España - Galicia

La orquesta al desnudo

Alfredo López-Vivié Palencia
Katrin Wundsam
Katrin Wundsam © 2022 by OPR
Santiago de Compostela, jueves, 1 de octubre de 2026.
Auditorio de Galicia. Katrin Wundsam, mezzosoprano. Real Filharmonía de Galicia. Baldur Brönnimann, director. Luciano Berio: Folk Songs; Gustav Mahler: Sinfonía nº 4 en Sol mayor. Ocupación: 80%
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En la historia de la música hay muchos compositores que también son orquestadores grandes. Entre ellos pueden distinguirse dos grupos: los que han destacado en el arte de la orquestación basada en el apabullamiento sonoro, en la orquestación “pesada” (que no es lo mismo que “cargante”), como Héctor Berlioz, Richard Strauss o Nikolai Rimski-Korsakov; y los que han preferido la orquestación igual de brillante pero más fina y transparente, como Gustav Mahler o Luciano Berio, a quienes ha dedicado la Real Filharmonía de Galicia su concierto de inauguración de la temporada 2026/2027.

Nunca había escuchado en vivo las Folk Songs de Berio, ni en su versión original de cámara de 1946 ni en esta versión con orquesta de 1973. Son once breves canciones inspiradas en el folclore norteamericano, francés, italiano, armenio y azerí. El mérito de Berio estriba tanto en la concentración del canto –las canciones populares son por naturaleza repetitivas, de modo que puede permitirse presentarlas con la concisión justa para que quepa una introducción y una conclusión instrumental-, como en la discreta y efectiva orquestación que las acompaña –unos pizzicati con toques de arpa o un suave pedal armónico de los clarinetes son recursos infalibles-.

La interpretación me encantó. La mezzo austríaca Katryn Wundsam tiene una voz de color precioso, poderosa en el centro aunque algo débil en el registro grave, y cantó con elegancia acertando a transmitir el ambiente local de cada una de las canciones: desde el aire nostálgico de la primera (“Black is the colour”) hasta el controlado desenfreno de la última (“Azerbaijan love song”). El milagro estuvo en la profesionalidad de la orquesta, que intervino siempre bajo su propia responsabilidad, porque Baldur Brönnimann dedicó esos veintipocos minutos simplemente a pasar las hojas de la partitura hacia adelante… y hacia atrás.

Por el contrario, Brönnimann demostró que había ensayado a conciencia la Cuarta Sinfonía de Mahler. Esta obra se encuentra al límite de las posibilidades de una orquesta con la plantilla de la Real Filharmonía, aunque a estas alturas todos sabemos de la querencia de su titular artístico por las piezas que se salen del repertorio natural de la formación. Lo cierto es que casi siempre se sale con la suya, recurriendo a aplacar metales y percusión para que no tapen a la cuerda; a costa, claro, de restar espectáculo sonoro a lo que sea que se toque.

Hoy no fue la excepción, con la ventaja de que esta sinfonía no contiene apenas pasajes con muchos decibelios. Al revés: Mahler deja aquí a la orquesta completamente expuesta –en conjunto y sobre todo en intervenciones solistas de todas sus secciones-, de modo que Brönnimann esta noche no tuvo que aplicar su segundo recurso para dar estas piezas: pisar el acelerador. Los tiempos fueron los adecuados en cada uno de los cuatro movimientos, lo cual ampliaba el plazo para que sonasen con claridad esos múltiples momentos de desnudez instrumental.

Y claridad hubo, faltaría más, y cada primer atril (y el segundo y el tercero) cumplió con competencia su cometido. Lo que faltó fue ese “algo más” que debe conducir la interpretación de esta obra a una ensoñación casi permanente. Brönnimann dirigió con precisión, pero también con frialdad: por muy lento y bien empastado que se toque el tercer movimiento, eso no garantiza llevar al público hasta las nubes (que es lo obligado aquí), por no hablar de la desnudez –esta vez irremediablemente impúdica- de los pasajes de los violonchelos en divisi porque sólo había seis instrumentistas al cargo.

Esa misma frialdad llegó al seráfico Finale, que sonó demasiado terrenal. Tampoco ayudó la intervención de Wundsam, más apegada a la letra que al espíritu de su canto. Particularmente en la penúltima estrofa “Kein Musik ist ja nicht auf Erden”, la cantante debería frasear regodeándose en la santa inocencia de ese momento; pero Wundsam no supo aprovecharlo. 

El público, que falló en número pero no en actitud –escucha silente y atenta- ni en entusiasmo –ovaciones al final de cada pieza, y también alguna a destiempo (pecado venial), reconoció el trabajo de quienes estaban en el escenario. Sin desmerecer a los demás –empezando por la impecable intervención del concertino James Dahlgren y su ayuda Adriana Winkler-, el respetable premió sobre todo –y con razón, porque su instrumento es el que más arriesga tocando al desnudo- al primer trompa Jordi Ortega. Por mi parte extiendo la felicitación a quien decidió –felizmente sin referéndum- que esta temporada los conciertos comenzaran a las ocho de la tarde: ya era hora. 

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