Este concierto festivo en la Filarmónica de Essen, con la Pittsburgh Symphony Orchestra bajo la égida del maestro Manfred Honeck, fue un punto de encuentro histórico con América. Pero cumplió además varios propósitos afines: inaugurar la temporada 2026/2027 en esta maravillosa sala de conciertos, en la que también será conmemorado el bicentenario de la muerte de Ludwig van Beethoven; sumarse a las celebraciones por el 250º aniversario de la independencia de los Estados Unidos; y reafirmar la defensa de la democracia y sus principios humanistas en Alemania, ante el preocupante avance de la ultraderecha populista, neonazi y neofascista en las recientes elecciones estaduales de Sajonia-Anhalt.
El sueño de la independencia y la libertad (siempre insuficientes y amenazadas) ha marcado los 250 años de historia de los Estados Unidos de América hasta el día de hoy. También ha signado su música. A lo largo de generaciones ha surgido una obra desenfadada, polifacética y siempre dispuesta a la experimentación.
John Adams, nacido en Worcester (Massachusetts), es considerado un maestro de este estilo y, al mismo tiempo, su superador neorromántico. Su fanfarria orquestal (Un breve viaje en un coche rápido, 1986), con la que se abrió esta velada, se inspira, de hecho, en la experiencia (quizá los ataques de pánico) que vivió el compositor como copiloto durante un paseo tan vertiginoso como temerario en un deportivo italiano.
Este recorrido (delirando) comienza musicalmente con rigurosos compases de negra del bloque de madera (el motor del bólido) acompañados por el staccato de las trompetas, antes de que, a modo de guirnalda, los clarinetes cobren impulso y esta pulsación (que no el rugido de un motor) acabe contagiando al resto de la orquesta.
La amplia formación orquestal debe moverse con agilidad al compás de este rítmo riguroso. obliga incluso a los instrumentos graves (tuba, contrabajo, etc.) a bailar, en cierto modo, un buguibugui. Solo cuando el bloque de madera se detiene, la fanfarria de metales final puede desplegarse libre y triunfalmente, como un cohete que, por fin, se libera de la gravedad terrestre.
La genialidad de la obra reside en cómo Adams superpone capas rítmicas complejas y cambiantes sobre una base inquebrantable y metronómica. Para la orquesta dirigida por el maestro , fue una clase magistral de ingeniería de precisión, que exige una sincronización rítmica impecable por parte de cada intérprete. Y para el público, una breve y perfecta descarga inicial de adrenalina pura, antes de continuar el concierto con la Rapsodia sobre un tema de Paganini, op 43 para piano y orquesta, de Serguei Rachmaninov, con el solista Alexandre Kantorow.
Aquí el infinito universo sonoro dio un giro. Escrita en pocas semanas en 1934 por en su villa de Lucerna (Suiza), esta partitura consiste en una especie de pseudoconcierto para piano y orquesta basado en el diabólico y asombroso Capricho nº 24 de . Mas no se limitó esta tarde a tomarlo y utilizarlo para una demostración de virtuosismo.
El tema estuvo presente como un espectro a lo largo de la interpretación, algunas veces con claridad, otras evocadoramente. Lo que impresionó más de Kantorow fue el desenfado con el que lo dominó. Hasta en los pasajes en los que la digitación es prestissima la interpretación resultó clara y diáfana.
Rachmaninov concibe un guion musical sorprendente al combinar múltiples variaciones sobre el mismo con el aterrador tema del himno latino Dies Irae, que acecha a esta obra de principio a fin. Este motivo medieval fue entretejido por el compositor a lo largo de la pieza, entre otras, en las variaciones VII, X y XXIV, un símbolo que solía emplear para representar a la muerte y al destino.
La variación XVIII (Andante cantabile) es, con diferencia, la parte más famosa de la obra. Para ello, Rachmaninov invirtió literalmente el tema original de Paganini y creó una de las melodías del romanticismo tardío más conocidas de la historia de la música, que también se utiliza con frecuencia en obras cinematográficas. Nada se difuminó con el toque de Kantorow y cada línea mantuvo su rumbo.
