La edición 2026 del Festival de piano del Ruhr se acerca ya a su fin y esta tarde presentó al solista Nobuyuki Tsujii, uno de los milagros musicales de nuestra época, en la sala Robert Schumann del Palacio de las Artes de Düsseldorf. El exigente programa de fue, sin embargo, un argumento de gran peso para dejar atrás los estereotipos del ciego maravilloso. Ni que decir tiene que el auditorio rebosaba de público para presenciar su recital.
En Düsseldorf y sus alrededores está asentada además la mayor comunidad japonesa en Alemania y muchos nacionales de ese país acudieron en gran número a la cita. Tsujii inauguró el concierto, interpretando cinco de las 66 Piezas líricas de Edvard , obras breves y muy personales con elementos folclóricos nórdicos, compuestas y publicadas entre 1867 y 1901. Ver y escuchar la interpretación al piano que hace Nobuyuki Tsujii de ellas es un auténtico placer que invita a la contemplación.
A lo largo de estas páginas, donde lo maravilloso se codea con lo legendario, y siempre impregnadas de un gran lirismo, cautiva al espectador la dulzura que les aporta Tsujii, al igual que ocurre con su toque inmaculado, que se suma a la magia de estas piezas, así como al refinamiento de Edvard Grieg. Grieg, en cuyas miniaturas resuena tanto el romanticismo nacional noruego como la música popular de los fiordos de la costa occidental, es un maestro a la hora de evocar imágenes a través de la música.
Lo lírico de estas cautivadoras piezas recae en sus títulos, sobre todo cuando se interpretan como lo hace Tsujii aquí: Arieta, Vals, Erotikk, Marcha de los duendes, Día de la boda en Troldhaugen. Algunas de ellas recuerdan a Schumann, otras al mundo de los mitos y cuentos nórdicos. En aquella casa de madera en Troldhaugen que Grieg adquirió en 1885 surgirían las composiciones de música de salón de sus distintos períodos creativos.
La Marcha de los duendes (o Trolls), al principio trotona y casi opresiva en sus repeticiones obstinadas, da paso a un interludio más lírico; comienza como un ballet abstruso y luego se aleja danzando alegremente. Grieg da rienda suelta a su creatividad, pero antes de que pueda caer en la repetición, prefiere dejarlo por completo. El décimo volumen de sus Piezas líricas sería el último.
La poesía de la melancolía nórdica se percibe y se siente en todo momento en la interpretación de Tsujii. Incluso la danza más alegre y el acontecimiento de una boda parecen conocer el cansancio del mundo, la melancolía existencial. El majestuoso paisaje que Grieg contemplaba desde su domicilio se refleja en estas pequeñas piezas llenas de lirismo como un telón de fondo.
Invidente desde su nacimiento, Nobuyuki Tsujii, ha superado entretanto con creces la ceguera hasta alcanzar reconocimiento mundial. Su toque privilegió la fluidez frente al brillo, revelando el resplandor íntimo de la música. La primera de las piezas, Arietta era la preferida del compositor noruego y su tema sirvió tanto para iniciar como para cerrar el ciclo reunido por el autor en esos diez libros.
De estatura normal y complexión algo redondeada, Nobuyuki Tsujii parece mucho más joven de lo que le corresponden sus 37 años. Acompañado por un asistente en todas sus entradas y salidas del escenario, se apoya en el piano Steinway allí instalado, se sienta ante el teclado, extiende inmediatamente la mano derecha hacia el extremo agudo, se orienta espacialmente y es entonces cuando da comienzo la transformación.
Como si se burlara de su discapacidad, Tsujii toca con un tacto y una definición sonora extraordinariamente precisos. Así interpretó de forma emocionante el Nocturno nº 7 en do sostenido menor, op 27, el Nocturno nº 8 en re bemol mayor, op 27, así como el Andante spianato et Grande Polonaise brillante en mi bemol mayor, op 22 de Frédéric Chopin, entre el impulso de la mano izquierda y el brillo de la derecha.
El espacio y la definición que Nobuyuki Tsujii confiere a cada nota infunden una sencillez que ansía la música, tan a menudo interpretada en este programa. Más allá de su enorme impulso rítmico y su dominio del control y el contraste dinámicos, es esta claridad y diafanidad, tanto en el ataque o la liberación de cada nota, así como en la arquitectura general de las piezas, lo que distingue a este destacado solista.
