Das Wunder der Heliane (El milagro de Heliane), obra maestra muy poco representada de Erich Wolfgang Korngold, con libreto en alemán de Hans Müller-Einigen, basada en el drama de Hans Kaltneker Die Heilige. Ein Mysterium für Musik (La santa. Un misterio para la música), es una pieza monumental que requiere una gran orquesta, órgano y un gran coro, además de papeles protagonistas exigentísimos.
Una nueva y esplendorosa producción de esta ópera fue estrenada entre aclamaciones del público esta tarde en el Aalto-Theater de Essen, con régie de la laureada Elisabeth Stöppler (Premio Fausto 2019) y dirección musical de Andrea Sanguineti. El olvido casi total de El milagro de Heliane hasta comienzos de la década de 1980 solo es justificable por los enormes recursos artísticos y humanos que demanda.
Heliane (Astrid Kessler) confiesa que estuvo con el misterioso forastero (Tilmann Unger) en el calabozo y que se desnudó ante él. Su marido (Heiko Trinsinger), el rey de un país sin alegría, y sus jueces quieren condenarla a muerte por ello. Sin embargo, el primero en morir será el forastero mesiánico; y resucitará.
A continuación, el rey quiere matar a tiros a su mujer, pero le tiembla la mano y fracasa en su intento. Tras ser condenada a la pena máxima, ella rompe las fronteras entre la vida y la muerte y termina sobreviviendo en un reino de alegría y luminosidad. El ambiente en El milagro de Heliane es decididamente creyente en un Dios todopoderoso, creador del universo, aunque sin profesar ninguna religión en particular.
En el centro de la obra se encuentra Heliane, un personaje femenino inusual y polifacético, situada a caballo entre la femme fatale, María Magdalena y una niña-mujer, que representa una gran empatía y humanidad en un mundo en el que ambas virtudes han desaparecido.
compuso una música caracterizada por su desbordante riqueza, belleza e intensidad, que recurre al gran aparato orquestal (95 instrumentistas) del romanticismo tardío.
sitúa la ópera en un mundo distópico en el que los elementos vitales, la luz y el agua, están prácticamente agotados. Solo Heliane y el extraño son capaces de esbozar una visión de utopía y esperanza.
En la escena del primer acto en la que Heliane se encuentra frente al forastero en la mazmorra, la soprano aparece, de hecho, completamente desnuda en el enorme escenario del ; algo que resulta totalmente natural, puro e inocente, igual que el amor de Heliane por el extraño al que su marido mandó encarcelar por ser joven y foráneo (cualquier semejanza con cierta realidad muy conocida no es puramente casual).
Incluso en esta delicada escena, la régie de Elisabeth Stöppler consigue guiar con sensibilidad a sus protagonistas por el gran escenario, como si no hubiera nada más natural que el hecho de que una reina se desnude ante un misterioso preso.
Katja Haß (escenografía) ha diseñado para ello un ámbito subterráneo (algo así como un búnquer o un lugar del inframundo postapocalíptico) con paneles de un blanco impoluto, un lavabo con grifo y agua corriente, así como una escalera que deja entrar la evocadora luz de Ulrich Eh (iluminación). Todo transcurre en este recinto, un mundo pleno de coacción y estrechez, en el que solo al final se da paso a una nueva vida para Heliane y el desconocido.
El rey sin escrúpulos se ha dado cuenta demasiado tarde de su amor por Heliane y está tan destrozado como la traicionera mensajera (Bettina Ranch), cuyo objetivo primordial era llevar a Heliane a la hoguera.
Bajo la égida de , la orquesta Essener Philharmoniker toca con una precisión y una riqueza de matices impresionantes, dando vida a la cautivadora y transgresora obra del célebre compositor.
Así se logra la proeza de hacer que la refinada partitura sobreinstrumentada de Korngold resulte transparente. Hay numerosas referencias a su exitosa ópera Die tote Stadt (La ciudad muerta), así como al sonido panorámico, que ya en 1927 anticipaba aquella música de cine de Hollywood que compondría más tarde durante su exilio en Estados Unidos y que le valió dos premios Oscar (por Anthony Adverse, de 1936, y Las aventuras de Robin Hood, de 1938). Es una partitura a veces grandilocuente, otras veces tierna y melancólica, embriagadoramente desinhibida y, sin embargo, claramente perceptible en su estructura musical.
Con la soprano Astrid Kessler y el tenor , Elisabeth Stöppler cuenta con el reparto ideal para el forastero mesiánico y la asombrada y creyente Heliane; segura en los agudos y expresiva, impresionante por su puro volumen, pero también capaz de confiar en los tonos suaves. También sus contrapartidas, Heiko como el rey y como la mensajera astuta y rencorosa, están a la altura de sus papeles.
El papel del Portero también está magníficamente interpretado por Almas Svilpa; el verdugo, encarnado por Aljoscha Lennert, canta con un tenor radiante y completa un excelente elenco que, además, destaca en su conjunto por una notable claridad en la pronunciación del texto.
Al aparecer las voces seráficas (Idil Kutay/KS. Christina Clark / Mercy Malieloa / Tamina Biber), el espectador queda inmerso junto con los protagonistas en un mundo brutal. En medio de una épica de ciencia ficción oscura, con una sociedad distópica sustentada en la ritualización religiosa y en roles claramente definidos, el público es testigo además de la ruptura del sistema.
El coro de ópera del Aalto-Theater, preparado por Bernhard Schneider, cumple con su cometido de forma sólida y convence con un sonido potente y homogéneo. Su presencia y actuación a lo largo de los 40 minutos del tercer acto fue contundente.
El mensaje final a la humanidad es el de que el amor lo puede todo. Las resonantes carcajadas de coralistas y protagonistas al término de la última escena representan la redención, la caída del tenebroso dominio tiránico (del que eran todos prisioneros), el canto a la libertad absoluta y a la tan añorada gran felicidad, que se hace por fin realidad.
Esta tarde no se puede hablar en absoluto de austeridad en los medios, y precisamente por ello El milagro de Heliane de Korngold fue muy bien recibida por el público, que se puso espontáneamente de pie para ovacionarla y vivarla, en la enorme sala del Aalto Theater de Essen.
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