La Quinta Sinfonía de Ludwig van Beethoven es una obra verdaderamente emblemática. Su carácter revolucionario y el característico motivo del destino son conocidos en todo el mundo. No en vano, la obra más famosa de Beethoven viaja a bordo de la sonda espacial Voyager II en forma de disco de oro (con una vida útil de al menos 500 millones de años) por las infinitas extensiones del universo; es todo un mito sinfónico.
La orquesta Bremer Philharmoniker, bajo la égida de su director general musical, Marko Letonja, la ha llevado, junto con la Obertura Coriolano, op 62, a un álbum especial grabado en directo en la histórica sala de conciertos bremense Die Glocke, de excepcional acústica.
Ante la conmemoración del 200º aniversario de la muerte de Beethoven (el 26 de marzo de 1827 en Viena), la Bremer Philharmoniker ha incluído la Quinta en el programa del 10º concierto sinfónico que ofrecerá los días 24 y 25 de mayo de 2027 en este mismo escenario y dirigido por el maestro Marko .
El homenaje al genio universal de Bonn comienza en el presente álbum con la Obertura Coriolano. Beethoven sumerge aquí al escucha en el drama, en la oscuridad, trazando el retrato de este general romano traidor a sus propias tropas y cuyo fatídico destino está muy bien esbozado por el compositor que pronto creará la titánica y grandiosa Sinfonía nº 5, también en la trágica tonalidad de do menor.
Tanto la Quinta Sinfonía como la Obertura Coriolano, dirigidas con exaltación por Marko Letonja, revelan toda su fuerza elemental, llena de tumulto y pasión. El comienzo del op 62, con su potente arranque, parece encajar a la perfección con el tópico de un Beethoven brusco e irascible. Sin embargo, esta composición no es un estudio de su propio carácter, sino una obra que refleja el dramatismo y la tragedia de la obra teatral homónima de Heinrich Joseph von Collin.
La pieza difícilmente podría comenzar de forma más dramática o con mayor intensidad abrasadora; a continuación, las cuerdas de la orquesta dan rienda suelta a una figura oscura y conspirativa que impregnará gran parte de la composición. Dos tipos de ritmos enérgicos y ligados se enfrentan entre sí; el escucha se puede imaginar que Johannes Brahms pudo haber admirado esta pieza, ya que estos pasajes presagian sin duda una fuerza similar en las sinfonías y los conciertos para piano de este posterior compositor romántico.
El general romano Cayo Marcio Coriolano, otrora aclamado y honrado, cae en desgracia tras un cambio de poder político y es desterrado. Herido en su orgullo, lidera un ejército contra su ciudad natal, aliado con sus antiguos enemigos. Al llegar a las puertas de Roma, su madre (Veturia) y su esposa (Volumnia) le suplican que perdone a la ciudad y que dé media vuelta. Atrapado sin salida en el conflicto entre el amor a la patria y la soberbia, el héroe fracasado se clava su propia espada; una trama arquetípica y atemporal.
Un tema lírico representa la súplica de Volumnia a Coriolano para que desista de atacar a Roma, pero una música de total desafío pronto lo desestima. Se produce más conspiración con las cuerdas graves y el fagot trabajando en el fondo, si bien, una vez más, esto se deja de lado bruscamente. La estructura de la pieza es de forma sonata; la exposición del material hasta ese momento conduce a un desarrollo y luego a una recapitulación, antes de llegar al punto álgido y de que el tema inicial de las cuerdas sea desentrañado con desolación por los violonchelos mientras la vida de Coriolano se va extinguiendo.
Beethoven, fascinado, en primer lugar, por los conflictos de lealtad a los que se enfrentaba Coriolano y por los errores personales que provocaron su caída, y, en segundo lugar, por la relación entre el general y su madre, decidió componer la obra a pesar de que no se había programado oficialmente ninguna nueva representación del drama; no había ningún encargo y no habría música incidental (a diferencia de las circunstancias que rodearon la composición de su música para otra composición política, Egmont, dos años más tarde).
Sin embargo, para utilizarla realmente como apertura de la obra (la obertura se compuso a principios de 1807) era demasiado tarde; en el estreno, el 24 de noviembre de 1802, se recurrió a una música de entreacto que el abate benedictino Maximilian Stadler había arreglado a partir del Idomeneo de Wolfgang Amadé Mozart. A pesar de su gran éxito, la obra bajó de cartel el 3 de marzo de 1805.
Así pues, la Obertura Coriolano de Beethoven es, desde el principio, una (si no la primera) obertura de concierto; una obertura que, aunque se basa en un argumento literario-dramático familiar para el público, se interpreta en la sala de conciertos, completamente separada del teatro. Su solemnidad y temática la elevan a la categoría de un poema sinfónico temprano en todo menos en el nombre.
