Alemania

Diversos caminos estéticos

Juan Carlos Tellechea
Collaku baila Forsythe, In the Middle, Somewhat Elevated
Collaku baila Forsythe, In the Middle, Somewhat Elevated © 2026 by Altin Kaftira
Düsseldorf, viernes, 30 de octubre de 2026.
Gran sala de la Ópera de Düsseldorf. Ballett am Rhein. Velada de ballet Forsythe / Eyal. William Forsythe, In the Middle, Somewhat Elevated, con música de Thom Willems (estreno, 30 de mayo de 1987, en el Palais Garnier por el Ballet de la Ópera de París). Sharon Eyal, Strong, con música de Ori Lichtik (estreno, 8 de diciembre de 2019, en la Staatsoper Unter den Linden por el Staatsballett Berlin). Dramaturgia Julia Schinke.
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El éxito o el fracaso de una velada de ballet radica en su dramaturgia. Cuando en lugar de una obra que ocupe toda la tarde se agrupan dos o más producciones de corta duración, el resultado puede parecer una sucesión revisteril de números y quizá resultar arbitrario o aburrido. En Forsythe/Eyal, dos grandes nombres en la velada del Ballett am Rhein, estrenada este viernes en la Ópera de Düsseldorf, dedicada a la intensidad, la corporalidad y el valor de replantearse el movimiento, se ha optado programáticamente por una división esquemática en dos partes.

Mientras que en la icónica e histórica In the Middle, Somewhat Elevated 1, de William Forsythe, se rinde homenaje al ballet y, al mismo tiempo, lo reinventa de forma radical, en Strong, de Sharon Eyal, es el corps de ballet el que cobra protagonismo colectivamente. Mientras que la primera coreografía se muestra cruda y llena de un dinamismo electrizante, la segunda, en austeros tonos grises, saca a relucir a través de patrones hipnóticos, la pesada artillería del drama, la tensión y la estética de la sobrecarga sensorial.

Los dúos

El programa comenzó con la obra que cambió el ballet para siempre. Forsythe la creó en 1987 a pedido de Rudolf Nureyev para el Ballet de la Ópera de París. Partiendo del virtuosismo académico clásico, Forsythe (también escenografía, vestuario e iluminación) desplaza y acelera formas familiares, cambia los ejes, agudiza las transiciones y lleva el vocabulario del ballet hasta sus límites. Impulsada por una banda sonora electrónica contundente, industrial y metálica del compositor holandés Thom Willems (en colaboración con Lesley Stuck), la música presenta un ritmo implacable y retumbante en 4/4.

El desenfado del inicio da paso a una dinámica arrolladora que no cesa en ningún momento. Los bailarines corren o avanzan con paso decidido hacia sus posiciones, deteniéndose solo de vez en cuando, al parecer, para levantar la vista hacia las dos cerezas doradas que cuelgan sobre el escenario, inspiradas en la decoración de la sala de ensayos de la Ópera de París, donde se creó este ballet. Todo ello culmina con el pas de deux, en el que Phoebe Kilminster (Sylvie) aportó una intensa concenrtración a su papel, con Olgert Collaku (Laurent) como compañero perfecto.

Pero la velada estaba a punto de mejorar aún más. A Forsythe siempre le fascinaron, además de las posibilidades de los conjuntos y de los pas seul (Maria Luisa Castillo Yoshida; Norma Magalhães, Sara Giovanelli), las aptitudes del dúo, no desde el punto de vista emocional, sino por la forma en que los dos bailarines interactúan físicamente o habitan el mismo espacio. Sus ballets no solo cuentan con dos bailarines en el escenario, sino que las secciones de conjunto suelen estar repletas de múltiples parejas simultáneas: Elisabeth Vincenti - Orazio Di Bella; Chiara Scarrone - João Miranda.

William Forsythe, In the Middle, Somewhat Elevated. Ensemble Ballett am Rhein. © 2026 by Altin Kaftira.William Forsythe, In the Middle, Somewhat Elevated. Ensemble Ballett am Rhein. © 2026 by Altin Kaftira.


Sentirse 'como de 12 años de edad'

Desde el punto de vista generacional, las bailarinas y los bailarines de hoy son en cierto sentido nietas y nietos de quienes danzaron en aquel histórico estreno en París de 1987. William Forsythe contaba hace algunos años atrás que aquello fue:

Divertidísimo. (…) Nos sentíamos como de 12 años de edad.

