Si bien sigue de cerca a Sófocles, la tragedia en un acto que sacudió hace ciento seis años al público, para seguir estremeciéndolo en diversas latitudes y con diversos niveles de excelencia hasta hoy mismo, sabe apartarse de él para bucear en el famoso mito desde otros ángulos. La genialidad de la presentación por parte de las acomodaticias esclavas se corresponde con la del final: cuando 'Electra' -que somos también nosotros- ve por fin cumplido el objetivo al que ha sacrificado todo y uno espera quizás un monólogo final poderoso lleno de difíciles agudos -como si no hubiera tenido bastante con los que han precedido- simplemente dice “guardemos silencio y dancemos”.
La impotencia de la palabra para expresar la felicidad -cruel y furibunda como es esta felicidad- pasan a una danza salvaje (en la que, por supuesto, sobresale de manera…
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