Tras un recital liederístico de la soprano Juliane Banse y el tenor Valentin Lee en la Iglesia de São Tiago de Marvão centrado casi exclusivamente en Schumann a excepción de un ciclo del músico australiano James Cuddeford muy exigente a nivel interválico, a última hora de la tarde del jueves 30 de julio llegaba esta otra cita para la canción de concierto a cargo de la soprano coreana Sumi Hwang. En esta ocasión en la Iglesia de Nuestra Señora de la Estrella, el templo con la nave más grande de los cuatro que posee el municipio, ubicado en la carretera que asciende desde la aldea de Portagem hacia la zona amurallada de Marvão y que por su emplazamiento es la iglesia más alejada del pueblo.
La joven soprano intervenía por primera vez en la edición número 12 de este Festival Internacional de Marvão antes de volver a participar en el concierto del 1 de agosto en el patio del castillo con música de la compositora Unsuk Chin. Hwang proponía un recital muy atractivo, diverso y bastante atípico con canciones de Schubert, Liszt, Berg y Korngold, lo que le dio la oportunidad de convocar tres idiomas: alemán, italiano e inglés. Ganadora del Concurso Reine Elizabeth de Bruselas y miembro estable de la compañía del Theater Bonn, estamos ante una cantante ampliamente especializada en el género del lied que canta de forma habitual acompañada del reputado pianista Helmut Deutsch y que aquí estuvo secundada por su compatriota, igualmente oriundo de Seúl, Tae-Hyun Kim.
Abrió la velada una tríada de lieder schubertianos no pertenecientes a ningún ciclo, donde la soprano comenzó exhibiendo su agraciado timbre de tintes ligeros y su excelente dicción, a pesar de que desde un primer momento se percibía que la acústica de la Iglesia de la Estrella no era ni mucho menos ideal para las voces, pues el sonido en eco se dispersa por los amplios espacios de las galerías y la bóveda. En todo caso, fue muy agradable escuchar dos canciones tan populares del genio vienés como An Sylvia y An die Musik con expresión extrovertida y buen gusto canoro en el fraseo, a pesar de que desde los primeros bancos nos dio la impresión de que la cantante proyectó los agudos en forte y con un exceso de volumen.
Los Tres sonetos de Petrarca S. 270 que cerraban la primera parte, la puramente romántica, son las canciones más populares de Franz Liszt quien, inspirado por los versos del poeta de Arezzo, escribió fruto de sus viajes por Italia y que posteriormente reconvirtió en sendas piezas pianísticas dentro del cuaderno dedicado a este país que forma parte de la vasta colección Años de peregrinaje. En ellas la expresión cantábile de esta poesía medieval es el elemento primordial y Hwang supo captar la calidez y la esencia amorosa de cada melodía, hallando en Kim un diligente y atento acompañamiento arpegiado que se plegó al canto con finura y precisión, y que con los acordes finales de la tercera canción (“I’ vidi in terra Angelici costumi”) dejó en el ambiente de Nuestra Señora de la Estrella una fragancia mística y de auténtico encanto poético.
Tras el descanso, la segunda parte, centrada en el siglo XX, comenzaba con los Frühe Lieder (canciones tempranas) de Alban Berg con textos de diversos poetas -entre ellos Rilke y Lenau-, escritas a principios de la centuria, siete breves ejemplos de la capacidad melódica del discípulo de Schönberg con leves tintes atonales, recopilando influencias románticas, impresionistas y posrománticas que posteriormente orquestó. Si la coreana había unificado la expresión en el tríptico lisztiano, a lo largo de esta colección supo sobresalientemente aportar matices diferentes, desde la introspección de “Nacht” -noche- (con texto de Hauptmann) pasando por el romanticismo de “Die Nachtigall” -el ruiseñor- (Storm) hasta la postrera “Sommerstage” -días de verano- (Hohenberg).
Llegaban en último lugar las encantadoras Canciones del payaso op. 29 de Erich Wolfgang Korngold con versos de Shakespeare que datan de 1943. Korngold es un compositor alemán casi exclusivamente conocido en el campo académico por su soberbio Concierto para violín y su magnífica ópera La ciudad muerta, y estas cinco aforísticas songs fueron todo un descubrimiento de las posibilidades dramatúrgicas, y por qué no decir, cinematográficas, del triunfador autor de bandas sonoras afincado en Hollywood. Deliciosa fue la teatralidad, la capacidad de subrayar el texto y la caracterización vocal, de estilo muy norteamericano en sus saltos e inflexiones, que Hwang imprimió a “O Mistress Mine”, “Hey, Robin” o la conclusiva “For the rain, it raineth every day”, con unos repetitivos y marcados “every day”.
Por arte de magia, y por medio de su carisma interpretativo, la joven soprano nos había trasladado a la expresividad del musical americano sin entrar de forma expresa en él, un terreno teatral que había dejado abonado para la propina, la canción “I hate music” perteneciente a homónimo ciclo de Leonard Bernstein, que terminó de hacer las delicias del público y que lamentamos no ofreciera íntegro en el programa del recital. Otro hallazgo y adelanto de las sorpresas a nivel interpretativo que nos tenía deparadas Sumi Hwang en el mencionado concierto del 1 de agosto con la suite “Puzzles and Games” de Alice in Wonderland de Unsuk Chin, donde desplegaría su sentido teatral apoyado en una voz ágil y flexible.
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