Quien quiera contar a un niño un cuento de hadas, deberá conocer determinadas reglas. Podrá tomarse algunas licencias, como poner o quitar dientes a la boca de la bruja o a las fauces del lobo, o detenerse más o menos tiempo en describir las virtudes del príncipe o la corona de la princesa; podrá permitirse la libertad de ampliar o resumir determinados pasajes, pero nunca podrá alejarse del camino marcado, si no quiere que le ocurra lo mismo que a Caperucita: que lo devoren la desconfianza y la decepción de sus oyentes, contra las que no hay cazador que valga. El aficionado a los cuentos de hadas, si algo desea, es oír cada vez las mismas historias, historias conocidas, familiares, amigas. El gozo de la repetición es un gozo complejo, que consta de muchas facetas: sabemos, antes de que llegue, cual será el momento crítico y empezamos a…
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