Discos

Beethoven, String Quartets, Vol. 1, Op. 18, 59, 95, 127, Doric String Quartet

Juan Carlos Tellechea
Beethoven String Quartets vol. 1
Beethoven, String Quartets, Vol. 1, Op. 18 Nos. 1 and 6, Op. 59 No. 1, Op. 95, Op. 127. Doric String Quartet: Alex Redington (violin), Ying Xue (violin), Hélène Clément (viola), y John Myerscough (cello). Dos discos de 80:45 grabados en el Potton Hall de Dunwich (Suffolk, Gran Bretaña) los días 14 a 16 de diciembre de 2021, los días 1 a 3 de febrero de 2023, y los días 6 y 7 de junio de 2023. Jonathan Cooper, ingeniero de sonido. Producción de Chandos Record Ltd., 2023. Chandos 20298
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Han hecho falta nada menos que tres álbumes del Doric String Quartet para recorrer la titánica obra que constituyen los cuartetos de Ludwig van Beethoven (sello Chandos Records, de Colchester, Essex, Inglaterra). Esta maravilla es un más que merecido homenaje al genial maestro universal de Bonn, de cuyo fallecimiento se conmemoran 200 años en 2027.

El Doric String Quartet se propuso el reto de grabar la integral en varias etapas, un comienzo prometedor, fresco y muy bien seleccionado que no sigue necesariamente un orden cronológico de las composiciones, sino que combina obras de diferentes períodos creativos según un esquema elegido por los cuatro músicos.

Dos caras de la misma moneda

En lugar de recorrer los 16 cuartetos por orden cronológico, ha optado por seleccionar cinco obras de sus períodos temprano, medio y tardío, de modo que a lo largo de este primer volumen el oyente recorre desde la primera y la última obra desde el op 18, pasando por el primer Rasumovsky y el Serioso, hasta el op 127, puerta de entrada a los cuartetos tardíos.

De este modo, la evolución de Beethoven queda resumida, en y a través de la forma, en un único programa, desde la forja de la voz individual del compositor en el cuarteto del op 18 -influenciado por Mozart y Haydn- la ampliación de la estructura y el contenido, así como posteriormente su consolidación y condensación en los op 59 y 95.

Estos son seguidos de la primera de las obras tardías, en las que Beethoven se desligó de cualquier tipo de vínculo con las costumbres y expectativas contemporáneas, y en las que la máxima seriedad y la máxima frivolidad irónica son dos caras de la misma moneda.

Éxito excepcional

El primer disco arranca con la op 18 nº 1, compuesta por un joven Beethoven hacia el año 1800. Es una obra impactante; un Allegro con brio de extremo virtuosismo sobre un mismo motivo, seguido de un Adagio affettuoso ed appassionato, inspirado en la escena de la tumba de Romeo y Julieta, que despliega una dulce lamentación, precursora de los grandes adagios beethovenianos, pero que contrasta con una segunda parte más vehemente en la que los músicos hacen gala de toda su combatividad. En el breve Scherzo no bajan el ritmo ni renuncian a una pizca de humor en el trío con contoneo. Al igual que en el fulgor de las ritornelas del final (Allegro), en el que brota el primer violín, seductor y radiante, de Alex Redington.

Estas interpretaciones de Beethoven, a la altura de las más grandes, son inteligentes, de sonido espontáneo y técnicamente impecables, y se vislumbra ya desde el primer volumen que no pasarán de moda en mucho tiempo. Esta audaz empresa la llevan a cabo con un éxito excepcional.

Alegría

Sigue a continuación entre los surcos 5 y 8 el Cuarteto op 18 nº 6. El Allegro con brio, una alegre obertura operística al estilo de Wolfgang Amadé Mozart, pero también desenfadada, siguiendo la estela de Joseph Haydn, es interpretado con maestría por estos cuatro guerreros.

El Doric String Quartet interpreta el tema ondulante del Adagio de forma serena y nada trágica. El Scherzo en plena ebullición, el más original del op 18, es impetuoso como un toque de fanfarria. El Trio lo realza con capricho. El final, la Malinconia exige ser interpretado con gran delicadeza.

Albores del XIX

Los cuatro lo ven como una añoranza; una queja como suspendida que adquiere un tono amargo que no tratan de eludir, gracias a un sonido de una intensidad inaudita, lo que confiere a esta obra un estatus que presagia las de otros períodos. A esta melancolía se contrapone una sección Allegretto en forma de danza vertiginosa. Ambas inspiraciones luchan entre sí y es la segunda la que se impone en una fulgurante coda llena de alegría.