Todo comenzó aquella tarde con dos bailarinas vestidas con mallas verdes y medias negras, de pie en un escenario vacío con aire insolente y despreocupado, evaluándose mutuamente. Clavaron sus elegantes puntas en el suelo y alzaron la vista hacia las dos cerezas doradas que colgaban allí: los objetos algo elevados del título. Entonces, con un ligero encogimiento de hombros, una se alejó con paso firme, dejando el escenario a la otra, que comenzó a bailar al son de un estruendo entrecortado de sonido electrónico.

Fue emocionante, una descarga de alta tensión para el mundo del ballet que se extendería mucho más allá del escenario de la Ópera Garnier. No era el primer ballet que Forsythe había creado para el Ballet de la Ópera de París a petición de su entonces director, Rudolf Nureyev.

Niños prodigio

Mas In the Middle, Somewhat Elevated fue la obra que iluminó todo a su alrededor, la que convirtió a su creador y a sus bailarines en figuras internacionales de primer orden. El primer reparto incluía a Sylvie Guillem (12 años de edad), Laurent Hilaire, Isabelle Guérin y Manuel Legris, esa impresionante generación que Nureyev seleccionó de la Escuela de Danza de la Ópera de París y convirtió en estrellas. Se les llamaba sus chou chou, pero Forsythe los describe hoy como wunderkinder (niños prodigio): jóvenes bailarines capaces de hacer cualquier cosa que se les pidiera.

Todos lucían sensacionales mientras se lanzaban a través de los equilibrios descentrados de la obra, sus simetrías pulsantes y cambiantes y sus encuentros casuales pero cargados de tensión. Forsythe recordaba que:

El ambiente allí era electrizante. Nureyev tenía una idea de lo que era la excelencia y la imponía. Esa generación fue una de las mejores que ha dado la compañía.

Respeto por la tradición

Tal ha sido el impacto internacional de In the Middle, Somewhat Elevated que se ha convertido en la obra más famosa de Forsythe, interpretada en todo el mundo por compañías que van desde el Mariinsky hasta la Companhia de Dança de São Paulo, de Brasil.

El ballet gira en torno a la historia, o más bien al cambio de lealtad del presente hacia el pasado. Es la única forma de arte que, hasta hace muy poco, se transmitía de brazo en brazo, de pierna en pierna, como dicen los rusos, con un bailarín de una generación enseñando un papel a la siguiente. El respeto por la tradición está arraigado en su forma actual, y nadie la conoce mejor que el propio William Forsythe, quien la ha estudiado a fondo por todos los medios a su alcance.

Milivoje Andrejević, Niklas Jendrics, Stella Byers, Rose Nougué-Cazenave, Camilla Agraso, y Lilliana Hagerman bailan Sharon Eyal, Strong. © 2026 by Altin Kaftira.Milivoje Andrejević, Niklas Jendrics, Stella Byers, Rose Nougué-Cazenave, Camilla Agraso, y Lilliana Hagerman bailan Sharon Eyal, Strong. © 2026 by Altin Kaftira.

Cliché

La sobrecarga en el sistemático programa vino en la segunda parte de la velada. En un escenario vacío, con un evocador uso del hielo seco y las creaciones lumínicas de Alon Cohen -a medio camino entre un concierto de rock y un cine mudo expresionista- la israelí Sharon Eyal celebra durante 45 minutos una danza macabra a toda máquina, pero con el freno de mano echado. La coreógrafa saca a la compañía clásica de su zona de confort y la arrastra a un vórtice colectivo palpitante.

Eyal procede de la legendaria Batsheva Dance Company del genial Ohad Naharin, de quien también fue asistente durante años. La influencia de esta formación es innegable: la tensión entre lo colectivo y lo individual, el tratamiento analítico del espacio y las constelaciones grupales, y el juego con el éxtasis se encuentran en Eyal y en otros coreógrafos emergidos de la misma compañía. Sin embargo, mientras que algunos trabajan con humor y a menudo sitúan a sus protagonistas como guerreros tribales postapocalípticos en situaciones de slapstick, Sharon Eyal se ha comprometido con una seriedad que, en Strong, a veces degenera en un cliché.

