Gran expectación en Covent Garden, todas las entradas vendidas y corrillos recordando el último Don Pasquale de la casa (catorce años atrás con Battle, Montarsolo y otros). La ocasión merecía el nerviosismo: varios cantantes de relumbrón en el escenario, una nueva producción de Jonathan Miller compartida con Florencia y un título que tiene tirón. Y la cosa no defraudó en términos generales.
La producción de Jonathan Miller tiene su virtud y su defecto en el mismo punto: la escena es como una casa de muñecas abierta en la que se pueden contemplar todas las habitaciones. Así, si un personaje está cantando en su dormitorio, podemos ver todavía a los demás moviéndose por la casa. A veces, resta capacidad de concentración (cuando ‘Norina’ iba por la mitad de su aria me di cuenta de que yo estaba mirando a Juan Diego Flórez escribiendo su carta…
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