La Orquesta Sinfónica de la SWR (Radiodifusión del suroeste de Alemania), dirigida por François-Xavier Roth, puso fin a su temporada de conciertos en la Liederhalle de Stuttgart con un bonito homenaje a György , interpretando Lux Aeterna, para conjunto vocal a capella, así como a Anton y su Sinfonía nº 8 do menor. El vídeo del concierto puede verse por internet.
Lux aeterna, la adaptación musical del texto en latín de la Communio de la Misa de difuntos para coro a capella de dieciséis voces (soprano, contralto, tenor y bajo, cada una con cuatro voces), compuesta en 1966, fue excelentemente interpretada por el SWR Vokalensemble, preparado por Yuval Weinberg. El canto sin acentos ni entonación no permite reconocer ninguna palabra. Pero, si bien Ligeti era ateo, la velada nube de sonoridad extremadamente delicada, suave y discreta que invadió la sala llevó mental y sugerentemente al espectador a las alturas:
Lux aeterna luceat eis, Domine;
cum Sanctis tuis in aeternum:
Quia pius es.
Requiem aeternam dona eis, Domine;
et lux perpetua luceat eis.
Lux aeterna fue la inspiradora obertura para pasar de inmediato al primer movimiento ('Allegro moderato') de esa formidable catedral sonora que es la legendaria Octava Sinfonía de Bruckner, en un ambiente misterioso, al que le sigue un motivo oscuro, seguido sin pausa por las cuerdas graves. Así es como se establece con una concisión irresistible el vínculo con el final de toda la sinfonía; lo que acaba de sonar volverá a resonar, con un gesto amenazante, hacia el término del último movimiento ('Finale. Feierlich, nicht schnell'), antes del inicio de la coda.
Anton Bruckner compuso esta obra para orquesta, sin duda la más ambiciosa, entre 1884 y 1890. De dimensiones colosales, requiere una instrumentación generosa con trompas, así como tubas Wagner, una amplia sección de madera y, por primera vez en su obra, el arpa. Una obra grandiosa, pero también sombría y, en ocasiones, trágica. Características que, sin duda, tenían todo lo necesario para entusiasmar a directores como François-Xavier . Y es que esta sinfonía se superpone, sin duda, a la propia odisea de un director de orquesta excepcional, cuya culminación tuvo que pasar por el purgatorio hace un par de años atrás.
Roth, quien dirige sin batuta, a lo sumo con un lápiz en su mano derecha, se encuentra aquí en su elemento. Sin embargo, esta última versión ofrece algo más: la naturalidad de la última palabra. Más sombría que sus interpretaciones anteriores, posee un carácter casi ineludible, sobre todo en el fraseo, más aún que en el ritmo. También en la dosificación de los silencios entre frases se aprecia la elevación del pensamiento. Los contrastes dinámicos se han reducido. Los ataques no resultan bruscos y los momentos de paroxismo no presentan ninguna exageración.
Sobre todo, la narración de esta música, a veces tan difícil de poner al alcance del espectador (y oyente), adquiere aquí un carácter evidente. Y es que el modo de composición de la sinfonía es curiosamente complejo y límpido a la vez: páginas grandiosas construidas sobre vastos crescendos, pero también una pléyade de pequeñas células, de temas que se suceden y se entrelazan en una sabia disposición.
Así ocurre en el primer movimiento. De un comienzo que parece surgir de la nada emerge poco a poco un bello tema lírico que Roth establece con calma, para luego confrontarlo con el otro tema, el del destino, y sus golpes de timbales. Las largas frases se sostienen hasta alcanzar su máxima tensión. Los crescendos sucesivos están trabajados con paciencia, se hinchan majestuosamente para desembocar en los acordes más formidables, brillantemente metalizados, aunque sin efecto ostentoso, o caen en un reflujo hacia el registro piano e irremediablemente sombrío de las cuerdas, que se apaciguan hasta un punto de clímax pppp.
El 'Scherzo. Allegro moderato' se interpreta con amplitud y contención. La cadencia repetitiva, típicamente bruckneriana, que avanza sobre un tema armónico de los violines, en el que se ha percibido la imitación del zumbido del vuelo de las abejas, entrecortada por repetidas llamadas de los metales para alcanzar una especie de plenitud, se ha moderado ahora casi por completo.
Las transiciones no presentan ninguna aspereza. El Trío, una de las más bellas inspiraciones poéticas de Bruckner, una meditación casi agreste en la que no falta la grandeza, ve cómo el segundo tema se sumerge en una especie de ensueño interior: nos acercamos a la oración, sobre todo en las cuerdas graves, mientras que toda la orquesta se eleva con encantadores pasajes de flauta.
Con el 'Adagio. Feierlich langsam, doch nicht schleppend', marcado como 'lento y solemne, pero sin arrastre', el espectador se adentra en los territorios más insólitos. La música surge, una vez más, de las tinieblas, impregnada de dolor, con un color dorado en los graves de las cuerdas y esos trémolos de los violines I y II, que multiplican por diez un lirismo que se vuelve dramático.
Hay aquí una magia de las frases lanzadas hacia la eternidad, mezclando registros graves y agudos hasta llegar a acordes soleados. Luego se instala una sensación de paz, no exenta de una secreta inquietud en el ascenso del crescendo, que se ve interrumpido por un breve respiro en la pequeña armonía. Tras numerosos episodios, la coda deja entrever una armonía recuperada y la calma, la de un alma serena. A lo largo de este extenso movimiento de 27 minutos, la platea experimentó esas otras divinas prolongaciones sabiamente destiladas por Bruckner y que François-Xavier Roth hizo tan suyas.
'Solemne, no rápido': el final es la culminación de la obra y también de la interpretación de Roth. El vigor recuperado, tal vez reservado hasta entonces, se apodera de la SWR Symphonieorchester desde el principio: una cadencia de marcha obstinada que establece un primer tema monumental. Los violines de la Orquesta de la Radiodifusión del Suroeste de Alemania están aquí en su mejor momento, con una consistencia notable. A continuación surge un tema meditativo, casi místico en sus elevaciones, en el que se entremezclan breves melodías de los instrumentos de madera.
Este tema se desarrolla a su vez en varias fases. El arte dialéctico del crescendo-decrescendo de Bruckner se despliega entonces a su antojo. Roth lo presenta con una visión cósmica, sumamente controlada y basada en contrastes casi de música de cámara...verbigracia en las cuerdas. Una gran mezcla orquestal se encargó de erigir el gran edificio catedralicio, donde poco a poco se resolvieron las tensiones, síntesis de los movimientos anteriores.
Un silencio extraordinario precedió al crescendo final y a la perorata de una plenitud total, de una fuerza inaudita. Esta interpretación, de una profundidad de visión poco común, la SWR Symphonieorchester, en su mejor momento, la adornó también con lo mejor para su director principal: cuerdas suntuosas, maderas de gran dulzura, metales con una redondez de tono de gran dignidad.
¡Menudo sarao el de esta tarde en la sala Beethoven de la Liederhalle de Stuttgart rebosante de público!
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios