Marie-Ève Signeyrole, ha logrado desatar una agitada polémica con su versión muy fresca y actual, nada ortodoxa, de El caballero de la rosa, de Richard Strauss, con libreto en alemán de Hugo von Hofmannsthal, interpretada por la Gürzenich-Orchester Köln, bajo la égida de Andrés Orozco-Estrada, estrenada por todo lo alto en la reinaugurada Ópera de Colonia.
Musical, vocal e histriónicamente la nueva producción es todo un triunfo; escénicamente, en cambio, ha dividido al público y la crítica, a pesar de que la realidad del me too y de la ira contra todo lo relativo a la diversidad sexual, LGBTIQ (nada nuevo bajo el sol), es tan evidente hoy en día que rompe los ojos al más incauto. Hasta las más elevadas instancias religiosas cristianas reconocen ahora (¡por fin!) los abusos (dizque espirituales) que cometieron y ... quizá sigan cometiendo.
Signeyrole, quien dirige internacionalmente teatro, óperas y películas, apela una vez más al manido recurso del rodaje en un plató de cine para aportar una mirada refrescante a la famosa obra maestra de Strauss y Hofmannsthal, inspirándose, en parte, en los abyectos acosos y violaciones del convicto ex productor de Hollywood Harvey Weinstein.
La Ópera de Colonia reabrió sus puertas el pasado 24 de septiembre con una función de gala a la que acudieron más de 1250 invitados especiales, tras 14 años de obras de remozamiento, sin haber podido superar del todo algunos de sus problemas de tecnología escénica que, de todos modos, pasaron desapercibidos esta tarde para el más de un millar de espectadores que colmaba la sala.
La presente versión de la ópera El caballero de la rosa traslada al público al dormitorio (escenografía Fabien Teigné) de una princesa, en plena conversación íntima con su joven amante (espléndido vestuario Yashi). Inspirándose en la tragedia clásica Electra, Richard Strauss y el poeta Hugo von Hofmannsthal concibieron algo completamente nuevo: una comedia musical.
Alegre, ligera y elegante, conciliadora, pero a la vez profunda en sus sentimientos y pensamientos, esta ópera, hablada con burlesco acento austríaco, está imbuída de una melancólica serenidad. El primero de sus tres actos adolece más de este sentimiento; los dos siguientes tienen más animación y acción.
Así crearon sus autores el famoso personaje de la Mariscala de campo, la princesa Werdenberg (Magdalena Hinterdobler), que no en vano lleva el nombre de Marie-Therèse, y le otorgaron el papel protagonista en la obra, estrenada en 1911.
Solo la Mariscala sabe que todo está sujeto al tiempo y a la fugacidad, como ella misma expresa en escena:
El tiempo es algo extraño. Cuando uno vive así, no es absolutamente nada. Pero, de repente, no se siente nada más que a él. Está a nuestro alrededor, y también dentro de nosotros.
Ni Octavio (Bianca Andrew), el joven amante que pronto será cosa del pasado, puede seguir este razonamiento, ni el tosco primo, el barón Ochs (Patrick Zielke), cuya despiadada intentona de casarse con la joven Sofía (Giulia Montanari) frustra con maestría la Mariscala mediante una intriga.
Esta ocurre en el segundo acto cuando ella misma teje, a la vista de todos, la manipulación que deja a Ochs sin fuerzas o, en este caso, que desenmascara al susodicho productor cinematográfico.
Signeyrole tiene una mirada implacable, a Ochs no le da ni una pizca de dignidad ni de carisma y le denuncia como un tipo agresivo y desagradable, tal como el baboso Weinstein.
Que la escena de la taberna carezca por completo de ligereza cómica es lo de menos. Al menos, las tres mujeres se salen un par de veces del papel de esta fallida adaptación cinematográfica para adentrarse en el de la ópera; por suerte, también durante el monólogo de la Mariscala y en el trío del tercer acto.
Es entonces cuando resplandece por fin la felicidad de El caballero de la rosa, de la que, por lo demás, en esta versión se priva a los más fanáticos durante largos tramos.