Uno o dos momentos en los que se hace demasiado hincapié en la op 18 nº 1 resultan excesivos en ese instante -especialmente al repetirlos- y, sin embargo, el instinto musical de este nuevo ciclo es tan fuerte y sólido que esos pequeños baches en el camino se olvidan rápidamente. En cuanto a la paleta sonora, estas interpretaciones de la op 18 retoman el hilo dejado por el Doric String Quartet hace una década con la excelente serie de Haydn op 76 en los albores del siglo XIX (bajo el mismo sello Chandos Records).

Transparentes

La dilatada experiencia del Doric Quartet con el repertorio tanto temprano como tardío, plasmada en varias grabaciones para Chandos que han tenido una excelente acogida, les resulta de gran utilidad a la hora de abordar este hito del repertorio. La unanimidad del cuarteto en cuanto a enfoque y entonación es evidente, pero merece la pena destacar una vez más la innata cualidad conversacional de su maestría musical.

Verbigracia, la transición de la energía primaveral de las obras tempranas y de la etapa intermedia a la profunda introspección del Adagio del op 127 se aborda con una sorprendente maestría arquitectónica. El cuarteto antepone la templanza frente al dramatismo. En obras como el op 95 (Serioso), el grupo opta por una moderación musical muy acertada en lugar de un patetismo romántico exagerado y pesado, manteniendo las texturas incisivas pero transparentes.

Agudo

Los cuatro tocan como si lo hicieran los unos para los otros, más que para los micrófonos, respetando con acierto los numerosos pasajes en los que esta música se mantiene en piano, pianissimo o por debajo, de modo que los contrastes dinámicos repentinos, los punzantes sforzando y momentos como los estallidos ásperos del violonchelo en el movimiento inicial del op 59 nº 1 realmente calan con la inmediatez que tienen que tener.

Esta obra de 1806 es el manifiesto de la madurez estética de Beethoven, caracterizada sobre todo por la importancia del desarrollo. El Cuarteto se abre con un Allegro radiante, una evocación de la voluptuosa calidez de los jardines de Arcadia. Adquiere un carácter más firme, que los cuatro músicos transmiten con fuerza en los tresillos del primer violín y sus incursiones en el registro más agudo.

Dolor

Al Scherzo vivace, que anuncia a Gustav Mahler por sus modulaciones inesperadas, el Doric String Quartet lo dota de una espontaneidad sorprendente y de una energía trepidante en el desarrollo, a través del diálogo entre los violines I y II y las cuerdas graves. Y qué decir de la coda recapitulativa, de tal abundancia motívica.

El Adagio, capaz de conmover profundamente al oyente, resulta aquí tan bello que resulta imposible no sentirse conmovido por su sencillez: el primer tema, interpretado sotto voce por Redington con el discreto acompañamiento de los otros tres músicos, es de una profundidad conmovedora en su expresión de dolor.

Ritmos enérgicos

El discurso evoluciona en una tensión casi insoportable. El finale attaca rebosa de alegría velada por la melancolía en su tema de melodía rusa. También aquí se declina en múltiples combinaciones que mezclan vivacidad e imprevisto. El Doric String Quartet se deleita con sus salvajes oleadas de un notable brío instrumental.

Los reveladores toques de portamento personalizan aún más su interpretación, mientras que el carácter cantabile de su enfoque alcanza su máxima expresión en el rico y expansivo Adagio del op 127, para ser luego deliciosamente contrarrestado por los ritmos enérgicos del Scherzo que le sigue.

También hay momentos de ingenio; la forma en que el cuarteto sale del Scherzo es delicadamente teatral, como si los intérpretes echaran un último vistazo a través del telón antes de salir corriendo.

Grabación

Esta primera entrega supone un auspicioso comienzo de su viaje por Beethoven, que se distingue por la frescura siempre juvenil de su interpretación y por su habitual incapacidad para dar por sentada ninguna frase ni ninguna nota.

En todos los demás aspectos, este ciclo muestra un comienzo espléndido, con magníficos movimientos lentos, gran belleza en las partes solistas y un sentido del conjunto muy bien calibrado.

La captación de sonido realizada por el ingeniero Jonathan Cooper en el estudio  Potton Hall de Dunwich, Suffolk, ha dado prioridad a una imagen amplia que permite distinguir perfectamente cada una de las voces, saborear la interacción entre los instrumentistas, la multitud de acentos e indicaciones agógicas, la increíble variedad de matices, las diferencias de intensidad, desde el pianissimo más extremo hasta el forte más franco. La plasticidad de la reproducción sonora es ejemplar: un sonido cálido, refinado y natural. ¡Una maravilla!

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