Discos

Bartók, The Miraculous Mandarin, Concerto for Orchestra, Cristian Măcelaru, WDR

Juan Carlos Tellechea
Bartók, The Miraculous Mandarin, Concerto for Orchestra, Cristian Măcelaru
CD Bartók, The Miraculous Mandarin, Concerto for Orchestra, Cristian Măcelaru, WDR Sinfonieorchester. WDR Rundfunkchor (label Linn/Outhere Music, France). Béla Bartók, The Miraculous Mandarin, Sz 73. Concerto for Orchestra, Sz 116. Cristian Măcelaru, conductor. WDR Sinfonieorchester. WDR Rundfunkchor. Total Running Time 70:55. Recorded at the Cologne Philharmonie, Germany on 14-21 November 2024. Recording Engineer Brigitte Angerhausen. C Outhere 2026. P A Westdeutsche Rundfunk Cologne Production 2026.
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Cristian Măcelaru y los músicos de la WDR Sinfonieorchester captan de forma magistral en este magnífico álbum, Bartók, The Miraculous Mandarin, Concerto for Orchestra (sello Linn/Outhere Music France), el universo sonoro del célebre compositor húngaro y su impresionante recorrido narrativo.

El gran escándalo musical que produjo el estreno de El mandarín maravilloso de Béla Bartók el 27 de noviembre de 1926 en la ciudad alemana de Colonia (a orillas del Rin) está cumpliendo cien años, y en este disco Măcelaru y la Orquesta Sinfónica de la WDR interpretan la música completa de ese ballet, así como el Concierto para orquesta Sz. 116, uniendo la fuerza rítmica al refinamiento orquestal.

Argumento

Béla Bartók ofrece una frenética obra con El mandarín maravilloso, basada en la Pantomima grotesca homónima del escritor Menyhért Lengyel, un tema crudo y trivial, repleto de danzas mordaces, casi salvajes, en el que aparece una prostituta a la que tres matones obligan a seducir a los transeúntes para luego despojarlos de sus pertenencias.

Tras dos intentos, aparece un rico mandarín que se enamora perdidamente de ella. El personaje perecerá, no a manos de los matones, sino después de que la chica lo haya abrazado. La trama desataría un gran revuelo en aquel entonces.

Censura

La obra llegó a ser prohibida temporalmente por el entonces alcalde de Colonia, Konrad Adenauer, quien 23 años más tarde, y tras ser perseguido y encarcelado por el régimen genocida y antisemita nazi de Adolf Hitler, se convertiría en el primer canciller de la República Federal de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

El desarraigo forzado

El Concierto para orquesta, la primera obra que suena en esta grabación, fue compuesta por Bartók en su lecho de enfermo, durante su exilio en Estados Unidos (huyendo del nazismo). De ahí surgió una obra marcada por la irrealidad, la retrospectiva y el eclecticismo estilístico, que refleja el desarraigo forzado. Esta mirada a su vida aúna todos los estilos e ideas del compositor.

Fue gracias a la acción conjunta del virtuoso violinista Joseph Szigeti y del gran Fritz Reiner, ante el famoso Serguei Kusevitski, director de la Orquesta Sinfónica de Boston, que Bartók recibió el encargo de escribir esta pieza que comenzó a componer en 1943. El mismo Kusevitski, al frente de esa orquesta, la estrenó el 1 de diciembre de 1944.

Canto fúnebre

La WDR Sinfonieorchester y Cristian Măcelaru inician esta obra con un aire místico, antes de dejar que se desarrolle por sí sola. Mientras que la misteriosa Introduzione, en esta interpretación, aún transmite una impresión relativamente relajada, el segundo movimiento, Presentando le coppie, ofrece una música fascinante con aire de ballet, que aquí se manifiesta a través de las respectivas parejas de instrumentos de viento —maderas y trompetas— en combinaciones de gran virtuosismo y excelente ejecución.

Su desarrollo hace pensar inevitablemente en la atmósfera amenazante de El castillo de Barba Azul, única ópera de Béla Bartók. La intervención de los metales, que en este contexto parece fuera de lugar como un coral ateo, irradia una calidez radiante a través de los músicos de la orquesta. En la Elegia, que ocupa un lugar central no solo en la estructura de la obra, sino también musicalmente, la orquesta interpreta con audacia y descaro este desgarrador canto fúnebre, tal y como lo caracterizó el propio Bartók.

