Rusia

Una buena dosis de Verdi

Maruxa Baliñas

martes, 6 de agosto de 2019
San Petersburgo, jueves, 11 de julio de 2019. Mariinski II. Sala nueva. Il Trovatore, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi sobre un libreto de Salvatore Cammarano basado en la obra ‘El trovador’ de Antonio García Gutiérrez. Pier Luigi Pizzi, dirección escénica. Pier Luigi Pizzi y y Massimo Pizzi Gasparon, decorados. Pier Luigi Pizzi, vestuario. Vincenzo Raponi, iluminación. Emil Faski, coreografía. Intérpretes: Vladislav Sulimsky (Conde de Luna), Irina Churilova (Leonora), Olga Savova (Azucena), Akhmed Agadi (Manrico), Stanislav Trofimov (Ferrando), Regina Rustamova (Ines), Yuri Alexeyev (Ruiz) y otros. Grupo de solistas de la Academia de Jóvenes Cantantes del Mariinski. Coro y Orquesta del Teatro Mariinski. Mikhail Sinkevich, director musical. XXVII Festival ‘Estrellas de las noches blancas’.

Comentaba Xoán M. Carreira este mismo montaje de Il Trovatore en 2017, bajo la dirección de Plácido Domingo, y aludía a las características de la tradición verdiana del Teatro Mariinski, tema en el que yo insistí también el año pasado. Il Trovatore fue estrenado en 1853 en Roma, y el estreno en San Petersburgo tuvo lugar sólo dos años después, en 1855, el mismo año en que se presentó por primera vez en Londres y Nueva York. Desde entonces -y con el gusto que tienen los rusos por todo lo español- ha sido una de las óperas verdianas más representadas aquí. 

Este montaje de Pier Luigi Pizzi data de 2013 y va camino de convertirse en un clásico del teatro. De hecho, se ha presentado en todas las ediciones del Festival ‘Estrellas de las noches blancas’ desde su estreno, lo que indica el aprecio del público por él. Pizzi, según sus propias declaraciones, considera Il Trovatore como una de las mejores óperas de Verdi, también por su argumento (en eso disiento de él), y por su capacidad de emoción. Sus intenciones son resaltar la psicología de los personajes, que considera muy intensos, y centra la ópera en Azucena, a la que considera responsable y motor de la acción, mientras ve a Manrico como un joven inmaduro y manipulable, al Conde de Luna como fiel y apasionado, digno rival de Azucena, y a Leonora como "uno de los caracteres más románticos de la historia de la ópera". 

Todo esto, lógicamente, se refleja en el montaje escénico, sencillo en lo que se refiere a elementos decorativos, pero cuidadoso en iluminación, movimiento de personajes, etc. Quizá lo que más me llamó la atención es que Azucena no es presentada como una vieja, sino como una mujer relativamente joven, muy traumatizada por la muerte de su madre, que a veces parece pesarle más que el propio instinto maternal. Pizzi aprovecha también el coro, muy acostumbrado a moverse en escena y actuar, para darle más variedad y agilidad a la historia. A destacar la escena de la forja, que salió 'redonda', tanto por la orquesta como por el coro. 

Musicalmente sin embargo el coro tuvo algunos errores, incluso algún despiste en las entradas, que por lo menos en una ocasión obligó a Sinkevich a reajustar el tempo para 'recogerlo'. En general, me ha parecido percibir una bajada de calidad en el coro respecto a visitas anteriores al teatro desde el punto de vista musical, ya que estos pequeños o no tan pequeños errores ocurrieron también en otras representaciones, aunque -como pasa en un teatro con tantos miembros tanto en la orquesta como en el coro- hubo otras óperas, Lady Macbeth por ejemplo, que lo hicieron muy bien. 

Si en 2017 comentaba Carreira que Irina Churilova había cometido algunos errores, ahora se le nota la experiencia de estos dos últimos años y fue una Leonora estupenda, que dominó sobradamente todas las dificultades del papel, tanto en el aspecto actoral como especialmente en el musical. A destacar su agilidad y fiato, y un fraseo bonito. De hecho, entre las sopranos habituales actualmente en la compañía del Mariinski, Churilova es una de mis favoritas. El único 'pero' estaría en su todavía inestable pronunciación del italiano.

También Olga Savova (Azucena) tuvo algunas dificultades con la pronunciación italiana, pero tiene una voz potente y cálida a la vez, y además Pizzi le concede una gran presencia escénica, por lo que fue una auténtica estrella de la representación. Savova lleva casi 25 años cantando en el Teatro Mariinski (además se graduó en el Conservatorio Rimski-Korsakov, que está justo enfrente) y es una cantante muy sólida y profesional (mantiene en repertorio 36 roles operísticos distintos sólo en el Mariinski), que tiene los defectos pero también las virtudes de las cantantes rusas. 

El lado masculino salió peor librado. Akhmed Agadi como Manrico fue durante los dos primeros actos un cantante discreto, con algunos errores ocasionales y también con algunas partes bien interpretadas. Pero en el tercer acto los errores aumentaron y algunos entraron en el apartado de 'pifias'. Debo decir sin embargo que el público le aplaudió bastante e incluso recibió 'bravos', a mi me pareció que 'tenoreaba' y nada más. Tampoco Yuri Alexeyev (Ruiz) me convenció especialmente. 

Vladislav Sulimsky (Conde de Luna) me impresionó favorablemente: voz potente y segura, actúa bien, es comunicativo en las partes emocionales y hasta su pronunciación italiana es bastante correcta (estudió en Milán con R. Metre). Como Savova, impresionan los casi cuarenta roles que canta habitualmente sólo en el Teatro Mariinski. O sea, dado que la compañía es de repertorio, Sulimsky por ejemplo cantará cinco roles protagónicos en diez días (y un par de secundarios también), cuando comience la próxima temporada en septiembre. 

Para terminar, no me resisto a añadir el nombre de Regina Rustamova, que aún pertenece a la Academia de Jóvenes Cantantes del Mariinski, y consiguió destacar en un papel tan modesto como el de Inés, la amiga de Leonora. 

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