Una jirafa en Copenhague

Omar Jerez y Ernesto Castro son amigos

Omar Jerez
Ernesto Castro y Omar Jerez Ernesto Castro y Omar Jerez © 2026 by Omar Jerez
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Ernesto Castro:

¿No te resulta agotador hacer el ridículo de manera profesional a lo largo de tu carrera?

Primero comparaste un matadero de cerdos con el Holocausto judío, algo que te costó tu carrera de por vida en el mercado anglosajón. Luego, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) anuló la plaza de profesor ayudante doctor que ocupabas en la Universidad Autónoma de Madrid por un conflicto de intereses derivado del parentesco con tu padre, Fernando Castro Flórez. Posteriormente, el mismo tribunal resolvió que la plaza volvía a ser tuya. El demandante, también filósofo, Daniel Martín, calificó públicamente el desenlace de bochornoso y realizó una fuerte crítica al afirmar que hubo falta de transparencia por la rapidez con la que la Universidad resolvió y cerró el caso, que presentaba muchas aristas.

Pero, de todo esto, lo que más me ha fascinado es lo último que has hecho: pasearte por diferentes redacciones hablando de tu conversión al catolicismo. De verdad te lo digo, Ernesto Castro: ¿se puede ser más bufonesco que tú? Lo dudo, y lo dudo de veras.

Vamos a imaginarnos que somos buenos amigos, algo que, por suerte para ambos, no va a ocurrir. En esa amistad, yo te plantearía una serie de cuestiones para que tu dignidad estuviera por encima de cualquier acto que, tal y como lo has hecho, te ha convertido en una pantomima ante los demás.

Antes de empezar, defiendo tu acto de fe, que respeto de manera insobornable. Pero no hablo de tu fe, sino de lo que has hecho con ella al convertirla en un espectáculo mediático. Honestamente, te lo digo: cuando uno abraza el ejercicio espiritual, lo hace desde el silencio, desde la soledad y desde el regocijo; en ese ámbito, lo privado no tiene cobertura mediática. Porque, si lo haces, no actúas movido por un sentir, sino bajo la influencia del ego. Y esto no se percibe como un proyecto de vida sincero, sino como algo que concretas para trabajar sobre otro proyecto de tu propio personaje creado, convertido en el eje de un espectáculo destinado a alimentar, si aún cabe, la ignorancia.

Y esto que has hecho —pasearte por las redacciones de diferentes medios como si estuvieras presentando una película que ha ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes— no te deja en un lugar donde la honestidad y la verdad estén en sincronía con los hechos que presentas.

La auténtica y única espiritualidad, Ernesto Castro, no necesita espectadores, «me gusta» ni abrazos; solo requiere una condición: estar contigo mismo y entregarte a un acto de transubstanciación. Si algún día llegas a ese estado de conciencia, serás pleno y no necesitarás la aprobación de nadie.

Libérate de todo; déjalo vacío.

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