Los dos nocturnos de Chopin de 1835 acabaron con cualquier duda que pudiera quedar sobre si Tsujii prefiere la expresión virtuosa a la sutileza. Interpretó estas piezas de forma magnífica, transmitiendo tanto su misteriosa mezcla de inestabilidad y calma como gran parte de su carga emocional. Además de un virtuosismo impresionante, que hace que resulte absurdo hablar de discapacidad, la madurez musical y el buen gusto general de Nobuyuki Tsujii están fuera de toda duda.
El Andante spianato y Gran polonesa brillante en mi bemol mayor, op 22, fue compuesto un poco antes por Frédéric Chopin, entre 1830 y 1834. La Gran polonesa brillante en mi bemol, para piano y orquesta, se compuso primero, entre 1830 y 1831. En 1834, Chopin compuso un Andante spianato en sol, para piano solo, que añadió al comienzo de la obra, y unió ambas partes con una secuencia a modo de fanfarria. La obra combinada (tanto la versión orquestada como la versión para piano solo) se publicó en 1836 y fue dedicada a la hermosa Madame d'Este.
Otra enorme sorpresa (positiva) de esta tarde fue la interpretación de gran transparencia sonora que entregó Nobuyuki Tsujii de Réverie e Images, Libro I: Reflets dans le'eau, Hommage à Rameau y Mouvement de Claude . Un menú sin duda aromático y sabroso en el que la tensión más aguda y el encanto inmediato se fundieron a la perfección. Aquí la interpretación de Tsujii, llena de mesura y discreción, confirió una gran solidez a estas obras en las que los tintes, lo sugerido y los matices tan apreciados por el poeta Paul Verlaine son la piedra angular del estilo debussiano. Hablando siempre en ese sentido de la música que se disuelve en el aire, sin nada en ella que pese o resulte forzado, de la canción gris donde lo indeciso se une a lo preciso. Claude Debussy es un compositor verlainiano, y Tsujii lo percibe, con esa musicalidad y sensibilidad auditiva extrema que le distinguen. Ello se nota de inmediato en su interpretación.
Nobuyuki Tsujii ofreció, por último, una interpretación pulida y sumamente agradable de la Suite de El cascanueces (arr. Mijail Pletnev); su capacidad para captar el espíritu de cada movimiento es impresionante, al igual que su habilidad para transformar el propio piano en diferentes instrumentos. Los acordes nítidos de la Marcha recuerdan mucho a los metales de la versión orquestal, y en la Danza del Hada del Azúcar, el pianista consigue un tono que se asemeja asombrosamente al de la celesta.
El Trepak (el baile ruso, 'Molto vivace') rebosa júbilo puro, la Té (la danza china, 'Allegro moderato') transmite una alegría cautivadora, pero el Andante Maestoso final es, con diferencia, el más cautivador. Las figuras de acompañamiento son impecablemente fluidas y sedosas, creando un vaivén sumamente relajante. Las ovaciones fueron estruendosas. Tsujii salió y volvió a entrar al escenario varias veces acompañado por el lazarillo.
Mikhail presentó en el Concurso Chaikovski de 1978 sus propias transcripciones de El cascanueces y ganó con ellas el primer premio. Su amor por la música de este compositor era evidente para todos, y no es de extrañar que se convirtiera en un intérprete de de fama mundial, como pianista y director de orquesta.
Su atención no se centró principalmente en la interpretación virtuosa, sino en la partitura: el virtuosismo está presente, pero solo allí donde Pletnev lo consideraba adecuado para transmitir las intenciones del compositor. Al igual que en la orquesta, las texturas son siempre claras, con las distintas capas sonoras bien diferenciadas entre sí e interactuando de forma equilibrada y armoniosa. Pletnev ha interpretado de forma especialmente impresionante para el piano el clímax del último movimiento, el Andante maestoso, como se verá más adelante.
Algunos de los números se encuentran en la suite orquestal de El cascanueces. La Marcha abre la obra con esplendor y entusiasmo: el árbol de Navidad brilla y se avecina una fantástica fiesta infantil. La versión para piano alterna entre acordes compactos y brillantes escalas que abarcan todo el teclado.
