El teatro An der Wien es una joya que uno no deja de ver con emoción por la carga que tiene (por si alguien se olvida, justo delante está la estrella dedicada a Mozart). Y es un marco ideal, por la proximidad que crea, para esta obra del salzburgués más universal, y en esta puesta tan sombría como acertada de Decker. Aquí tienen ustedes a alguien que sí tiene concepto, que no juega con la partitura para su gusto personal aunque a veces haya detalles que uno no acabe de compartir o entender (esta vez, casi ninguno). Hay una enorme tensión entre los personajes, una gran angustia todo el tiempo, y salvo el final, cuando hay una especie de ‘solución’ (la aparición del monstruo), un malestar que con las luces, sombras y transformaciones del austero decorado desemboca en horror...
La interpretación del final puede parecer forzada, pero si…
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