A Marcello Viotti le gustaban los coches deportivos. Lo recuerdo saliendo de un ensayo con un grupo de músicos adolescentes, miembros de las orquestas escolares bávaras, con los que iba a dar un concierto. Los jóvenes estaban tan entusiasmados con el director como él con ellos. A la puerta de la Filarmonía estaba estacionado el coche del maestro, un impresionante deportivo con aspecto de pájaro acuático. Los chicos que acababan de dejar el ensayo, con los estuches de los instrumentos colgando al hombro, se agrupaban y giraban en torno al vehículo como un enjambre, maravillados de sus líneas aerodinámicas y de su interior con tablero de madera y asientos tapizados de piel blanca. Viotti se acercó al automóvil, abrió el maletero y dejó algo dentro, creo que una partitura. Los jóvenes seguían ahí, no sé si admirando ahora al coche o a su…
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