La Filarmónica de Würth, bajo la égida de su director titular David Afkham, inauguró este sábado su décima temporada con la poderosa Obertura de Coriolano op 62, de Ludwig van Beethoven, sumándose a la inminente conmemoración del bicentenario de la muerte del genio universal de Bonn. El concierto tuvo lugar en la sala Reinhold Würth del Carmen Würth Forum, de excelente acústica y repleta de público, en la localidad de Künzelsau (Hohenlohe, Baden-Wurttemberg).
Con esta misma obra había comenzado su magnífica andadura hace una década (2017/2018) este colectivo musical, una de las pocas orquestas sinfónicas profesionales de Alemania financiadas con fondos privados.
El brillante programa de la Würth Philharmoniker incluyó el Concierto para violonchelo y orquesta en la menor op 129, con el solista Pablo Ferrández; y la Sinfonía nº 3 en fa mayor op 90, de Johannes Brahms.
De gran expresividad, la Obertura de Coriolano, cuyos dramáticos contrastes cautivaron de inmediato al auditorio, evoca oportunamente que, al igual que en su Obertura de Egmont, Beethoven aboga por héroes que a menudo se enfrentan solos a la adversidad, una constante en el compositor, siempre dispuesto a abrazar nobles causas.
Este Coriolano op 62 se estrenó en marzo de 1807 en el palacio Lobkowitz de Viena. Si bien Shakespeare es el autor de una obra titulada Coriolano, que narra la dramática vida de este general semilegendario romano vencedor de los volscos, Beethoven se inspiró para su obra en la tragedia escrita por el poeta (y jurista) Heinrich Joseph von Collin.
Von Collin, contemporáneo de Beethoven, este un año mayor que él, y reconocido como el sucesor natural del gran dramaturgo y vate Friedrich Schiller, no solo es el autor de este Coriolano, sino también de Regulus y de Polixena, entre otras piezas dramáticas.
Al violonchelo, Pablo Ferrández consigue interpretar la segunda obra de la velada, el Concierto en la menor de Schumann, con gran intensidad, manteniendo un toque ligero y libre de excesos. La obra consta de tres movimientos encadenados y ofrece al solista una vocalidad instrumental de lo más lograda.
Ello queda patente desde el primer movimiento (I. Nicht zu schnell), con un comienzo ensoñador del que destaca el canto melancólico del solista. Ferrández aprecia el tema inicial como si cada nota fuera preciosísima y su reaparición en el desarrollo suena casi ahogada por la emoción.
El compositor tituló su op 129, terminado en 1850, como Pieza de concierto con acompañamiento orquestal, que, tras ser reelaborado, se estrenó póstumamente en 1860.
Llamó la atención la profundidad e intensidad de la interpretación de Ferrández, que no decayó ni un instante a lo largo de la obra; algo que el tempo muy comedido impuesto por David Afkham hace aún más palpable; por los matices infinitesimales con los que salpica su interpretación, en todo el registro, especialmente en los graves. Director y solista se conocen desde hace años y su coordinación (casi a ciegas) es de absoluta precisión.
Esto va cobrando vida poco a poco en el desarrollo, a un tempo ágil, pero sin precipitación, rehusando el efectismo, porque el director vela por una legibilidad perfecta. El II. Langsam central que le sigue se vive como un Lied sin letra, al principio expansivo, muy comedido y de carácter camerístico, dejando a la sinuosa línea del violonchelo toda la libertad para expresarse, sobre un discreto contrapunto de la orquesta. El dúo de este movimiento lento está magníficamente ejecutado, con un rubato exquisito; el sonido combinado de los violonchelos parece envuelto en terciopelo.
En este sentido, la Würth Philharmoniker demuestra toda su magnificencia. La última parte, III. Sehr lebhaft, toma el relevo en un agradable contraste. Una vivacidad, aquí atenuada, se instala en un discurso en el que casi se aprecia el clasicismo, lejos de un romanticismo desenfrenado.
La dirección magníficamente controlada de David Afkham tiene mucho que ver en ello. La breve cadencia que se va introduciendo hacia el final es un instante de felicidad casi vocal. A lo largo de esta interpretación extremadamente reflexiva, muy alejada del brillo, los espectadores admiraron la magistral interpretación de Pablo Ferrández, quien superó con facilidad y luminosidad sus retos técnicos. El alud de ovaciones lo agradeció el solista con una reverente y fluída interpretación de El cant des ocells, himno a la paz y en homenaje a Pau Casals.
Afkham, uno de los directores más influyentes de su generación, y hasta comienzos de este año director de la Orquesta y Coro Nacionales de España, crea, junto con la Filarmónica de Würth, una impresionante experiencia concertística gracias a su nítida capacidad interpretativa y su intensidad musical.
La Sinfonía nº 3 op 90, en fa mayor (1883) de Brahms, presenta una estructura específica, con los movimientos extremos, de carácter vivaz, que enmarcan otros dos de tempo moderado, al estilo de un intermezzo. David Afkham ofreció una interpretación igualmente cuidada. Con gran brío, los tres acordes triunfales dan inicio al tema de bravura de las cuerdas. El compás favorece la expresividad en la contraposición entre los grandes clímax.
El Andante se interpreta de forma pastoral, sobre todo en el episodio meditativo central. El Poco allegretto, cercano a un scherzo y sobre todo al intermezzo, resulta elegíaco gracias a una articulación flexible. El finale ve el regreso del heroísmo del inicio de la obra, primero contenido y luego liberado, pero también aquí sin excesos, liberando las energías contenidas en los dos movimientos centrales. El continuo es irresistible, y es ahí donde la orquesta Würth Philharmoniker, bajo la égida de Afkham, demostró en esta maravillosa velada su perfección instrumental. El concierto concluyó entre aclamaciones del público.
Al día siguiente, la Filarmónica de Würth ofrecía un concierto lleno de grandeza musical en su debut en la Tonhalle de Zúrich (Suiza), bajo la dirección de Heiko Mathias Förster. El colectivo musical interpretaría un programa apasionante que combinaba el drama operístico, el virtuosismo romántico y la revolución sinfónica: la Obertura de Guillermo Tell, de Gioachino Rossini, el Concierto para piano nº 2 de Frédéric Chopin, con la solista Aleksandra Mikulska, y la Tercera Sinfonía (Heroica) de Beethoven.
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