Obituario

Ponme mi corona; tengo en mí anhelos de inmortalidad

Jorge Binaghi
Victoria de los Ángeles Victoria de los Ángeles © BBC | FIS

Un recital de canciones españolas con acompañamiento de guitarra, entre las que destacaba un grupo de origen sefardí, en la Sainte Chapelle de París a finales de los años ochenta del siglo pasado: un marco único para un concierto más que único, mágico. En él destacaban dos gemas, Como la rosa en la güerta y Adio querida. La intérprete era, por supuesto, Victoria (¿agrego de los Ángeles? Si hace falta, lo agrego). Cuando ha decidido dejarnos, siguiendo muy de cerca los pasos de su admirada -me consta- Tebaldi, lo primero que me ha venido a la mente (que suele funcionar separada del corazón) es esa canción, esa frase.

En ese momento, tardío quizá para algunos, el arte de Victoria había cobrado unas dimensiones estratósfericas: era, en sus momentos privilegiados, verdaderamente el cantar del alma que a ella le gustaba tanto y -sólo con…

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