El segundo volumen del ciclo de cuartetos para cuerda de Ludwig van Beethoven interpretado por el Doric String Quartet (sello Chandos Records, de Colchester, Essex, Inglaterra) -toda una joya- comienza con el op 18 nº 2, el de las reverencias, a imagen de su movimiento inicial (Allegro) de una elegancia muy mozartiana; para el oyente es como si se encontrara en la mejor de las compañías en este 270º aniversario del nacimiento y 235º del fallecimiento de Wolfgang Amadé Mozart.
La obra continúa con un segundo movimiento de forma tripartita (Adagio cantabile – Allegro – Tempo I), en el que Beethoven utiliza por primera vez una fórmula que alterna lento-rápido-lento y un cambio de tonalidad, todo ello interpretado con gran vivacidad por el celebrado cuarteto británico.
El toca el Scherzo. Allegro – Trio – Scherzo da capo siguiente, no muy alejado de un minueto de Joseph Haydn; es decir, lleno de ingenio, dotado de un trío original en el que pronuncia una disertación el violín de . El Allegro molto, quasi Presto final recupera la atmósfera del principio, pero con mayor libertad y un ritmo franco, sobre todo en el violonchelo de John . La sagaz interpretación del conjunto (con , en el segundo violín; y , en la viola) hace el resto.
El escucha recibe ejecuciones técnicamente pulidas y llenas de pasión; fiel resultado de la unanimidad interpretativa y de conjunto de estos músicos, el esmero puesto en la articulación, la dinámica y otros detalles musicales. Se advierte una meticulosidad en la distribución de las voces y su sincronización, así como un toque convincente y flexible, construido de forma intuitiva y disciplinada.
Este álbum de dos discos compactos continúa con el Cuarteto op 130, el decimotercero, de 1825, al que se añade el movimiento titulado Gran fuga, op 133, en una fiel adhesión a las anotaciones de Beethoven. En este recorrido radical, de una complejidad increíble y de lo más moderno, el Doric String Quartet destaca por su claridad y su agudeza instrumental. El monumento a las ideas antagónicas y a las combinaciones técnicas inéditas, consta de seis partes.
Desde el primer movimiento, dramático, y el trepidante scherzo, un tercer movimiento de estados de ánimo marcadamente contrastados, destaca la audacia de las ideas; desde la efusión hasta una carrera imparable, una sucesión de secuencias breves —algunas de ellas interrogativas— y de diálogos heroicos, con armonías de una modernidad sorprendente, incluso para los oídos de los oyentes del siglo XXI.
El Doric String Quartet interpreta el breve Presto de forma tumultuosa, a modo de ronda fantástica. El Andante con moto ma non troppo es a la vez humorístico y conmovedor, pero también rebosa colores misteriosos en la cantilena que introduce el primer violín. El Alla danza tedesca. Allegro assai, otro scherzo, redobla el humor; se trata de una danza sin pretensiones, que seduce de inmediato.
La Cavatina. Adagio molto espressivo, que fluye de forma suave, es una ardiente súplica, finamente entretejida por las cuatro voces, e interpretada con emoción por el cuarteto de músicos.
Estos concluyen la obra, no con el final que Beethoven adoptaría finalmente, sino con la pieza en la que había pensado inicialmente, la Gran Fuga op 133; algo así como un último desafío al mundo moderno, en una interpretación poderosamente intensa que preserva importantes vínculos temáticos e intersticiales con algunos de los movimientos anteriores.
El animado final (pista 11) en forma de rondó alternativo, con su característico tono desenfadado, se incluye como movimiento independiente. La grabación, clara, detallada y finamente equilibrada, realizada por el ingeniero de sonido Jonathan Cooper, en el estudio Potton Hall, de Dunwich, Suffolk, Inglaterra, es modélica.
El Doric String Quartet comienza el segundo disco compacto del álbum con el op 18 nº 5, sobrio pero vigoroso, en un nuevo homenaje a Mozart y su Cuarteto K. 464. El Allegro fluye con naturalidad bajo el arco de Redington (los miembros del Doric String Quartet interpretan los cuartetos 1 y 5 del op 18, utilizando un juego de arcos clásicos de Luis Emilio Rodríguez Carrington).
Los músicos adoptan trazos ligeros y nítidamente articulados, especialmente en el Scherzo y en el desarrollo del Allegro inicial del nº 2, así como en los movimientos extremos y en el Menuetto del nº 5. Este suena amable y soñador, tierno y reflexivo. Continuando el esquema de tema y variaciones, el Andante cantabile entrelaza una sucesión de fragmentos (Variaciones I - V), cada uno con su propia individualidad, a partir de un tema concebido como una pura construcción armónica. Entre ellos, el cuarto, susurrado, o el quinto, que anuncia con su aliento el Cuarteto La joven y la muerte de Franz Schubert.
El disco compacto concluye con el Cuarteto op 59 nº 2 en mi menor de Beethoven, el segundo prusiano, cuyo primer primer movimiento (Allegro) se beneficia de un rubato eficaz y de un intercambio poco habitual.
La obra se oye aquí con gran virtuosismo, delicadeza y cohesión; es la de un Beethoven que ha madurado. El Doric String Quartet articula con extrema precisión los acentos y las intensificaciones comunes, y las partes se equilibran con tino.
Mas el núcleo de la obra es el solemne Molto adagio, a modo de himno, en el que el violín de Alex Redington se eleva con gracia por encima del expresivo material melódico asignado a sus compañeros; el arte del cuarteto de cuerda al más alto nivel en la comunicación de la música de cámara.
Los constantes cambios en la expresión y la iluminación marcan el desarrollo de la obra. Otros aspectos destacables son el tratamiento fugal del Thème russe en el trío del Allegretto y el bullicioso final, que avanza con la fuerza de un viento arrachado hasta alcanzar, por último, la descomunal energía de un tornado. ¡Vaya cierre tan bien elegido para un álbum que es una auténtica delicia!
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