El acontecimiento mediático era sin duda la presencia por primera vez del gran actor en sustitución de un colega también de relieve, John Malkovich (a quien había visto con este mismo conjunto en The infernal comedy en Bruselas en mayo de 2010). Y seguramente el lleno casi absoluto se debía a su carisma indudable y legítimo. Que al final fue lo que fundamentalmente justificó el concierto. Su maravillosa dicción, un placer en sí misma para el oído, la modulación del texto (baste sólo citar la inflexión que dio hacia el final a la palabra ‘venture’ cuando el texto dice que la palabra no basta para expresar el sentimiento y que tal vez lo pueda hacer la música -resultó bastante claro, también con la mirada al director de orquesta, que para el gran actor la posibilidad queda en el plano de lo teórico). Sobrio, vestido informalmente,…
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