Radicalidad

La amarga ironía que Bartók introduce en el posterior Intermezzo interrotto, para evocar la nostalgia por su verdadera patria, anima al conjunto a adoptar un tono deliberadamente húngaro, que pone de manifiesto de forma acertada los clichés de la música. La orquesta convierte el movimiento final, denominado simplemente Finale, en una ronda bailable que endulza con entusiasmo gracias a su virtuosa y vertiginosa interpretación.

El Mandarín maravilloso, una pantomima en un acto basada en una sátira de crítica social, es interpretada por la orquesta con gran entusiasmo, exaltando la distinción entre el bien y el mal, la humanidad y la inhumanidad, y, una vez más, ejecutándola técnicamente con un compromiso excepcional.

En cierto modo, el escandalete de su estreno en Colonia fue una repetición de la batalla parisina causada por Igor Stravinski con Le Sacre du Printemps en 1913, esta vez quizá más por la morbosidad de su tema que por la radicalidad de su coreografía.

Pseudopentatónica

En este ballet Măcelaru no busca suavizar las aristas ni atenuar su carácter punzante. El inicio representa un hormigueo incontenible y los diversos climas posteriores serán marcados: danzas a veces lánguidas de falsa dulzura, a veces de un primitivismo casi malsano, hasta la lucha final entre el mandarín y la muchacha en una carrera desenfrenada y la muerte del mandarín en el estertor de un glissando de contrabajo.

Con precisión quirúrgica, Cristian Măcelaru combina como pocos el erotismo eruptivo, rayano en la violencia, y la exacerbación de la lucha sin cuartel entre Eros y Thanatos; da fluidez a una orquestación extraordinariamente compleja, incluso densa hasta la convulsión sonora, y hace resaltar las armonías aterradoras de esta partitura sin precedentes.

Măcelaru demuestra una vez más aquí ser un director con una estructura clara, que anima a los instrumentistas a una interpretación arriesgada que estos dominan sin enredarse en las trampas que se les presentan. Se aprecia tanto el rigor percusivo como los melismas seductores y la pseudopentatónica que caracteriza al Mandarín.

Sin piedad

La magistral interpretación, es elegante y siniestra en su evocación de las artimañas seductoras de la trabajadora sexual y sus proxenetas matones, altiva o tímida en sus encuentros con el viejo libertino y el joven, y erizada de escalas pentatónicas irregulares una vez que el mandarín entra en escena.

Para empezar, Măcelaru traza un retrato brutal de la ciudad distópica con sus cláxones de coche y concluye con una descripción cruda y tensa de la desesperada persecución final. Verbigracia, los músicos interpretan sin piedad el Grave que se desliza en pianissimo durante el ahorcamiento del mandarín.

Abrumadora

Desde las escalas de las cuerdas, que se precipitan con dureza, y los acordes brutalmente disonantes de los instrumentos de viento hasta el Sujet, nada se corresponde con lo que un oyente esperaría de una música de ballet agradable, y mucho menos en la época del estreno. Pero precisamente en esta interpretación, que resalta con extrema precisión los aspectos estridentes y repulsivos, la calidad de la música resulta abrumadora.

El WDR Rundfunkchor (Coro de la radiodifusora WDR) interviene en el último tercio de la obra, más concretamente en la escena de la persecución (Chasing Scene) y en los fragmentos siguientes, después de que los rufianes intenten matar al mandarín. Bartók utiliza aquí al coro de una manera muy especial, no canta ningún texto, sino que vocaliza sílabas (como Ahhhh).

Inquietante

Con ese efecto sonoro místico, las voces entran cuando el Mandarín, a pesar de los repetidos intentos de asesinato (asfixia con almohadas, apuñalamiento), no puede morir y comienza a brillar misteriosamente. El coro crea aquí una atmósfera turbadora, sobrenatural y mágica que subraya lo maravilloso e inquietante del personaje.

La grabación realizada por la ingeniera de sonido Brigitte Angerhausen en la gran sala auditorio de la Filarmónica de Colonia se caracteriza por su inmediatez y una extrema fidelidad en la reproducción de las voces. El equilibrio entre todas las secciones está muy bien dosificado, en una acústica más abierta.

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