagambista y el clavista Jean Rondeau descubren las alusiones musicales e interpretan y dan forma a versiones que se asemejan a la música del siglo XVIII.
Así, se pueden esuchar pasajes instrumentales obbligato propios de las cantatas; sonatas a trío o conmovedores movimientos solistas de flauta o violín. A la inmensidad emocional e intelectual de estas variaciones, Rondeau y Pharo, junto con sus excelentes colegas Besson y Creac’h, añaden la inmensidad del vasto mundo musical que alimentó la imaginación de Bach. Hay muchos aspectos que distinguen estas interpretaciones, pero la decisión de incluir el continuo y hacer referencia a la música de cámara es la más convincente y acertada.
Asimismo, permite a cada uno de los miembros del conjunto resaltar las cualidades expresivas únicas de sus instrumentos, ya sea la flauta, el violín o la viola da gamba. Son capaces de ornamentar con buen gusto las variaciones de una forma que no sería posible si solo intervinieran diez dedos. La interpretación del continuo de Rondeau al clave o al órgano (dispone de varios instrumentos en esta grabación), es rica, fluida, hermosa y acertada.
Sorprendentemente, aunque no es algo sin precedentes, la viola da gamba a veces se aleja de su papel de línea de bajo y se adentra en el ámbito solista. A veces, una variación que hace referencia a estilos antiguos comienza como una pieza solista para órgano, pero pronto se le unen los demás intérpretes, lo que da una sensación de contrapunto antiguo y riguroso que florece deliciosamente en un jardín de colores musicales.
Los músicos conocen las danzas y las formas, y ello complace sobremanera al oyente. Algunos cambios de carácter resultan especialmente reveladores y sorprendentes en el grupo Nevermind. Los cánones suelen volverse más expresivos a medida que el violín y la flauta dan forma a las líneas con una limpidez que no se consigue con el clave. El efecto es delicioso, ya que las disonancias adquieren más sabor. Y si bien las variaciones virtuosas son menos ardientes, a menudo adquieren una gracia que no es propia de Domenico Scarlatti, ¡sino más bien de George Balanchine!
Desde los primeros compases de la sarabanda, el clave brilla como la plata. Tocar con esta sonoridad, utilizando el rubato con gran efecto, resulta seductor. Pero en esta nueva grabación de conjunto, es la flauta, como anfitriona, la que produce algo completamente diferente. Toca con una ternura y una vulnerabilidad propias de la travesera.
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