Editorial

25 años de paciencia

Consejo Editorial
lunes, 20 de noviembre de 2000
Francisco Franco en su ataúd © by Dominio Público Francisco Franco en su ataúd © by Dominio Público
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El 20 de noviembre de 1975 fallecía, tras una larga y dolorosa agonía procurada por su familia y sus partidarios, Francisco Franco, un militar traidor a su país que deshonró su uniforme y sus juramentos en un golpe de estado que provocó una Guerra Civil seguida de una brutal dictadura responsable de un atraso económico y social del que España aún no se ha recuperado después de veinticinco años de democracia.

Como reconocen hasta sus partidarios, la dictadura franquista 

no se ocupó ni mucho ni poco de la música desde una perspectiva estética y técnica, y solamente lo imprescindible desde un punto de vista administrativo. 

Lo escribe Tomás Marco en su Historia de la música española. Siglo XX, en el capítulo 'La nueva situación' (Marco evita en todo momento el uso del término dictadura), tan sólo una página después de definirla como 

la implantación de una ideología más o menos fascista que no fue mayoritariamente dominante

 y de recordar al lector que los exiliados fueron minoritarios dado que 

comparativamente con la gente que vivía en uno u otro bando y hubo de quedarse en la nueva situación, la cantidad es reducida. 

Cierto es que Marco se cuida de responsabilizar a La nueva situación de la desastrosa cotidianeidad que se desprende de su relato. Antes bien, afirma que 

más que una responsabilidad de un Estado que se limitó a inhibirse habría que hablar de responsabilidad de personas concretas que tienen nombre y apellido.

Puesto que, al menos en el tema de las responsabilidades personales, parecemos estar de acuerdo los franquistas y los demócratas (dos conceptos tan opuestos que no admiten ni siquiera tangencia), hoy puede ser un buen día para recordar los nombres y apellidos de los principales responsables de la miseria en la que la dictadura sumió a la vida musical española. La simple mención de los que aún están vivos puede aportar luces sobre el camino recorrido en estos veinticinco años transcurridos desde la muerte del mayor homicida de la historia de España.

Las dos figuras claves de la administración musical en los últimos veinte años del franquismo fueron Enrique Franco, director de la programación musical clásica de Radio Nacional de España (RNE) y Antonio Iglesias, máximo funcionario de la Comisaría Nacional de la Música. Dos personas de la máxima confianza de la dictadura que decidían la programación de los Festivales de Música, las subvenciones a las giras de conciertos, los encargos a compositores, las retransmisiones radiofónicas de conciertos, las obras transmitidas por la radio estatal, etc. 

En la segunda línea estuvieron otras dos personas vinculadas a la Falange, el partido único del franquismo, sendos premios de popularidad de Pueblo, el diario del sindicato único y obligatorio: Tomás Marco, Jefe de programas sinfónicos de RNE desde 1970, y Luis de Pablo, a quien desde 1960, la confianza del régimen le otorgó los más diversos cargos y representaciones de confianza.

Parece procedente recordar al director por designación del Conservatorio Estatal de Madrid y Consejero Nacional de Educación, Cristóbal Halffter, compositor de diversas músicas falangistas, al igual que Enrique Franco, y de Secuencias, un homenaje a los 25 años de paz franquista, estrenado junto con Testimonio de Luis de Pablo, quien en 1975 se envanecía de que RNE transmitía cada año sus obras completas. La Orquesta y Coros Nacionales de España (OCNE) estaban dirigidos por Rafael Frühbeck de Burgos y la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión (OSRTVE) por Odón Alonso y Enrique García Asensio, los principales intérpretes de los estrenos de las obras de Cristóbal Halffter, Luis de Pablo y Tomás Marco que, año tras año, eran encargadas por las mismas administraciones en las que estos compositores ejercían cargos de confianza de la dictadura.

Finalmente, la crítica musical en la prensa madrileña era ejercida por Enrique Franco en Arriba y Tomás Marco en SP, dos diarios falangistas, Antonio Iglesias en Informaciones y Carlos Gómez Amat en las emisoras de la Cadena SER. En los últimos años del franquismo el Ministerio de Educación publicó los libros de Tomás Marco sobre Cristóbal Halffter y Luis de Pablo y el de Carlos Gómez Amat sobre Tomás Marco.

Transcurridos veinticinco años el principal cambio en la vida musical oficial es que los tres compositores vanguardistas son ahora académicos de Bellas Artes y que la prensa musical puede publicar, sin temor a represalias, editoriales denunciando la calamitosa labor de Rafael Frühbeck al frente de la OCNE y de Enrique García Asensio al frente de la OSRTVE. Directores que son elogiados hasta lo grotesco por la crítica musical en la prensa madrileña, ejercida por Enrique Franco en El País, Antonio Iglesias en ABC y Carlos Gómez Amat en El Mundo. 

Mientras tanto, los profesores de la OCNE defienden sus rancios privilegios convocando una huelga que a nadie parece preocupar, ni siquiera al Director técnico de la OCNE -quien ha declarado a la prensa que la huelga de su orquesta le parece bien porque es un derecho legal- ni al Director General del INAEM -quien ha declarado que es evidente que no se puede solucionar en una semana una situación de creciente deterioro prolongada desde hace muchos años. Situación derivada, por cierto, del reglamento redactado por Tomás Marco en 1982 durante su primera etapa como Director técnico de la OCNE.

Tal como hace veinticinco años, la práctica totalidad de la producción de Cristóbal Halffter, Luis de Pablo y Tomás Marco son encargadas, estrenadas y grabadas con cargo a los presupuestos de las Administraciones públicas españolas. Y, tal como entonces, son ignoradas por los intérpretes y repudiadas por el público y alabadas como obras maestras por los críticos antes mencionados. Críticos que son objeto de periódicos homenajes por parte de sus compositores protegidos y de la Administración, como viene sucediendo ininterrumpidamente desde 1958.

Tal como en los fastos de los 25 años de paz y tal como hace veinticinco años, la vida cotidiana y la vida musical oficial nada tienen que ver. El día 18 de noviembre El Pais publicaba en su suplemento cultural Babelia una entrevista con Luis de Pablo en la que, al igual que en Testimonio rinde homenaje a la autarquía: 

los que hacemos ópera en España no nos sentimos prisioneros de nada porque no ha habido nada, o casi nada, antes. 

Al día siguiente, El País editorializaba que del franquismo sólo queda ETA como remedo trágico de aquello contra lo que nació pero en su página 50 publicaba un artículo de Enrique Franco que contiene un exaltado elogio de la esencialidad española de la nueva ópera de Luis de Pablo -ahonda en la sustancialidad dramática- y de la nueva cantata de Tomás Marco 

ha trazado una nueva ceremonia cultural e intrahistórica desde un pensamiento que recuerda otras ocasiones americanas anteriores como la ceñida al período barroco.

Veinticinco años después de la muerte del dictador, los españoles seguimos teniendo que soportar las intemperancias verbales de fieles servidores del franquismo que deben su prolífica carrera y su flaco prestigio profesional al apoyo del Estado, conseguido demasiado a menudo ignorando los principios de igualdad de oportunidades, mérito y publicidad. Tal como entonces, en muchas iglesias se canta la Misa de la Juventud de Cristóbal Halffter, compuesta para el Frente de Juventudes y su obra más interpretada. Pero, desde entonces, en las Escuelas españolas no se canta Montañas nevadas, el himno falangista compuesto por Enrique Franco. Todo un cambio.

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