No da tregua

Con una estética monocromática que a menudo coquetea peligrosamente con la iconografía de Leni Riefenstahl (la fotógrafa y cineasta al servicio del régimen genocida, racista y antisemita nazi de Adolf Hitler) ella azuza a un colectivo de 20 bailarinas y bailarines a través de un ritual grupal que se sitúa en algún punto entre el duelo, la resistencia y un espectáculo de zombis.

Las manos se abren de forma expresiva, los rostros se contorsionan con expresiones de dolor: todo parece urgente y significativo, y al mismo tiempo permanece extrañamente vacío y sin compromiso. Sin embargo, la obra de Eyal se vuelve extremadamente eficaz y se convierte en una experiencia física gracias a la banda sonora del pionero israelí del techno (género de música electrónica), Ori Lichtik. Ritmos trepidantes, bajos retumbantes y, una y otra vez, toques orientales de laúd y de instrumentos de percusión no dan respiro ni a los bailarines ni al público (algunos espectadores se tapaban los oídos y se escurrían en sus butacas para no escuchar el estruendo).

Efecto unitario

Sharon Eyal hace siempre exactamente lo que mejor sabe hacer: destacar a bailarinas y bailarines concretos de un grupo homogéneo de una manera sutil y siempre sorprendente, rompiendo la conformidad y, sin embargo, restableciéndola. Del mismo modo que la coreografía de Eyal va creando tensión sin llegar nunca a descargarla de forma extática, Lichtik sigue girando acústicamente el regulador de lo soportable; es impresionante y tiene un efecto del que apenas el espectador puede escapar.

Su volumen y monotonía producen un efecto sumamente sugerente tanto para los bailarines como para el público: al ritmo de la música, los bailarines se balancean, agrupados en un cúmulo, sobre medias puntas, con las piernas apretadas y los brazos pegados al torso. Resulta sorprendente cómo algunos individuos se sustraen al modelo de movimiento colectivo redundante y vuelven a sumergirse en él, o cómo la estructura coreográfica se disuelve sin perder por ello su efecto unitario.

Los caminos de la danza

Aunque en la obra de Eyal la estructura coreográfica básica se repite una y otra vez con variaciones, ella es, sin duda, una de las creadoras de danza contemporánea más importantes del momento. Cuando los tres cuartos de hora llegan a su fin con relajación y silencio, el público se siente un poco manipulado por esta lección de estética de la sobrecarga sensorial.

La obra dio en el clavo con el espíritu de la época. Fue estrenada en 2019 en la Staatsoper Unter den Linden por el Staatsballett Berlin y atrajo a un público joven y urbano a los teatros de ópera; hoy está algo superada. En conjunto, Forsythe/Eyal no fue una velada realmente por demás destacada dentro del repertorio del Ballett am Rhein, pero sí constituyó, al menos, un intento loable de explorar con gran acierto los más diversos caminos estéticos que han sido recorridos hasta ayer desde el siglo pasado. 


Notas

1. In the Middle, Somewhat Elevated. Coreografía William Forsythe. Música Thom Willems. Escenografía, vestuario e iluminación William Forsythe. Preparación coreográfica Thierry Guiderdoni. Maestra de ballet Camille Andriot. Intérpretes (30.10.26): Phoebe Kilminster, Maria Luisa Castillo Yoshida, Olgert Collaku; Elisabeth Vincenti, Orazio Di Bella, Chiara Scarrone, João Miranda, Norma Magalhães, Sara Giovanelli.

2. Strong. Coreografía Sharon Eyal. Co-coreografía Gai Behar. Música Ori Lichtik. Escenografía Sharon Eyal, Gai Behar. Vestuario Rebecca Hytting. Diseño de iluminación Alon Cohen. Preparación coreográfica Aram Hasler. Maestra de ballet Mariana Dias. Intérpretes (30.10.26): Camilla Agraso, Milivoje Andrejević, Francesca Berruto, Stella Byers, Iris Dávila, Lara Delfino, Marta Dias, Liliana Hagerman, Nami Ito, Niklas Jendrics, Pedro Maricato, Clara Nougué-Cazenave, Rose Nougué-Cazenave, Lamin Pereira, Dukin Seo, Kilian Smith, Edvin Somai, Damián Torío, Eric White, Long Zou.

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