Esto no puede ser una crítica al uso. Sencillamente, porque el recital ofrecido por el mítico Maurice André y dos de sus hijos rebasó los límites de un simple concierto navideño para convertirse en un acto de catarsis colectiva: la interpretación musical fue lo de menos. No sé si debido a la fama del artista, a lo festivo del evento o más bien a la presencia en la abarrotada sala de un montón de jóvenes trompetistas de conservatorio y/o integrantes de bandas de música deseando ver a su ídolo, lo cierto es que se respiraba un ambiente de entusiasmo como pocas veces se ha conocido en los cuatro años que lleva reabierto el Teatro Villamarta. Si a ello le añadimos que la estrella de la noche resultó ser un viejecito regordete, bonachón y muy hablador, se comprenderá fácilmente que ya al final de la primera parte el respetable le ovacionara y…
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