España - Cataluña

Un protagonista singular en el concierto inaugural de la OBC

Andreu Ripol
Robert Gerhard
Robert Gerhard © Dominio público
Barcelona, viernes, 2 de octubre de 2026.
Auditori de Barcelona. Robert Gerhard: Concertino para orquesta de cuerda. Frédéric Chopin: Concierto para piano y orquesta n.º 2 Op. 21. Ludwig Van Beethoven: Sinfonía n.º 7 Op. 92. Jan Lisiecki, piano. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya. Ludovic Morlot, director.
0,0003544

El programa propuesto para el primer concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya en el Auditori ha sido de aquellos que aseguran el éxito general. Dos compositores que no necesitan la más mínima presentación y dos obras de repertorio, románticas y brillantes. Nada mejor para comenzar la temporada 2026-2027.

De todos modos, mi intención es comenzar hablando de una tercera obra, la de apertura, ese habitual entrante que prepara el camino hacia los platos principales, y que muchas veces posee un protagonismo casi tan grande como los propios platos principales. Así ha sido en esta ocasión, aún tratándose de una obra casi desconocida y de un compositor que, probablemente, ha aparecido como inesperado para la mayoría del público, y se ha retirado del escenario dejando un muy buen sabor de boca al mencionado respetable. Sin duda, un protagonista singular cuya presencia ha tenido su razón de ser.

Y es que, al honor que se ha concedido a Robert Gerhard de ser el primerísimo protagonista musical de la temporada, se le puede encontrar una, o varias explicaciones. En primer lugar, hay que recordar que, aunque sus apellidos no lo testifiquen, se trata de un compositor catalán (quizás el más significativo del siglo XX), y hasta ahora, por desgracia, poco profeta en su tierra.

Durante este primer trimestre de la temporada, el Auditori de Barcelona pondrá especial atención en la reivindicación de este músico quasi maldito con una bienal que incluirá diferentes conciertos, conferencias y presentaciones en los distintos espacios musicales y culturales que conforman el recinto del auditorio, y que tiene prevista su culminación a finales de noviembre con la programación de la Sinfonía n.º 4 “New York” por la OBC bajo la dirección del maestro Edmon Colomer.

El Concertino para cuerdas, que nos ha sugerido mucho más que el sabor agradable de un entrante de menú, forma parte de este esfuerzo por engrandecer la figura de Gerhard en su propia tierra y hacer difusión efectiva de su música. En esta velada hemos conocido la mayoría de nosotros una obra dotada de una fuerte personalidad, estrenada en la Barcelona de hace casi cien años, e implicada en los profundos cambios estéticos del momento y en el intento de introducir un deseo de modernidad en el todavía encorsetado panorama musical catalán.

Gerhard había vivido una larga experiencia de aprendizaje con Schoenberg, pero no había olvidado en absoluto las fuentes de su primer maestro, el compositor y musicólogo catalán Felip Pedrell. Ahí está el producto de esta doble relación. El Concertino posee una clara influencia schoenbergiana, de las Sinfonías de cámara y de La noche transfigurada, pero también se aprecian en él destellos de la música tradicional, e incluso, si me apuran, por el uso rítmico e incisivo de las cuerdas, un cierto aroma bartokiano. El Andante espressivo e con moto es una página conmovedora, densa y profunda, y ha servido para mostrar el altísimo nivel de la sección de cuerdas de la OBC.

Cambiamos de época y de música, y nos situamos ante las dos “obras estrella” de la  noche. Es evidente que Chopin y Beethoven no son entre sí como dos gotas de agua, ya no digamos en el ámbito orquestal, donde la presencia del polaco es prácticamente testimonial, sino tampoco en su concepción de la música pianística. Ambos son dos genios del piano, pero con estilos y conceptos del todo diferentes.

Sin embargo, hay una característica que ambos compositores poseen, esto es, una nobleza de espíritu que se plasma siempre en sus obras. Nada tienen en común el primer movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven y el Larghetto del Concierto para piano Op. 21 de Chopin, si no es justamente esa nobleza que, en Beethoven, se despliega sobre todo, en el tema principal del Vivace, por encima de sus precipitaciones torrenciales, mientras que en el concierto chopiniano supone una presencia continua a lo largo de la obra, en especial, como se dijo, en el movimiento lento, más allá de su risueño virtuosismo e incluso de su poesía.

Se ha percibido en la interpretación de ambas obras esta nobleza de espíritu que en ellas se encierra. En una obra como la de Beethoven es difícil sentirla, bajo el apabullante torbellino rítmico que domina la obra, y más aún en el primer movimiento, mientras que en el Allegretto es más fácil dar con ella, aunque, para mí, este movimiento, más que noble, es, ante todo, puro sentimiento.

La orquesta barcelonesa ha desplegado todo su potencial bajo la experta batuta de Ludovic Morlot, quien ya lleva cuatro temporadas como director titular de la formación, y su compenetración con ella es total y absoluta, lo que, unido a la técnica y profundidad artística de nuestro hombre, hace que los resultados sean cada vez más sobresalientes. Incluso en el orgiástico final, magnífico pero agotador para todo el mundo (orquesta, director y público), Morlot ha sabido imprimir a sus músicos, de la mejor manera posible, el espíritu noble y magnánimo que nunca abandona a Beethoven.

Dejamos para el final los elogios para el joven virtuoso canadiense Jan Lisiecki, uno de los más dotados pianistas de su generación, que, una vez más, ha demostrado ser chopiniano hasta la médula, como ya se percibía cuando fue fichado por la discográfica Deutsche Grammophon cuando tenía tan solo quince años.

Habiendo dejado atrás, desde hace tiempo, su etapa de niño prodigio, hoy, superando la barrera de los treinta, exprime una madurez y una sensibilidad intachables. Su lectura se ha movido en un equilibrio perfecto ente la delicadeza clásica y el entusiasmo romántico. Toda la obra ha resultado magnífica, pero me permito remarcar de nuevo el Larghetto que, surgiendo de sus dedos, nos ha inundado de emoción.

En respuesta a los aplausos de un público que llenaba el auditorio hasta la bandera, Lisiecki no se ha querido alejar de la más pura nobleza pianística, ofreciendo como propina el conocido Vals Op. 39 n.º 15 de Brahms.                                

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.
🎂 Mundoclasico.com cumple 30 años el 1 de mayo de 2026

Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.

Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.

🙌 Registrarse ahora