Mucho antes que el gran Clint Eastwood se animara, en un momento bajísimo de su país y de nuestro mundo, a mirar a los japoneses de la Segunda Guerra Mundial como los mismos seres humanos que somos todos, en un contexto mucho menos opaco o sombrío, aunque no exento de dificultades, hace cuarentaisiete años, el gran Benjamin Britten había aprovechado la oportunidad de la reapertura de una catedral bombardeada para una original obra de tolerancia y pacifismo: su extraordinario Requiem de Guerra, que debían cantar un inglés -su ‘long time companion’ Peter Pears-, un alemán -nada menos que un Fischer Dieskau- que cantarían los textos ingleses antibélicos de Wilfred Owen (muerto en la primera guerra mundial), y una rusa -la gran Vishneskaya- que al final se quedó en su patria por esas cosas del cáncer de paranoia, mediocridad y burocracia que…
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