Se estrenó el mismo año y con los mismos fines -digamos- que el Don Carlo verdiano (que es un mes mayor) y el Roméo et Juliette de Gounod (que le siguió quince días después). En la misma ciudad y con la misma ocasión: la Exposición Universal de París. Su triunfo, pese a los problemas con la censura, fue alucinante y el mayor en vida de su autor, seguido un mes después por el del estreno vienés y superando a otros hits de ese curioso y gran músico que fue Jacques Offenbach. Asistieron zares, emperadores y Bismarck y compañía, que salió frotándose las manos frente a lo que pronosticaba para la que en tres años se llamaría la guerra franco-prusiana en la que se hundió el Segundo Imperio que había bailado, flirteado y algo más al ritmo del can-can de Orfeo en los infiernos.
Cuando el autor conecta tan a fondo con su época, la expresa y se…
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