Strauss convierte a Octavio en uno de los protagonistas de esta trama: no solo, como caballero de la rosa, entrega a Sofía la ceremonial propuesta de matrimonio, sino que, también como la doncella Mariandl, enloquece al barón.
Para los más ortodoxos resulta escandalosa esta metáfora forzada con la que la entrega de la rosa de plata se convierte en una entrega de premios (comprada).
Dado que Strauss escribió el rol de Octavio como un papel en pantalones para mezzosoprano, el público asiste aquí a una representación en la que una mujer interpreta a un hombre que, a su vez, interpreta a una mujer.
Strauss y Hofmannsthal hacen aquí una referencia muy explícita a Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadé Mozart y despliegan, a principios del siglo XX, un impresionante panorama de la vida y el alma en un siglo XVIII imaginario, con un lenguaje artístico y efectos sonoros cautivadores propios de la magistral modernidad straussiana.
Incluso los valses encajan a la perfección, aunque no pertenezcan en absoluto a la época descrita. Así se desplazan los planos temporales en esta ópera, como encantada, al narrar que, si bien nada puede retenerse, quizá todo pueda encaminarse hacia el bien y el amor entre los Hombres.
Marie-Ève Signeyrole muestra en la pantalla de vídeo al fondo del escenario detalles de las relaciones amorosas entre las mujeres que aportan subyugante encanto y poesía a la puesta, aunque su imagen ampliada distraiga un poco la atención de la platea sobre los protagonistas.
Para quienes prefieren ver una versión clásica y hasta histórica de esta ópera, tal como se estrenara en la Ópera Real de Dresde (hoy Semper Oper) o como se la representa tradicionalmente en Viena, hay aquí demasiado activismo (escenas explícitas) en vano e interpretaciones superficiales y de mal gusto.
El reparto es magnífico. Magdalena Hinterdobler es una excelente Mariscala. Mas a los amantes de toda la vida de El caballero de la rosa les puede parecer imperdonable que no quede prácticamente nada del aura y de la sabiduría vital y amorosa de esta figura.
Bianca Andrew interpreta a un delicado Octavio y convence con su personaje. Mas esta puesta en escena no explota en su totalidad las inmensas posibilidades histriónicas de ambas cantantes en sus respectivos papeles.
Giulia Montanari, en su delicada Sofía, queda algo ahogada por los demás intérpretes, pero en las contadas ocasiones en las que logra zafar de esta situación, lo hace con brillante fulgor.
Patrick Zielke hace un muy buen barón Ochs, tanto con su voz como con su gestualidad; la exageración que le exige la dirección escénica hace más repugnante aún a su personaje. Impresiona verle cómo se entrega a fondo con fuerza vocal y pura energía física y se revela, en el sentido más literal de la palabra, como un canalla.
Christian Miedl, es un sólido nuevo rico Herr von Faninal (padre de Sofía). Dalia Schaechter y Martin Koch, ambos del elenco estable de la Ópera de Colonia, encarnan a una astuta y armoniosa pareja de intrigantes italianos (para más inri).
La brillante dirección de Andres Orozco-Estrada al frente de la Gürzenich-Orchester Köln entregó en primera instancia una interpretación de la música de Richard Strauss más acorde con lo que ocurría durante el referido rodaje cinematográfico (y no tanto con el pretendido esplendor vienés), hasta que encontró el justo equilibrio entre el foso y el escenario.
Impactantes fueron también las intervenciones del Coro de la Ópera de Colonia, preparado por Rustam Samedov, así como del Coro infantil (Niños y niñas) de la Coral de la Catedral de Colonia.
Las ovaciones y aclamaciones de la platea no se hicieron esperar cuando la música se iba diluyendo al término del tercer y último acto. Los espectadores aprobaron así la reapertura de esta querida casa de ópera, que ahora vuelve a brillar en todo su esplendor. Los abucheos -nunca se libra de ellos el estreno de una nueva producción (parecen de alquiler)- fueron más bien dirigidos (injustamente) a la dirección escénica y a su equipo; no a los músicos ni a los solistas ni a los coralistas.
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