Alemania

De cuevas y montañas

Mikel Chamizo
viernes, 24 de marzo de 2006
Berlín, viernes, 3 de marzo de 2006. Philharmonie. Lars Vogt, piano. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dirección: Christian Thielemann. Félix Mendelssohn Bartholdy: Obertura en Si menor, Op.26, “Las Hébridas o La gruta de Fingal”, y Concierto para piano y orquesta nº1, Op.25. Richard Strauss: Sinfonía Alpina, Op.64.
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Recuerdo que, a los pocos segundos de comenzar la interpretación de Las Hébridas, pensé: “¿por qué lo está haciendo así?”. Acostumbrado a versiones expansivas, sobrecogedoras, de esta obertura, y con una cuerda grave como la de la Filarmónica de Berlín, no podía entender que Thielemann abordase los primeros compases de la partitura con tanta contención, una tónica que fue la general en el desarrollo del resto de la pieza. Más tarde, en el descanso, meditando sobre lo que había escuchado, se me ocurrió la idea de que quizá esa tradición “trágica” en la interpretación de esta obertura no surja de las intenciones originales de Mendelssohn, sino en el uso que se ha hecho de ella como pieza de lucimiento, no de virtuosismo, sino de color y equilibrio orquestal. Las Hébridas posée algunas de las melodías en registro grave más bellas de Mendelssohn, la escritura para cuerda extrae el mejor color de los registros de cada instrumento, y además los vientos efectúan un sutilísimo trabajo tímbrico sobre notas largas en el agudo. La escritura orquestal es tan magnífica que se presta a versiones efectistas, que explotan la hermosa sonoridad lograda por Mendelssohn amparadas en el contexto “evocador”, de cuevas y de mar, de esta obertura.

Felix Mendelssohn: Ein Blick auf die Hebriden und Morven
© The Bodleian Library, University of Oxford

Sin embargo, Mendelssohn escribió Las Hébridas en los primeros años de 1830, cuando todavía estaba muy influido por ideas de humanismo protestante y por el descubrimiento de la música de Bach. Cuando viaja a Escocia y visita la gruta de Fingal, con sus impresionantes columnas de basalto, Mendelssohn no habla de terror o de fuerzas de la naturaleza, sino que escribe: “Cuando Dios se pone a pintar paisajes, crea cuadros de extraña belleza”. De la misma manera, el dibujo a carboncillo de las islas Hébridas que realizó desde la lejanía el 7 de agosto de 1829, titulado Ein Blick auf die Hebriden und Morven, poco tiene que ver con otros cuadros de la época que pintan el mismo lugar, como el que realizó William Turner en 1832, con un mar oscuro y amenazante y un pequeño barco perdiéndose en la bruma. El de Mendelssohn presenta un paisaje estilizado y hasta tranquilo. Es, por tanto, muy probable que la impresión que Mendelssohn quiso plasmar en su partitura no tenga mucho que ver con los excesos hiper-románticos de la Sinfonía Fantástica, prácticamente contemporánea (1830), sino con un tipo de evocación intelectual similar a la de Goethe. Thielemann decidió despojar de tragedia romántica a su versión de Las Hébridas y la dirigió como se suele hacer con Mar en calma y próspero viaje, es decir, construyéndola desde la música y no desde el programa literario, firmando una versión pletórica de belleza y de una expresividad cautivadoramente elegante. Cuando se hace de esta manera, se puede apreciar cuanto de clasicismo hay todavía en las obras del Mendelssohn de esta época, cuanto de contrapunto y de construcción formal, antes de que llegase la liberación espiritual de sinfonías como la Italiana. Y uno admira también la versatilidad de su lenguaje, porque yo sigo prefiriendo esas versiones de Las Hébridas en las que me parece ir en un barco a punto de zozobrar.

William Turner: Staffa, Fingals cave (1832)

Todo lo dicho anteriormente, que al fin y al cabo es ambigüo y discutible en el mundo de referencias que contiene Las Hébridas, resulta bastante evidente en la obra que Mendelssohn escribió justo antes de la obertura: el Concierto para piano y orquesta nº 1, Op.25, finalizado en 1831. Recuerdo que hace un par de meses tuve la oportunidad de escuchar el muy inusual Concierto para piano y violín en Re mayor de 1823, en una versión arrolladoramente apasionada que me pareció muy inapropiada al carácter de la música. En esta ocasión, me ocurrió exactamente lo contrario: sobre todo en el movimiento central, me parecía estar escuchando a Ingrid Haebler tocando un movimiento lento de Mozart, sutil, regular, sueltecito (con poco pedal), dinámicas férreamente controladas... es decir, lo que se ha dado en llamar un Mozart “apolíneo”. Esto tampoco es de extrañar porque Lars Vogt, al fin y al cabo, es un gran especialista en Mozart y un músico lo suficientemente inteligente para saber que si toca este concierto temprano de Mendelssohn de esta manera tan radicalmente clásica, no sólo va a obterner buenos resultados, sino que además va a conseguir llamar la atención. Lo logró, y la versión fue no solamente interesante sino también divertida en sus numerosos guiños a Mozart.

Debo reconocer que con la última obra del programa, antagonista de Las Hébridas aunque también trate de naturaleza, me quedé sin capacidad de análisis de ningún tipo. Como gran admirador de Strauss y especialmente de obras tan maravillosas como la Sinfonía Alpina, he de admitir que la versión de Thielemann superó todas mis expectativas. Siempre resulta emocionante escuchar una partitura que amas surgir de los atriles de la orquesta que la estrenó, pero cuando esa orquesta es la actual Filarmónica de Berlín uno se queda clavado en el asiento. La diferencia estriba en cientos de pequeños detalles, como la entrada del tutti de violines y violas tras los solos en Eintritt in den Wald (nº32 en la partitura), los preciosos solos de todas y cada una de las maderas a lo largo de la obra, la afinación milimétrica de los metales con respecto al órgano en los números finales, y en especial las trompas en el gran coral conclusivo, o el increíble rendimiento de toda la orquesta en fragmentos como Am Wasserfall o Gewitter und Sturm, Abstieg. Pero más allá incluso del gran virtuosismo de la Filarmónica de Berlín, se situó la dirección de Christian Thielemann, de una intensidad casi insoportable, pero quien supo, ante todo, narrar la música de Strauss, no sólo dibujarla, llegando de lleno al centro del mensaje vital que el bávaro quería transmitir con esta monumental sinfonía, llena de cascadas y pajaritos, pero que habla de algo muy distinto a eso y mucho más importante, de la fortaleza del hombre y de la felicidad que mana de su propio ser cuando se libera de ataduras espirituales. En estos tiempos en que se está construyendo una Europa común, mi sensación fue que sólo en Alemania, con esta orquesta y un director que bebe de las fuentes más puras de tradición directorial germana, se puede llegar a vislumbrar la grandeza de una manera de concebir la vida de la que Strauss, al margen de su biografía algo decepcionante en ocasiones, fue siempre un defensor acérrimo. 

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