No es Peter Maag el primer director cuya pericia me cautiva en directo, al tiempo que a veces me deja frío en el estudio de grabación. En un auditorio, al frente de la orquesta, su cuidadísimo fraseo y el trabajo con las orquestas me deslumbró en cada ocasión que lo vi. Lo recuerdo en Vigo dirigiendo con primorosa sutileza (e indescriptible lentitud) algunas de las páginas más conocidas de Mozart. En disco es el mismo Maag, qué duda cabe, pero nosotros no somos los mismos espectadores.
En una acampada, rodeados de amigos y con una botella de vino, la luz de velas y linternas es suficiente. En casa, solos, necesitamos halógenos potentes. En el disco algo debe sustituir la emoción del directo: para los aficionados a la ópera, ese “algo” es la espectacularidad de una interpretación perfecta. Mientras que en directo no nos molestan los…
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