No es por pedantería, pero al promediar la representación se me vino de mis años de estudios latinos la famosa frase de Horacio en su Ars poética: ‘quandoque bonus dormitat Homerus’ (no hace falta traducción, creo, pero de todos modos: ‘y de vez en cuando el buen Homero dormita’, cuando decía que incluso un gran autor da cabezadas y algún momento no es tan bueno como suele).
No sé si esta pobre ópera será, como dicen que dijo su autor, ‘proprio brutta’ (‘fea sin apelaciones’), aunque para los niveles habituales de Verdi tal vez sí. Pero no tanto en sus famosos primeros ‘años de galera’, cuando escribía contra reloj, con o sin inspiración, luchando con libretos, libretistas, teatros, censura y cantantes y con sus famosos problemas digestivos.
De todos modos, para mí fue posible verla por primera vez en mi ya larga -¿demasiado?- asistencia a espectáculos líricos en el vasto mundo, y eso es de agradecer de veras. Mérito del Festival Verdi que ya se ha ocupado un par de veces de ella y ahora ha vuelto a hacerlo en la que quizás sea, atento a la lectura de repartos anteriores, la mejor de las representaciones recientes en la región.
¿Porque si no en un Festival o situación ‘excepcional’, dónde? Alzira no puede aspirar a entrar en el repertorio corriente de los teatros, aunque tal vez en el mismo existan obras de su mismo o peor nivel, pasadas o presentes. El último gran intento en Italia fue en Roma en 1967 con Zeani, Cecchele y MacNeil (que tuvo una actuación extraordinaria: existe o existía la grabación ‘pirata’ como se llamaba entonces, ‘live’ diríamos hoy que somos tan eufemistas) dirigidos por Capuana. Fue un acontecimiento y un éxito, pero quedó sin continuación. Y se entiende.
Ya la obertura, brevísima para ser tal, empieza de forma interesante para deslizarse en la banalidad. Coros y marchas aunque tienen su eficacia no sobrepasan la medianía. Las arias no son memorables, aunque sean bonitas (en particular las del barítono, cuerda como siempre premiada por el autor). Lo más grave es que la acción dramática fluye muy irregularmente. Claro que dar cabezadas no es lo mismo que dormir todo el tiempo, y -aunque tarde para salvar toda la ópera- las dos escenas finales (Zamoro liberado que corre a vengarse y Gusmano que cayendo asesinado perdona y lleva a un final feliz) merecen la pena y cuánto.
La pena es que la inquietud de Verdi por disponer de la famosa Tadolini no parece siempre justificada: la protagonista no tiene rasgos que la hagan de veras tal. Por supuesto que si contaba con ella y los no menos famosos Fraschini y Coletti los tuvo presentes y entonces el otro problema que presenta la obra es que sin auténticas primerísimas figuras el efecto supuesto no se produce. Es raro que la única aria que sirve de presentación a la princesa inca tenga una breve introducción orquestal fantástica y luego aria y cabaletta no parezcan fuera de lo común (si se compara con la Giovanna d’Arco escrita para la Frezzolini uno se queda perplejo).
Aquí el elenco reunido parece, por lo que se recoge de las anteriores representaciones en Parma, el más equilibrado y en conjunto el mejor de todos. Tal vez quien dio una visión más exacta de su personaje fue el tenor Antonio Poli, de bellos medios, buena técnica y fraseo convincente.
Marta Torbidoni, un nombre en ascenso, cuenta con un órgano vocal considerable, pero de color más bien oscuro y metálico en especial en el agudo, con un grave poco grato y bastante escaso. Sus mejores armas no parecen las messe di voce o el canto piano. El papel no parece insistir mucho en las agilidades, pero las que hay no deslumbran.
Daniel Luis de Vicente presenta también una voz generosa, de buen color, pero tiende al canto en forte y a un fraseo monótono (un tanto menos en su gran escena final).
Muy bien el bajo Alessio Cacciamani (el padre de Gusmano) en lo vocal, aunque obligado a actuar tontamente durante la obertura. El padre de Alzira tuvo menos suerte (Agostino Subacchi), y en roles claramente comprimarios llamaron la atención la mezzo Erica Cortese (Zuma, la confidente de Alzira) y el tenor Long Ning (Otumbo, el segundo de Zamoro). Completó el reparto Federico Bonghi en Ovando, noble español.
El coro del Teatro, como siempre muy bien preparado por Martino Faggiani, se lució en sus intervenciones. La orquesta Toscanini estuvo también en una muy buena noche técnicamente y la dirección de James Conlon fue válida, y de lo que recuerdo de sus interpretaciones de Verdi en París ésta fue claramente la mejor, con tiempos y dinámicas adecuadas, buen equilibrio con el escenario y atención a los cantantes.
Todos fueron muy aplaudidos por el numeroso público presente.
Ah, se me olvidaba el nuevo espectáculo que para el Festival preparó Manuel Renga, con una coreografía bastante infumable y una pareja inca de ancianos con una niña que daban vueltas por ahí. Trajes un tanto incoherentes entre el período histórico de la conquista de América (españoles) y de época indefinida (pero más de bandoleros latinoamericanos de siglos posteriores; el último de Alzira, ataviada como esposa, la hacía parecer una Virgen mexicana del XVIII). Luces ‘normales’ y de actuaciones no se puede hablar, aunque la ‘ilustración’ de la obertura con la captura de Alvaro (a la que se alude brevemente en la obra, pero que no se ve) dista mucho de lo ideal.
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