Hay una antigua búsqueda en saber quién fue la “amada inmortal” del gigante Beethoven. El cine, las cartas, la música, dan el nombre de la posible mujer que fue el mayor amor de su vida de los muchos que tuvo. Aunque no se puede probar, voy a aceptar que fue la condesa Guicciardi, bella, distinguida, noble, tan noble como fue la música de la Sonata con la que Gelber inicia su recital. Una sonata que tal vez estuvo dedicada a ella. Su sostenido “adagio” sensible, expresivo como quien describe al autor siguiendo los pasos de aquella hermosa mujer. El pianista sabe qué es lo que tiene en sus manos, en sus dedos, en su mente y lo entrega subordinando destreza al profundo sentimiento que anida en el corazón del bethoveniano maestro. El “allegreto” que sigue es luminoso y el presto final la muestra de su pasión. No por muy conocida deja de ser…
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