No hay tantas oportunidades de reseñar una de las óperas más populares de su autor y de todo el repertorio. La razón es clara; hágase lo que se haga, dígase lo que se diga, sigue siendo absolutamente cierto -no sólo para este título concreto- la famosa frase de Toscanini de que para hacerla bien ‘sólo’ son necesarios cuatro grandes cantantes. Y tal vez un quinto (Pinza dejó grabada la gran escena inicial de la ópera, y allí se nota qué puede hacer un gran bajo con ella).
La nueva puesta se había estrenado antes en la temporada, pero no pude asistir entonces. No es un acierto de la Zambello: demasiado movimiento, demasiado uso de comparsas y máquinas para una obra que, salvo en algún momento, es esencialmente intimista. La extraña idea de hacer que los gitanos sean torturadores o de que el ‘Conde’ haga luchar a sus esbirros con ‘Manrico’…
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