DVD - Reseñas

La Estrella de Chabrier brilla de nuevo

Raúl González Arévalo

viernes, 10 de mayo de 2019
Emmanuel Chabrier: L’étoile, ópera bufa en tres actos (1877). Stéphanie d’Oustrac (Lazuli), Christophe Mortagne (Ouf I), Hélène Guilmette (Laoula), Jérôme Varnier (Siroco), Elliot Madore (Hérisson de Porc-Epic), Julie Boulianne (Aloès), François Piolino (Tapioca), François Soons (Patacha), Hary Teeuwern (Zalzal), Jeroen van Glabbeek (maestro), Richard Prada (jefe de policía). Chœur du Dutch National Opera. Orchestre de la Résidence de La Haye. Patrick Fournillier, director. Laurent Pelly, dirección de escena y vestuario. Chantal Thomas, decoración. Jean-Jacques Delmot, vestuario. Joël Adam, iluminación. Agathe Mélirand, dramaturgia y adaptación de diálogos. Subtítulos en francés, inglés, alemán, japonés, coreano. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: PCM Stereo, DTS 5.0. Un DVD de 115 minutos de duración. Grabado en la Ópera de Ámsterdam (Países Bajos) del 13 al 16 de octubre de 2014. NAXOS 2.1106595. Distribuidor en España: Música Directa.

La ópera cómica francesa de la segunda mitad del siglo XIX tiene un nombre indiscutible que hace sombra a todos los demás: Offenbach, cuyas posibilidades de exploración distan de agotarse, como recordaba recientemente el irresistible recital de Jodie Devos (Alpha) y hace más tiempo la magnífica antología de Opera Rara. La celebración del bicentenario de su nacimiento está reforzando además su presencia discográfica. Afortunadamente, los sellos se han lanzado a explorar otras opciones del repertorio y han visto que hay vida más allá del genial compositor de Colonia. Hace poco el Palazzetto Bru Zane lanzaba en primicia Les P’tites Michu de Messager, que comentaré próximamente en estas páginas, prácticamente a la vez que Naxos sacaba la segunda grabación audiovisual de L’étoile de Emmanuel Chabrier. Por todo ello, los amantes de la ópera y la opereta francesa están de enhorabuena.

El enorme éxito que obtuvo la obra en su estreno (1877) se vio drásticamente disminuido después de la I Guerra Mundial, de modo que cuando John Eliot Gardiner la recuperó en la década de 1980 con las fuerzas de la Ópera de Lyon, en CD (Erato 1984) y DVD (Image Entertainment 1986), fue un acontecimiento, que sin embargo no condujo a su inclusión estable en el repertorio de los teatros europeos, o siquiera franceses. La producción de Naxos desde la Ópera de Amsterdam reivindica de nuevo con fuerza los méritos de la partitura, aunque no creo que vaya a tener mucho más recorrido. Y no porque la trama no se pueda actualizar para acercarla al público, como ocurre en esta ocasión. Una historia simple y banal, a la que sirve una música brillante y sofisticada, inteligente y desafiante en su apariencia ligera. El resultado es una de las mejores óperas cómicas de finales del siglo XIX y de todo el repertorio francés, con melodías pegadizas y un desarrollo que hace reír.

La acción se desarrolla en el reino de Ouf I, que cual emperador romano, le gusta ofrecer entretenimiento a sus súbditos. Para festejar su cumpleaños le falta un condenado para la ejecución de rigor y encuentra el candidato perfecto en Lazuli, un vendedor ambulante que sella su condena al abofetear al rey (disfrazado a la caza de algún incauto). El problema surge cuando el astrólogo real pronostica que el soberano morirá un cuarto de hora después de que lo haga el condenado, que se ve cuidado entre algodones para garantizar su vida. El lío se complica cuando Lazuli huye con Laoula, la princesa de quien se ha enamorado y que estaba destinada a casarse con Ouf I. Como no podía ser menos, hay final feliz. Si unimos dos grandes prestaciones, musical y escénica, tenemos una propuesta redonda.

Laurent Pelly ha dejado ya numerosas muestras de su genio. A bote pronto recuerdo las inolvidables producciones de La fille du régiment de Donizetti y Cendrillon de Massenet. Como en esta última, el colorido que imprime a un marco de fantasía subraya la mezcla de fábula e ilusión. El estado policial del reino de Ouf no es menos efectivo (ni provocador) porque no haya realismo en él. Al contrario, permite disfrutar de la obra sin alterar su naturaleza. El aspecto teatral se ve subrayado por la comicidad exagerada y simpática de los personajes, cuyos diálogos son pura delicia y cuyo canto tiene siempre un fuerte contenido escénico.

Stéphanie d’Oustrac es una gran protagonista en travesti –un clásico del género, si recordamos precisamente el Prince Charmant de Massenet o el Fantasio de Offenbach–. Desde su doble presentación con el rondó “J’ais perdu leurs traces” y la preciosa “O petite étoile du destin” deja clara su afinidad con el papel, y aunque a veces el paso al registro grave es brusco y suena menos natural que el centro y el agudo, la composición global convence sobradamente: se nota que ha tenido tiempo de rodar el personaje, que había debutado previamente.

Christophe Mortagne está perfecto como Ouf I porque es un gran actor-cantante. Su comicidad es hilarante sin caer nunca en la exageración ni en el ridículo, y sabe ser enérgico en los arranques que tiene el personaje. El monarca requiere lo que se conoce como tenor demi-caractère, un lírico al que conviene la voz mixta en el agudo, con solvencia para la agilidad de gracia y dotes cómicas, exactamente lo que es Mortagne, que encuentra en este repertorio su medio más idóneo. El vestuario, con diversos complementos a medio camino entre Luis XIV, Amin Dada y el Gran Dictador, culmina una composición perfecta.

Tercera punta del tridente principal, la princesa de Hélène Guilmette está tan centrada como su prometido oficial y su amado de elección. Con una voz de soprano bella y timbrada, gran flexibilidad para la coloratura y un agudo potente y cristalino, el canto es impecable, por encima del de D’Oustrac y Mortagne. Con ellos comparte una dicción impecable, una gran implicación cómico-dramática y una identificación total con la producción de Pelly. El resto de personajes secundarios, fundamentalmente Jérôme Varnier (Siroco), Elliot Madore (Hérisson de Porc-Epic), Julie Boulianne (Aloès), François Piolino (Tapioca), están asimismo irreprochables en sus cometidos, como el coro, muy demandado también en su participación escénica y vocal.

Patrick Fourniller dirige con gran energía y flexibilidad una partitura de ritmo endiablado, cuya instrumentación hizo poner el grito en el cielo a los músicos del estreno porque era más exigente desde el punto de vista técnico que las obras que les había destinado Offenbach. La orquesta, naturalmente, responde con toda la precisión y ligereza que requiere la obra. Para repetir.

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