La dirección de Honeck al frente de la Pittsburgh Symphony Orchestra fue precisa y contundente, tanto en esta Rapsodia de Rachmaninov, como en la Sinfonía nº 9 en mi menor op 95 Del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák que vino a continuación. Las aclamaciones fueron también rotundas y el solista las agradeció varias veces antes de sentarse nuevamente ante el Steinway D a interpretar Vers la flamme (op 72), de Alexander Scriabin, una de sus obras tardías más intensas y visionarias de la modernidad musical (una visión casi psicótica sobre el final apocalíptico de la humanidad).
América fue el punto de encuentro histórico no solo de Rachmaninov, tras la Revolución de Octubre, sino también de Dvořák y otros muchos compatriotas bohemios que antes habían huído de los conflictos bélicos interalemanes en el centro de Europa y buscaban su futuro en el Nuevo Mundo (entre ellos, el veinteañero Joseph Bulova, más tarde fundador de la célebre marca de relojes).
En la segunda parte de este concierto, la Pittsburgh Symphony Orchestra, bajo la dirección de Manfred Honeck, ofreció una interpretación enérgica y trepidante de la Novena sinfonía que Dvořák compuso en 1893 durante su estancia en Estados Unidos. Los espirituales afroamericanos y las melodías indígenas pudieron desplegarse plenamente en esta sensible interpretación. La estructura sonata de Beethoven resplandeció con gran riqueza de matices en el tema principal del primer movimiento, Allegro molto, interpretado con frescura natural.
Cuesta creer que todavía quede algo por ser descubierto en esta sinfonía Del Nuevo Mundo. A la frase inicial de las trompas, los clarinetes le dieron continuidad con una frase final que, a modo de vivaz polca bohemia, recordaba incluso a Franz . El saludo a la patria se hizo presente en tres ocasiones con alegres variaciones y ornamentaciones; a continuación, las flautas y los oboes entonaron de forma conmovedora el segundo tema.
El origen norteamericano de esta melodía quedó casi difuminado por la melancolía eslava y la monotonía ensoñadora que la acompañaban. Por el contrario, el tercer tema, que resonó de forma refrescante en la flauta, presentaba un carácter más alegre y enérgico. El desarrollo, la reanudación y la coda resultaron aquí decididamente triunfantes.
En esta ejecución también se interpretó de forma muy bella el segundo movimiento, un Largo, en el que destacó la melancólica leyenda de la vasta pradera norteamericana. La conocida melodía principal resplandeció con una magia atmosférica inolvidable. Tampoco pasó desapercibido el tono melancólico del corno inglés. La melodía de la flauta era anhelante, y en su crescendo se coló misteriosamente el eco de un espiritual negro.
El Scherzo comenzó con gran vigor, Molto vivace, donde la melodía, rítmicamente chispeante, se impuso de forma cautivadora. El salvaje zapateo de una danza resultó especialmente arrebatador. Y el tema de las maderas, alegre y basado en tríadas, fue un homenaje a Schubert; además, en la coda vertiginosa, el motivo del scherzo cedió casi por completo el protagonismo al tema principal del primer movimiento.
Tras una introducción apasionada y agitada, en el finale, Allegro con fuoco, se impuso el tema principal, enérgico y con un alegre toque de trompeta, que recordaba a Piotr . La melodía bohemia del segundo tema caló especialmente hondo. Las melodías de los cuatro movimientos resplandecieron de manera abrumadora en el desarrollo como voces de la patria.
Las ovaciones del público, puesto de nuevo espontáneamente de pie en la gran sala auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen, fueron tan impactantes que el maestro Honeck entregó por último dos bises con la Pittsburgh Symphony Orchestra: la Danza húngara nº 1, de Johannes , y el arreglo de la Letanía del Día de los Difuntos, de Franz , clausurando con gran éxito y reflexiva serenidad este excelente programa.
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