En menos de un día Gergiev pasaba de una orquesta a otra, de una producción a otra, y sobre todo de un concepto de ‘ópera’ a otro muy diversos entre sí. Con pasmosa capacidad y flexibilidad. He oído decir que su Wagner es ruidoso. Yo había escuchado, hace años, sólo su Lohengrin londinense, que me había gustado mucho (como no me había gustado demasiado, curiosamente, su Don Carlo salzburgués). Y aquí me volvió a convencer plenamente, tanto (o más, porque se espera menos) que el día anterior en su sardónico, ‘lejano’ y fríamente intelectual Shostacovich, que resultaba perfecto cualquiera fuera la opinión que pueda merecer en sí misma la obra.
Sin jactarse de ser especialista ‘wagneriano' (cosa que para muchos parece ser sinónimo de dirección de orquesta), la orquesta -que no era la del día anterior, o sea, la ‘suya’, aunque no me gusten…
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