La Danza del Hada de Azúcar es un divertimento del segundo acto del ballet y tiene lugar en el Castillo de las Mermeladas, una especie de paraíso infantil. Los sonidos de la celesta y el arpa, tan característicos en el original, se reproducen tan bien en el arreglo que el oyente no echa nada en falta. Chaikovski conoció la celesta en París poco después de su invención y la mantuvo en el más estricto secreto hasta el estreno de El cascanueces.
La Tarantella del ballet es la danza del príncipe Orgeat (originalmente, el príncipe Coqueluche), la pareja del Hada del Azúcar. Las tarantelas suelen ser danzas frenéticas, y Chaikovski afronta este reto, aunque también hay toques de lirismo e incluso de tristeza que los intérpretes pueden resaltar si así lo desean.
El Intermezzo es uno de los números más misteriosos. Procede de la última escena del primer acto, en la que la joven protagonista, Clara, deja atrás la realidad y entra en el otro mundo. Chaikovski construye su melodía a partir de un material muy sencillo y la va intensificando hasta que alcanza su clímax en una apoteosis grandiosa, pero conmovedora. Cuando Clara abandona ese mundo, resuena una sucesión de acordes mágicos. Pletnev modera ligeramente el virtuosismo para dejar que el carácter noble y misterioso de la pieza hable por sí mismo.
El fogoso Trepak procede del desfile de nacionalidades del divertimento del segundo acto. Se trata de una danza extremadamente enérgica que inspiró la danse russe de Igor Stravinski en Petrushka. Aquí, Pletnev se permite más libertades para crear un emocionante torbellino pianístico. El encanto especial de la Danza china reside en el uso de registros extremos: en la versión orquestal hay una melodía muy ágil, interpretada por la flauta y el flautín, así como un ajetreado vaivén en los instrumentos graves. El piano lo expresa igualmente bien: los pasajes que se tocan en los extremos opuestos del teclado están presentes en la música para piano desde Ludwig van Beethoven.
Por último, llega el Andante maestoso, una canción preciosa y conmovedora sobre el amor y la vida. En la versión original del ballet, este pas de deux lo bailaban los gobernantes del dulce reino: el Hada del Azúcar y el Príncipe Coqueluche. En montajes posteriores (tras la muerte de Chaikovski), se asignó a la pareja protagonista, Clara y el Príncipe, donde pone un broche final adecuado a su historia de amor (el Cascanueces de las escenas anteriores se transforma en el Príncipe). Como suele ocurrir con Chaikovski, el gran clímax se sitúa al borde de la tragedia y confiere una dimensión más profunda a este cuento de hadas, que a menudo se percibe como inofensivo.
La serie de cinco bises, a cual más cautivador, se abrió con una interpretación distanciada de Träumerei, de Kinderszenen, op 15, de Robert , seguida de L'isle joyeuse, L 106 de Debussy (su homenaje a la historia de amor con Emma Bardac), del jazzístico Estudio de concierto, op 40 nº 1 Preludio de Nikolai , de la transcripción de Franz de La Campanella de Six Grandes Études de Niccolò , p. 141, nº 3. Y, finalmente, Clair de lune, de la Suite Bergamasque, de Claude Debussy, página inmortal de poesía evanescente, en la que se percibe el encanto conmovedor del desarrollo y sus arpegios cautivadores, la ternura de la ralentización y la dulzura íntima de la perorata. El toque meticuloso de Nobuyuki Tsujii fue un placer en sí mismo.
Sonriendo con naturalidad tras cada uno de sus cinco agradecimientos, Tsujii demostró que simplemente le encanta tocar, y cuanto más difícil sea la pieza tanto más disfruta del desafío. Düsseldorf le devolvió esa emoción durante toda la tarde. No había manera de calmar las aclamaciones y los altisonantes vivas de los espectadores que colmaban la sala Robert Schumann hasta que Nobuyuki Tsujii dió a entender, con fina cortesía nipona, que ya era hora de ir a casa a descansar.
Quienquiera que presencie sus conciertos en cualquier parte del mundo o que escuche sus discos (Deutsche Grammophon) probablemente se convertirá en su admirador de por vida. Este es el verdadero milagro de un artista increíblemente inspirador.
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