No puedo decir que haya visto jamás una versión globalmente satisfactoria de la última tragedia verdiana (para no hablar de su versión cinematográfica), la cual, por otra parte, ni hay muchas posibilidades de frecuentar en vivo ni, personalmente, cuando las hay, encuentro muchos motivos para hacer el viaje. Y, de regreso de la reposición en el San Carlo napolitano -un teatro y una ciudad que se visitan siempre con agrado y una punta de melancolía-, puesto frente a la página, me pregunto si una gran ‘Desdemona’ puede ser suficiente para justificar tantos esfuerzos. Y me temo que no. Aunque en el caso presente se trataba del primer contacto con el papel de la más interesante de las voces peninsulares para el repertorio del siglo XIX, y en particular para su segunda mitad.
He visto antes muy buenas intérpretes del papel (en concreto, Barbara…
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