Es evidente que Beethoven también se identificaba con la ira y la desesperación de Coriolano, así como con su sordera, que le había llevado a contemplar su propio suicidio en 1802 y que, en 1807, se había agravado.
Si una partitura de este tipo la obertura puede entonces subsistir por sí misma, sin que los oyentes conozcan la temática subyacente, ello se debe a su calidad musical, a la forma en que se emplean las formas y proporciones sinfónicas. La obra ya solo resulta característica en el sentido de su contenido afectivo.
La Obertura Coriolano de Beethoven se interpretó por primera vez en uno de los conciertos privados del príncipe Joseph Franz von Lobkowitz, quien también era miembro destacado de la Sociedad de Empresarios Teatrales de Viena. Es lógico suponer que, de este modo, la tragedia de Heinrich Joseph volvió a subir al escenario para una única representación —el 24 de abril de 1807— ahora sí con la obertura de Beethoven.
La relación entre la música y la política, y a la inversa, entre la política y la música, se convertiría en el leitmotiv del siglo XIX. También la Quinta parece respirar el patetismo de la revolución. Este op 67, dedicado también al príncipe von y al conde Andrei Razumovski, comenzó a escribirlo Beethoven en 1804; descartó muchos bocetos hasta que encontró el célebre motivo de los golpes (ta-ta-ta-taaa...), algo inaudito, sin melodía, solo cuatro notas.
Un juego de ideas formulado de forma genial en el primer movimiento, 'Allegro con brio', es increíblemente lógico, pero nunca predecible ni plúmbeo; sus contemporáneos quedaron desconcertados. Era música que parecía imparable. Y en la primera página de la partitura, Beethoven había fijado el tempo: Allegro con brio, con fuego. La mitad equivale a 108 según el metrónomo patentado (mas no inventado) por Johann Nepomuk Mälzel en 1815; un artefacto muy importante para el futuro de sus sinfonías, según el propio compositor; solo con estos tempos funciona la Quinta.
El comienzo es ágil y brillante, formidablemente articulado, para el 'con brio', en el que cada silencio desencadena una nueva ráfaga. Marko Letonja dirige a la orquesta Bremer Philharmoniker con gran vitalidad. El tutti central es un auténtico bombardeo por todas partes. De pronto, la melodía del oboe solista parece dar la señal de un respiro. Es una pausa de corta duración, pues la perorata se vive como una serie de descargars en las que los instrumentos de viento tienen su parte en ese ritmo frenético.
El Andante moto es como una plegaria, algo así como un desamor que pasa, caracterizado por la alternancia de fuertes acentos y frases que se enroscan en las cuerdas para dejar que los instrumentos de madera destilen su pequeña música serena.
Las trompas del Allegro siguiente contrastan con un inicio pianissimo y la obra avanza con solidez, con las frases de los violonchelos, situados a la izquierda del escenario en contrapunto a las violas, sonando con fuerza. A los pasajes ppp les hace eco la declamación de las trompas. Letonja cuida con esmero y minuciosidad la arquitectura de la obra.
La transición al piano es fascinante: pizzicatos de las cuerdas agudas, interrogantes de los instrumentos graves, contrapunto de las trompas hasta el attaca que interviene tras un breve crescendo para abrir el finale. Este es glorioso, por decirlo suavemente, impulsado por una fuerza telúrica que combina una dinámica extremadamente amplia y una elección de tempos muy meditada.
La coda se despliega como un fuego devastador que acentúan los resplandecientes metales. ¡Vaya ímpetu! Quizá el oyente sienta ganas de gritar, como lo hicieran los espectadores aquel jueves 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien, (naturalmente, vivando a Francisco II del Sacro Imperio Romano Germánico y I de Austria) tras el estreno. Mas no se trata de una interpretación de alabanza al antiguo régimen absolutista sino, todo lo contrario, una visión de la energía al servicio de una idea de grandeza.
Estas interpretaciones de la brillante Bremer Philharmoniker, dirigida por Marko Letonja, una orquesta cuyo refinamiento instrumental es modélico, fueron grabadas en directo por el ingeniero de sonido Dirk Alexander (bremusound) en la gran sala auditorio 'Die Glocke', en el centro de Bremen, de extraordinaria acústica. La captación de sonido ofrece una imagen amplia y diáfana. La reproducción dinámica abarca un amplio espectro, incluyendo unos pianissimos de notable presencia, en perfecta sintonía con los matices que impone la interpretación. La distribución de los planos está especialmente cuidada, en particular la de las secciones de madera.
Todavía quedan algunos ejemplares físicos del CD disponibles a través de la página web o mediante pedido por correo electrónico (besucherservice@bremerphilharmoniker.de).
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